El celular seguía sonando una y otra vez.Miré cómo el nombre de Silvia parpadeaba en la pantalla, pero nunca contesté.También vi sus mensajes, uno tras otro. En ellos, ella me preguntaba, presa del pánico, dónde estaba mi madre, a dónde había ido yo y por qué no contestaba el teléfono.Al leerlos, los dedos me temblaron ligeramente. Sentí demasiadas cosas al mismo tiempo.Por fin se acordaba de preocuparse por mi mamá y por mí. Pero para mí, todo eso ya había perdido sentido.Miré el nombre que seguía iluminándose en la pantalla y, al final, apagué el celular.Ya habían pasado unos días desde que renuncié.Durante esos días, me aislé de todo y de todos. Me aparté de cualquier ruido del exterior y me escondí en un rincón desconocido de la ciudad.Desde que mi mamá murió, hacía mucho que no descansaba de verdad.Me sentía agotado, tan cansado que apenas podía abrir los ojos. Solo quería dormir.Intenté ordenar mis pensamientos y encontrar una salida para empezar de nuevo, pero la reali
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