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Capítulo 2

作者: Mangonel
Pero el gusto duró poco. Enseguida volvió la luz y el cuarto se iluminó. Dayana notó que estábamos pegadísimos, se puso roja y, apenada, no se atrevió a mirarme. Se zafó de mis brazos.

Yo me quedé con las ganas; no me quedó más que aguantármelas.

—Perdón. Desde chica les tengo miedo a los truenos, y con el cuarto tan oscuro me daba mucho miedo estar sola.

—No pasa nada. Si estoy aquí, no tienes por qué tener miedo. —Le di unas palmadas en el hombro—. Por cierto, ¿a qué salió tu mamá con semejante tormenta?

Dayana hizo un puchero.

—No sé. Debe de haber salido por trabajo.

Después volvió a su cuarto a dormir sola. Yo había pasado todo el día repartiendo comida y estaba algo cansado, así que me metí al baño a darme una ducha rápida. En la cubeta del baño volvían a estar las pantaletas blancas de Dayana; por lo visto, se las había quitado ese mismo día.

Las recogí y las olí; tenían el mismo aroma. Pero después de haber sentido en carne propia lo suavecita que era Dayana, la ropa ya no me bastaba para calmar las ganas. El deseo me quemaba por dentro, así que abrí la llave para darme una ducha.

Pero apenas agarré el cabezal de la ducha, la mano me quedó pegajosa, como cubierta por un charquito de algún líquido. Acerqué la nariz y olí. ¡Ese olor era idéntico al de las pantaletas de Dayana! Me quedé en blanco, como si el cerebro se me hubiera colgado.

¿Así de caliente estaba Dayana? ¡Aprovechó que su mamá no estaba para tocarse en la ducha! Con dieciocho o diecinueve años, ya sabía tocarse para darse placer. Ese día su mamá no estaba en casa; para mí, era una bendición caída del cielo.

Con solo pensarlo, me calenté. Se me puso durísimo. Cuando terminé de bañarme, me puse unos calzoncillos holgados y la tela del frente quedó levantada, marcando un buen bulto.

Salí del baño y vi a Dayana en la sala viendo la tele. No dejaba de mirarme el bulto, claramente curiosa. Me acerqué a ella y le dije:

—Mejor vete a dormir a tu cuarto. Si truena otra vez y se va la luz, te vas a asustar aquí en la sala.

Me planté frente a ella y, como si nada, le acerqué el bulto a la boca. Dayana se puso toda roja; se le aceleró la respiración. La cosa iba bien. Esa muchacha era una zorrita de nacimiento, tan caliente como su mamá.

¡Era una oportunidad caída del cielo! Al poco rato, Dayana apagó la tele y se metió a su cuarto. Al verla cerrar la puerta de su cuarto, me arrepentí.

Maldición, ¿para qué me hago el santurrón? Si ya se metió a su cuarto, ¿cómo la voy a seducir? Tampoco iba a meterme a la fuerza en su cuarto. Frustrado, volví al otro cuarto y me tiré en la cama.

Al ver mi erección bien parada, sentí que me ardía todo. ¡Cómo deseaba cargar a esa muchacha y cogérmela con todo! Pero como no podía desahogarme, las ganas me daban una comezón insoportable, como un hormigueo.

En ese momento retumbó un trueno brutal. Afuera volvió a caer un aguacero. Dayana, sola y asustada, acabó tocando la puerta de mi cuarto.

Estaba parada en mi puerta con solo un camisón puesto, y sobre sus enormes melones se le marcaban dos cerezas bien claras.

—Esta noche los truenos me dan mucho miedo y mi mamá no está. ¿Puedo dormir en su cuarto?

Me alegré. Hacía un momento estaba fantaseando con el cuerpo de la muchacha, y ahora se me ofrecía en bandeja. Emocionado, eché las cobijas a un lado y di unas palmadas en el espacio libre de la cama.

—Ven para acá.

Dayana se metió sola bajo mis cobijas y se pegó a mí. Su camisón era tan delgado que hasta podía sentirle la piel. Se sentía suavecita, blandita y con rebote.

En eso retumbó otro trueno y, tras él, un relámpago cruzó el cielo. ¡Se volvió a ir la luz! El cuarto quedó en plena oscuridad. Dayana, muerta de miedo, se echó encima de mí.

—¡Le tengo miedo a la oscuridad! ¡Buaaa!

Como por accidente, me apretó la erección con la entrepierna. Su cuerpo suave y tierno se pegaba al mío, y sentí que estaba a punto de explotar. La abracé con fuerza, levanté las caderas y la embestí.

Dayana gimió bajito, se estremeció entera y preguntó:

—Tiene un tubo ahí abajo rozándome. ¡Qué comezón!

¿Cómo no iba a entender una chica de su edad lo que pasa entre hombres y mujeres? Con esa actitud, era obvio que lo quería; solo le daba pena decirlo. Me bajé los pantalones y le pegué la verga caliente contra el muslo, justo entre las piernas.

A Dayana se le aflojó el cuerpo; se le fue la vergüenza y habló con deseo.

—¿Y qué se siente?

Le levanté el camisón. Debajo no traía nada. Apunté la verga hacia ella.

—¿Quieres saber? Yo te enseño.

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