La transición del calor inclemente y perpetuo de la península de Paraguaná al otoño madrileño fue un golpe físico que nos sacudió desde el primer segundo en que pusimos un pie en la capital española. El cielo, de un gris plomizo y elegante, cubría las calles adoquinadas del barrio de Salamanca, donde la editorial Vanguardia Cultural nos había alquilado temporalmente un piso señorial de techos altos, molduras blancas y grandes ventanales que daban a bulevares flanqueados por árboles de hojas ocres.Las primeras dos semanas habían sido un torbellino de trámites interminables, reuniones con editores, firmas de contratos internacionales y, sobre todo, las primeras visitas a la clínica neurológica universitaria donde un equipo de especialistas comenzó a evaluar con tomografías y pruebas cognitivas los laberintos oscuros de mi amnesia retrógrada.A pesar del cansancio, de la diferencia horaria y del frío que se filtraba por las rendijas de los balcones antiguos, la vida en Madrid se estaba
Última actualización : 2026-08-30 Leer más