Rafael giró el rostro y su mirada cayó sobre el cuello limpio de Mariana.Ella ya se había quitado el collar, pero ahora tenía una herida.Aunque no parecía profunda, resaltaba de forma evidente sobre su piel blanca.El ceño de Rafael se frunció todavía más.—Esteban, oríllate.El carro se detuvo junto a la banqueta.Esteban miró por el retrovisor y, sin esperar más instrucciones, abrió la puerta y bajó. Caminó unos pasos hasta quedar bajo la luz de un farol y encendió un cigarro.Cuando la puerta se cerró, Rafael preguntó con voz grave:—¿Te puso una mano encima?Su voz era fría, igual que él, sin el menor rastro de calidez.Mariana volvió la cabeza y sostuvo su mirada.La mandíbula de Rafael estaba tensa, de líneas duras. Sus ojos seguían fijos en la herida de su cuello.Ella curvó apenas los labios.—No se atrevería a pegarme. Alejandro solo perdió el control como un inútil, y me lastimé con los pedazos.Rafael se inclinó hacia ella, le sujetó la barbilla con la mano y le giró lig
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