Después de decirlo, se puso de puntitas y lo besó.Fidel quiso apartarla, pero tras forcejear apenas unas cuantas veces, terminó cediendo.Al verlos así, Adriana se apresuró a entrar a la casa. Al notar que estaba por volver, dejé de contemplar aquella actuación. Partí un pedazo de pastel y me senté en la sala, como si nada hubiera pasado.Adriana tomó un caramelo cualquiera y le quitó la envoltura. Estaba a punto de metérselo a la boca, pero pareció recordar algo y me preguntó en voz baja:—Mamá, ¿puedo comerme uno?A mi hija le gustaban los dulces. Pero tenía los dientes sensibles, y si comía demasiado, le dolían. Por eso yo solía controlarla.Quizá esa también era una de las razones por las que me odiaba.Asentí:—Come tranquila. De ahora en adelante nadie va a controlarte.Mi hija me miró con sorpresa, pero no pensó demasiado. Enseguida se puso a comer feliz.Poco después, Fidel entró. Al ver a nuestra hija comiendo caramelos a puñados, pareció confundido. Luego me dijo, acompañand
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