La boda fue pequeña.Dante quería un espectáculo «Todas las familias de la ciudad tienen que verlo», pero me negué.—No. Esto es nuestro. No de ellos.Llegamos a un acuerdo: la capilla privada de la mansión Velasco. Veinte invitados. Sin prensa. Sin fotografías.Marco fue el padrino de Dante. Yo caminé sola hacia el altar.Al llegar, Dante se inclinó hacia mí. —¿Ningún padre que te entregue?—Me entregué a mí misma hace años. Tú solo tardaste en alcanzarme.La ceremonia fue corta. El beso no.Más tarde, en la recepción, Marco hizo un brindis.—Por Serafina y Dante. La prueba viviente de que incluso las personas más tercas pueden entenderlo tarde o temprano, siempre y cuando sean igual de aterradoras.Todos se rieron. Le lancé un panecillo a la cabeza.Después, en el balcón que daba a los jardines de la mansión, Dante me rodeó con sus brazos desde atrás.—Y bien, ¿ahora qué?—Ahora nos vamos de luna de miel. A un lugar sin señal de celular.—Tentador. Pero me refería a largo plazo.Me g
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