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Capítulo 4

Penulis: Peachy
Al ver que yo buscaba salvación en la cara de Alistair, la ceja de Cassian tembló en un ceño fruncido casi imperceptible.

Pero un momento después, recuperó esa calma sofocante.

—Su informe no tuvo ni un solo fallo —comentó Cassian con una voz de seda que escondía sus intenciones—. Brillante. Es lógico que sea una de las pocas humanas elegidas para servir al clan.

Alistair saltó de cabeza al ver que tenía la oportunidad de besarle el culo.

—Su Alteza casi nunca tolera la presencia de humanos —intervino, e hizo una reverencia—. Elogiar a Isabella de este modo es en verdad...

Cassian lo miró, inexpresivo. Su mirada asesina le ordenó callarse. Alistair cerró la boca al notar su cambio de humor. La poca sangre que tenía le abandonó la cara y retrocedió con sumisión.

Mi cerebro era un caos.

Si el Príncipe Cassian detestaba a los humanos, ¿por qué se me acercaba tanto? ¿Por qué hablar de mi lunar con esa... perturbadora familiaridad?

—Isabella —ordenó Cassian, y volvió a mirarme con una intensidad que no admitía réplica—. Será mi pareja esta noche en la Gala de la Luna de Sangre.

—¿Qué? —solté.

Sentí que me ahogaba en mi sitio. ¡Pisar ese lugar maldito significaba caminar hacia un salón atascado de vampiros inmortales sedientos!

—Su Alteza, yo solo soy una humana —tartamudeé, e intenté zafarme—. No es apropiado que...

—No te preocupes por eso —me interrumpió Cassian, y dio un paso hacia mí. Su cuerpo bloqueó toda la luz de la habitación—. Estás bajo mi protección. Nadie en toda esta ciudad te pondrá un dedo encima sin mi permiso.

Abrí la boca para pelear, pero el instinto de supervivencia me cerró la garganta y asentí como una idiota.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Rechazar en su propia cara al Príncipe más peligroso del mundo vampírico?

Cuando el día terminó y regresé a mi apartamento, dos horas después de haber descansado, un equipo de estilistas vampiro irrumpió en el lugar.

—Órdenes directas del Príncipe Valerius —anunció la jefa del equipo, y esbozó una sonrisa diabólica—. Venimos a prepararte para esta noche, querida.

Desenfundaron un vestido de seda rojo oscuro. En el instante en que lo vi, el corazón me falló por un latido.

Rojo oscuro. Mi obsesión secreta.

Me quedó pintado al cuerpo como una segunda piel. La costosa seda resaltaba mis curvas y el escote bajaba con una caída impecable diseñada exclusivamente para exhibir mi clavícula expuesta y ese lunar, que en ese momento brillaba como un faro para los depredadores.

—Y esto —añadió la estilista, y sacó una gruesa gargantilla de diamantes del estuche—. Por petición personal de Su Alteza.

Era sencilla, pero agresiva y lujosa a más no poder. Atraía toda la atención a la vena de mi cuello.

—¿Cómo supo Su Alteza mis gustos y mi talla exacta? —indagué en voz alta, sin poder contener el pánico.

—El Príncipe tiene muy buen ojo para los detalles —respondió ella con evasivas, mientras me abrochaba el collar por la espalda—. Dijo que te fascinaría este color en particular.

Me quedé paralizada frente al espejo. Sentí algo raro en la boca del estómago.

¿Cómo sabía Cassian lo que me gustaba?

A las ocho en punto de la noche, una limusina blindada me escoltó al salón de baile subterráneo del clan Valerius.

Techos altísimos y enormes pilares de mármol negro me impresionaron. El aire apestaba a perfumes caros y a ese rastro metálico y sutil de la sangre. Yo llevaba un antifaz de encaje negro y me quedé parada en la entrada principal, muerta de nervios y rodeada de vampiros de la alta sociedad.

Cassian estaba justo en el centro del salón y dominaba el espacio con su sola presencia.

En el instante en que sus ojos cortaron a la multitud y aterrizaron en mí, vi un destello de posesividad depredadora arder en sus ojos plateados.

Rozó a un vampiro anciano de la corte, lo ignoró por completo y caminó hacia mí.

—Estás deslumbrante —murmuró contra mi oído, y me erizó la piel.

Una melodía lúgubre de violonchelo empezó a sonar. El baile de máscaras de sangre había comenzado.

Cassian me agarró de la mano y me llevó al centro de la pista de baile antes de que pudiera parpadear. Su mano fría se apoyó con posesividad en mi espalda baja y tiró de mí hasta pegarme de un golpe contra él, sin dejar ni un poco de espacio entre ambos.

Estaba aplastada contra su pecho, sólido como un bloque de hielo. Podía sentir el poder explosivo y amenazante que irradiaba debajo de la tela del traje.

—Estás tensa —notó él, y me miró desde su inmensa altura—. Relájate, Isabella.

Sus labios me rozaron el lóbulo de la oreja a propósito. Su aliento gélido me provocó un escalofrío por toda la espalda. Ese roce tan agresivo, tan íntimo, me trajo recuerdos de los mensajes sucios de Morpheus, que se repetían como un eco sin fin en mi cabeza.

«Quiero abrazarte fuerte y llegar a lo más profundo de ti hasta hacerte sentir mi calor».

«Quiero besar cada parte de tu piel y hacerte temblar en mis brazos».

¡¿En qué carajos estaba pensando?!

Morpheus era Alistair. ¡El muy cabrón que me usaba como su plato de segunda mesa mientras planeaba vincularse con una vampiro!

Me obligué a volver a la realidad de un tortazo mental e intenté poner las manos en el pecho de Cassian para empujarlo y alejarlo.

En ese instante, un joven y atractivo barón vampiro se coló a nuestro lado en la pista.

—Su Alteza, su humana acompañante es, sin duda, la presa más fascinante de toda la noche —ronroneó el barón, y me clavó unos ojos negros que demostraban su sed de sangre—. Me pregunto si podría tener el enorme honor de que me conceda un baile con esta encantadora dama...

Antes de que pudiera siquiera terminar la frase, la mano de Cassian en mi espalda baja se apretó como una pinza de hierro con una posesividad violenta. Luego, tiró de mí hacia él con tanta fuerza que me aplastó contra su cuerpo. No quedó ni un poco de aire entre nosotros.

El barón captó la advertencia de muerte en los ojos plateados del Príncipe y huyó del lugar.

—¿Tienes sed? —me preguntó Cassian apenas terminó la canción, y me llevó hacia la exclusiva barra del salón.

Él mismo me sirvió una copa de cristal con vino tinto. Le di un sorbo, desconfiada de su buena intención. Tenía mucho cuerpo, era espeso, pero tenía un aroma metálico y embriagador que no supe identificar de inmediato.

—¿Te gusta? —indagó, y evaluó mi reacción.

Asentí con la cabeza, sin palabras, y por accidente dejé una espesa gota de vino que me manchó el labio inferior.

Cassian alzó la mano, rápido, y con la yema de su pulgar, me limpió la boca con una lentitud y una delicadeza que daba escalofríos. Luego, con su mirada clavada en la mía, se llevó ese mismo pulgar manchado a los labios.

Entrecerró sus ojos plateados y lamió la gota roja con un placer lento y perverso. Me saboreó.

La cara me ardió en llamas. El corazón me martilleó contra las costillas con una fuerza frenética.

El gesto tenía una intimidad tan peligrosa que no lograba encontrar una manera de calmarme. Un calor denso y culpable se me acumuló en el vientre. Estaba acorralada en su trampa, sin salida alguna.

¿Por qué el Príncipe vampiro más temido y antiguo de la ciudad me miraba como si yo fuera su plato favorito?

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