Dante insistió en que asistiera a la cena de la familia Velasco esa noche.—Todo el mundo estará allí. El consejero, los capos, los soldados que importan. —Se ajustó los gemelos frente al espejo, sin mirarme—. Te sentarás conmigo.—No soy parte de esta familia.—Estás conmigo. Es lo mismo.¿Qué se suponía que debía decir? ¿Que no era suya? ¿Que nunca lo había sido? ¿Que solo era el reemplazo de una chica que había recibido una bala por él?Me vestí de rojo. Que miraran. Que susurraran.La propiedad de los Velasco era una mansión del siglo diecinueve remodelada en el viejo barrio italiano. Candelabros de cristal, paneles de madera oscura, hombres armados en cada entrada. Debería haber sido intimidante.En cambio, se sentía como una versión más grande de la casa de mi padre. Las mismas intrigas políticas. El mismo veneno.Dante me mantuvo cerca durante toda la cena, con su mano apoyada en mi muslo por debajo de la mesa. Los capos me observaban con abierta curiosidad. El consejero —un hom
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