—No, aquí no, nos van a ver…—Tranquila, no hay nadie en la piscina y, además, estamos bajo el agua; nadie puede vernos. Doña Rocío, hace mucho que no prueba hombre. Voy a hacer que disfrute como nunca.Al poco rato, los dos ya estábamos desnudos.Doña Rocío, sentada sobre mis muslos, apretaba las piernas inquieta, pero era evidente que sentía mi ardor; tenía los ojos húmedos y vidriosos de deseo, aunque también se le notaba cierto nerviosismo.Al ver a doña Rocío tan excitada, se me pasó la prisa y empecé a provocarla sin descanso con mi ardor, rozándola apenas por fuera.Eso hago siempre con Ximena, para que sea ella la que dé el primer paso. Como diría ella, ¡morirse de ganas sin poder aliviarse! Y, en efecto, doña Rocío no aguantó mucho; habló con esa voz suave y tierna, casi suplicante:—Iván, no me tortures más, te lo ruego… métete ya…Ver a Rocío dejar de lado su dignidad y rogarme que la complaciera me infló el ego. Exaltado, dije:—¡Voy a hacerla mía!Aún no terminaba de habla
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