—¿Qué tonterías estás diciendo?Al otro lado del teléfono, la voz de mi papá, Santos Guerra, sonó entre divertida y ofendida.—Eva, otra vez estás burlándote de mí. En esta vida, aparte de ti y de Dora, ¿de dónde habría sacado otra hija?Al escuchar su negación tan firme, la sospecha que me oprimía el pecho se disipó al instante.Era verdad. Mi papá, en el círculo de la alta sociedad de la capital, era famoso por ser un "esposo modelo".Durante treinta años, había tratado a mi mamá, Elvia Magaña, con una atención impecable. Para muchas damas de sociedad, él era el típico esposo que todas envidiaban.En ese círculo, que un hombre fuera infiel o mantuviera a una amante ya ni siquiera era noticia. Pero todos estaban convencidos de que Santos jamás haría algo así.—Más te vale que sea así.Colgué con frialdad y levanté la mirada hacia Marcela, que seguía actuando con arrogancia.Llevaba marcas de lujo de pies a cabeza, pero todo estaba combinado de una forma tan exagerada que solo le daba
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