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Capítulo 3

Author: Señor Calabazón
Nos arrimamos al rincón y escuché claramente a mi suegra suspirar. Aun así, solo logramos separarnos dos o tres metros de los tres tipos.

—No pasa nada, no pasa nada, aquí estoy —le dije en voz baja para aligerar la tensión del momento.

—Ajá. —Doña Rocío asintió, algo menos rígida.

Para taparles la vista, la acerqué más a mí; ahora respirábamos pegados y parecía que en el agua estábamos haciendo algo más…

Pero los tres tipos no se fueron enseguida; se quedaron conversando y cada tanto volteaban a mirarnos. Sobre todo miraban a doña Rocío de arriba a abajo, cuchicheando.

—Está guapísima…

—Deja de comértela con los ojos, que tiene novio.

—Qué calientes están esos dos, tsk, tsk, tsk.

Y los tres se echaron a reír. Ni siquiera bajaron la voz, así que doña Rocío y yo lo oímos todo. Doña Rocío se puso roja hasta las orejas; por instinto quiso apartarse, pero con el pecho tan al descubierto no tuvo más remedio que quedarse quieta en mis brazos.

—¿Eh? ¿Por qué dejaron de moverse? ¿Les habrá pasado algo?

Uno de ellos preguntó de pronto, y sentí varias miradas clavadas en mi espalda. Doña Rocío se estremeció en mis brazos. Respiré hondo. Era mi oportunidad.

—Con su permiso.

Antes de que reaccionara, me incliné y empecé a besarle el cuello; a propósito hice que los sonidos húmedos se oyeran bien.

Todos se sobresaltaron; doña Rocío fue la que más se tensó en mis brazos.

A mis espaldas estallaron los silbidos y las burlas de los tres tipos, pero no les hice caso. Con una mano la sujeté; con la otra empecé a acariciarla.

Rocío alcanzó a reaccionar y pareció que iba a decir algo, pero bajé la cabeza y le cubrí los labios rojos y carnosos con un beso.

Abrió mucho los ojos, me miró e intentó apartarme. Pero yo la abracé con fuerza; empujé con la lengua e intenté abrirle la boca a la fuerza. Doña Rocío apretó la mandíbula y no me dejó salirme con la mía.

Pero eso no me detuvo. Una de mis manazas fue directo a sus pechos y empecé a manosearlos a mi antojo.

Aquello le arrancó a doña Rocío un gemido; se le entreabrió la boca y aproveché para meter la lengua. Por supuesto, tampoco dejé quieta la otra mano; bajo el agua seguí tocándola sin parar.

Doña Rocío todavía quería resistirse, pero quizá al sentir lo excitado que estaba y todo lo que le hacían mis manos, se aflojó por completo y se quedó sin fuerzas.

Poco a poco, dejó de resistirse y se abandonó en mis brazos; al final cerró los ojos y hasta empezó a corresponder mi beso.

Sin querer, apretó mi traje de baño abultado bajo el agua con sus piernas largas y torneadas, y empezó a restregarse sin parar…

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