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El Repartidor De Placer
El Repartidor De Placer
مؤلف: Mangonel

Capítulo 1

مؤلف: Mangonel
Me llamo Rubén Salgado, tengo cuarenta y tantos y sigo soltero. Sin una mujer a mi lado, vivía muerto de soledad todos los días.

Le renté el cuarto del fondo a la casera y vivía solo en la ciudad, trabajando como repartidor.

La casera era divorciada. El exesposo le había sido infiel y les dejó el departamento a ella y a su hija.

Criaba sola a la muchacha y trabajaba de empleada en una oficina, pero aun así no le alcanzaba. Sin más remedio, terminó por rentar el cuarto que le sobraba. Apenas me mudé, sentí que me había sacado la lotería.

En ese departamento no solo vivía la casera, divorciada pero muy bien conservada, sino también su tremenda hija, Dayana Ramírez.

Y para colmo, Dayana terminó la escuela técnica y dejó de estudiar; se quedó en casa, con pinta de pandillera de pies a cabeza.

Todos los días estaba dando vueltas por la casa con su uniforme de colegiala.

Parecía sacada de una película porno; se veía toda inocente y tenía un par de melones tan grandes que casi le reventaban la ropa.

Si la casera no la tuviera encerrada en casa, imagino que habría terminado de stripper.

A una chica así, que no sabe hacer nada, no le queda más que vender el cuerpo; de talento no iba a vivir.

Dayana se la pasaba en casa jugando videojuegos y de vez en cuando salía con unos vagos a jugar billar.

De día salía a repartir, y de noche volvía a vivir con ese par de florecitas, madre e hija. La ropa interior y las medias que lavaban quedaban tendidas en el balcón. Yo me daba un buen festín con la mirada, y a veces hasta me acercaba a olerlas.

Esto se sentía más rico que ser el esposo de la casera; un esposo jamás se atrevería a tener intenciones con su hija.

Yo, en cambio, podía aprovechar cualquier descuido de Dayana, agarrar sus pantaletas con osito y calmarme la calentura. Las muchachas de la ciudad sí que son tiernitas y blanquitas, y hasta la ropa sucia que usaban olía rico. La casera también se portaba bien conmigo; casi siempre comíamos en la misma mesa.

Yo limpiaba un poco a diario y lavaba los platos, como si fuéramos una familia.

Ella seguro no sabía que, frente a ellas, yo me portaba muy correcto, pero a escondidas me desahogaba con la ropa íntima de las dos.

Últimamente el clima se había puesto caluroso, y Dayana estaba en casa muy ligera de ropa. El camisón delgadito era tan transparente que hasta dejaba ver el color de lo que traía debajo. Yo, soltero desde hacía años, cuando veía algo tan provocativo, sentía que la calentura me recorría entero.

Me moría por probar a qué sabía una chica rebelde tan tiernita. Y pronto llegó la oportunidad. Ese día cayó un aguacero, las calles se inundaron y volví del trabajo antes de tiempo.

Apenas llegué a casa y me cambié de ropa, retumbó un trueno y se fue la luz. Todo el cuarto quedó a oscuras.

En ese momento sentí algo suave entre mis brazos. Dos cojincitos de carne tierna se apretaron contra mi pecho, dulces y suavecitos.

No pude evitar rodearla con los brazos. Era un cuerpo muy delicado; de inmediato supe que era Dayana. No paraba de pegarse a mí, con el vientre apretado contra el mío, y una corriente eléctrica me subió desde el coxis hasta la frente.

Sentí cosquillas y comezón en todo el cuerpo. Me daban ganas de cargarla y restregarme contra ella con fuerza. Pero me daba miedo que la casera siguiera en casa; si llegaba a vernos así, estaba perdido.

No me quedó más que aguantarme las ganas y apartar a Dayana.

—Daya, te equivocaste de persona. No soy tu mamá.

En vez de rechazarme, Dayana me abrazó más fuerte. Parecía morirse de ganas por sentir a un hombre; escondió la cabeza en mi pecho y se me pegó, suavecita y blandita. Una chica de esa edad anda muy necesitada de cariño, y más Dayana, criada por una madre soltera y sin el cariño de un padre.

Por eso se aferraba tanto a los hombres. Aunque yo lo disfrutaba mucho, también me preocupaba que la casera me viera; ¿y si después me echaba de la casa?

—No hagas eso, no vaya a ser que tu mamá te vea.

Dayana murmuró con voz suavecita:

—No, mi mamá no está en casa hoy y los truenos me dan mucho miedo.

¿La casera no estaba? Me venía de maravilla. La abrazaba con las dos manos y, a propósito, me restregaba contra su vientre suave. No saben lo rico que se sentía.

Siempre había querido probar el cuerpo de una jovencita, y esa noche por fin lo estaba disfrutando. Dayana también parecía disfrutarlo; meneó el cuerpo y acomodó la postura. Ese meneo fue mi perdición. La fricción contra su vientre me disparó la emoción.

Se me puso duro. Dayana lo notó y, en vez de echarse atrás, separó un poco las piernas. Se le escapó un gemidito suave.

—Mmm.

Por dentro me moría de gusto. Esta chamaca todavía no había probado a un hombre; seguramente era la primera vez que la rozaban ahí.

A propósito me meneé abajo, disfrutando el placer de la fricción.

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  • El Repartidor De Placer   Capítulo 7

    —Rubén, ¿ya estás listo?Me sobresalté y me apuré a contestar.—Sí, ya. Ya voy.Al volver al cuarto, la mamá de Dayana estaba arrodillada en la cama, en una pose provocativa, con lencería de red.Tenía el trasero levantado, como esperando a que la penetrara. Me excité y me puse detrás de ella. La sujeté de la cintura y la mamá de Dayana empezó a mover las caderas con ganas, desesperada por complacerme.De pronto, la imagen de Dayana se me cruzó por la cabeza. La solté; estuve a punto de cometer una barbaridad. La mamá de Dayana me miró disgustada.—¿Qué pasa, Rubén? ¿Te doy asco por vieja? ¿Ya no tengo nada que ofrecerte?¿Cómo iba a decirle la verdad? Me apuré a darle una explicación.—No, no, no, es que todo pasó demasiado rápido y por un momento no supe ni cómo reaccionar.—No te preocupes. Cuando se te antoje, estoy lista.La mamá de Dayana se vistió de mala gana y se bajó de la cama.Asentí, volví a mi cuarto y me dejé caer en la cama. No podía sacarme de la cabeza la imagen de la

  • El Repartidor De Placer   Capítulo 6

    —La verdad, pensándolo bien, Dayana y tú se entienden muy bien. Serías un buen papá para ella.Me zumbó la cabeza y por poco se me cae la copa de la mano. Por la forma en que lo decía, quería casarse conmigo. Era una locura. Dayana y yo no teníamos una relación de padre e hija; ya nos habíamos acostado.Sentí un nudo en el estómago. La mamá de Dayana lo notó y enseguida preguntó:—¿Qué te pasa? ¿No te llevas bien con Dayana?Negué y me apuré a explicar:—No, me llevo muy bien con ella. Es una buena chica.—¡Qué bueno! Tenía miedo de que su carácter te cayera mal. Con tal de que mi hija no te dé problemas, me quedo tranquila.Apenas terminó de decirlo, se me lanzó encima. La seguí y la tomé de la cintura. Aunque tenía cuarenta años, no le sobraba ni un gramo en la cintura; al contrario, estaba firme.Se me pegó con fuerza y se dejó caer en mis brazos; me besó con desesperación.Sentí su arrebato, sensual y tierno a la vez, y el alcohol empezó a hacer efecto. Se me subió a la cabeza.—Ll

  • El Repartidor De Placer   Capítulo 5

    Por las noches, con su mamá en casa, no teníamos oportunidad de ponernos cariñosos. Pero apenas salíamos a la calle, Dayana no se me despegaba. Su cuerpecito suave se pegaba al mío.Me sentía de maravilla. Ese día, para premiarme por llevar a Dayana a repartir comida, la casera me llenó la mesa de comida. Al anochecer, volvió cargada con más.—¡Dayana!Su madre la llamó desde la puerta, con voz cariñosa. Al ver que su mamá había vuelto, Dayana se lanzó a sus brazos; madre e hija rieron y dieron brincos abrazadas. Yo me quedé a un lado, contento pero también inquieto y preocupado.Su madre se dirigió a mí.—Rubén, te agradezco mucho que hayas cuidado a Dayana estos días. Ella es muy traviesa; gracias por tomarte tantas molestias.Agité la mano varias veces para quitarle importancia.—No, no fue ninguna molestia. Dayana es tan linda que no da ningún problema.Ella continuó:—Traje algo de comida para premiarte a ti también.Enseguida puso una mesa llena de comida y me invitó a sentarme.

  • El Repartidor De Placer   Capítulo 4

    Al escucharlos soltar comentario envidioso tras comentario envidioso, no podía sentirme más orgulloso.Normalmente, era el que peor caía. A mis cuarenta, ni esposa tenía. No me libraba de sus burlas. Pero ahora llegaba con una chica tiernísima, veinte años más joven que yo, y los dejaba babeando.—Ya, ya, ya, no se hagan ideas raras. Esta es mi noviecita.Apenas lo dije, todos los presentes se echaron a reír.—No jodas, Rubén, ¿alguien como tú pudo conseguir novia?—Sí, a lo mejor te la robaste de algún lado.—Te lo digo de frente. Seremos pobres, pero no al punto de traficar personas...No me molesté en seguirles el juego, porque lo que había dicho era verdad. Entonces Dayana les contestó.—¿Qué estupideces dicen? Soy su novia.Por un instante, todos se quedaron pasmados y me miraron asombrados. Hasta hubo quien se me acercó a escondidas para preguntarme cómo había conseguido una noviecita.Durante el día llevaba a Dayana conmigo a repartir comida, y no podía sentirme más a gusto. Así

  • El Repartidor De Placer   Capítulo 3

    Después de contenerme tantos años, por fin pude desahogarme. Y además con una chica tiernísima de dieciocho o diecinueve. Esa piel suavecita como algodón de azúcar, que parecía derretirse con solo tocarla.Y su voz me derretía por completo. ¿Cómo podía existir una criatura tan adorable? En momentos así, solo podía admirar a quien la creó.Era una maravilla, carajo. Sentí que por fin soltaba todo lo que llevaba diez años aguantando. Casi se me sale el alma de puro placer.Estuvimos en eso dos horas, hasta que por fin me bajé de Dayana, sin poder sacármela de la cabeza. Dayana dijo, satisfecha:—No sabía que estas cosas se sintieran tan bien.—Con razón mamá a veces trae hombres a la casa. Se siente buenísimo.Al verla con esa cara de querer más, la felicidad no me cabía en el cuerpo.Así que la caserita también estaba muerta de ganas y solía buscar hombres para divertirse. Si encima lograba acostarme con la casera, esas dos florecitas quedarían a mi entera disposición.De solo pensarlo

  • El Repartidor De Placer   Capítulo 2

    Pero el gusto duró poco. Enseguida volvió la luz y el cuarto se iluminó. Dayana notó que estábamos pegadísimos, se puso roja y, apenada, no se atrevió a mirarme. Se zafó de mis brazos.Yo me quedé con las ganas; no me quedó más que aguantármelas.—Perdón. Desde chica les tengo miedo a los truenos, y con el cuarto tan oscuro me daba mucho miedo estar sola.—No pasa nada. Si estoy aquí, no tienes por qué tener miedo. —Le di unas palmadas en el hombro—. Por cierto, ¿a qué salió tu mamá con semejante tormenta?Dayana hizo un puchero.—No sé. Debe de haber salido por trabajo.Después volvió a su cuarto a dormir sola. Yo había pasado todo el día repartiendo comida y estaba algo cansado, así que me metí al baño a darme una ducha rápida. En la cubeta del baño volvían a estar las pantaletas blancas de Dayana; por lo visto, se las había quitado ese mismo día.Las recogí y las olí; tenían el mismo aroma. Pero después de haber sentido en carne propia lo suavecita que era Dayana, la ropa ya no me b

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