Hernán Del Valle entró a la comisaría con la misma furia con la que había salido de su casa, pero con una diferencia: ahora tenía demasiados ojos encima. No llegó esposado. Caminó entre dos funcionarios, con la camisa apenas arrugada, el saco abierto y esa expresión de hombre ofendido que había usado tantas veces para convertir sus abusos en malentendidos. Sin embargo, esa tarde la máscara le quedaba más rígida. Había perdido el control de su casa, de Eva, de sus hijos, de su celular y, por primera vez en muchos años, también de la escena. —Quiero que alguien me explique qué están haciendo —dijo apenas cruzó la puerta—. Entraron a mi casa, me sacaron el teléfono, me trajeron acá como si yo fuera un delincuente. Esto es un abuso. El oficial que caminaba a su lado no reaccionó a la provocación. Lo condujo hacia el mostrador principal y habló con una calma que irritó más a Hernán. —Señor Del Valle, lo que usted diga está siendo registrado y puede ser usado en su contra. Le sugiero que
Última actualización : 2026-07-19 Leer más