Al escucharlos soltar comentario envidioso tras comentario envidioso, no podía sentirme más orgulloso.Normalmente, era el que peor caía. A mis cuarenta, ni esposa tenía. No me libraba de sus burlas. Pero ahora llegaba con una chica tiernísima, veinte años más joven que yo, y los dejaba babeando.—Ya, ya, ya, no se hagan ideas raras. Esta es mi noviecita.Apenas lo dije, todos los presentes se echaron a reír.—No jodas, Rubén, ¿alguien como tú pudo conseguir novia?—Sí, a lo mejor te la robaste de algún lado.—Te lo digo de frente. Seremos pobres, pero no al punto de traficar personas...No me molesté en seguirles el juego, porque lo que había dicho era verdad. Entonces Dayana les contestó.—¿Qué estupideces dicen? Soy su novia.Por un instante, todos se quedaron pasmados y me miraron asombrados. Hasta hubo quien se me acercó a escondidas para preguntarme cómo había conseguido una noviecita.Durante el día llevaba a Dayana conmigo a repartir comida, y no podía sentirme más a gusto. Así
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