—Vienes conmigo a la fortaleza ahora mismo —ordenó Cassian.Tras el ataque, su expresión se había vuelto de piedra. No era una sugerencia. Era una condena.—Ahora eres un blanco fácil —continuó, con voz grave—. El único lugar donde puedo mantenerte a salvo es en el torreón de los Valerius, en lo más profundo de las montañas Adirondacks.Quise pelear, quise mandarlo al diablo, pero su mirada plateada y determinada me hizo tragarme las palabras.Una hora después, me encontraba sentada en el suntuoso salón de la fortaleza. Estanterías altísimas, pinturas al óleo antiguas y una chimenea en la que crepitaba fuego real. Todo el lugar apestaba a dinero viejo y poder aristocrático norteamericano.Cassian me sirvió una copa de vino tinto, extrañamente espeso, y se sentó en el sillón frente a mí.—Fuiste muy valiente hoy —dijo, y alzó su copa hacia mí—. Por tu firmeza.Agarré la copa con dedos temblorosos y di un pequeño sorbo. El vino estaba tibio y tenía un regusto metálico, pero mis em
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