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Sexting Con Mi Vampiro Obsesionado
Sexting Con Mi Vampiro Obsesionado
Penulis: Peachy

Capítulo 1

Penulis: Peachy
Bella: ¿Estás dormido?

4:00 a. m. Acababa de salir de mi turno. Vi el chat y le di a enviar.

Tres meses habían pasado desde que hicimos match en esa página de citas. Morpheus se convirtió en mi adicción tóxica favorita. Ni siquiera era capaz de imaginar el síndrome de abstinencia por el que pasaría si no recibía sus mensajes sucios y posesivos antes de dormir.

Morpheus (Nota de voz): ¿Puedes sentir cuánto deseo estar dentro de ti, mi amor?

La nota de voz que me envió anoche volvió a reproducirse en mi cabeza. Su voz ronca y profunda arrastraba una gravedad oscura, casi depredadora, que me caló hasta los huesos.

Apreté los muslos por instinto. Un tirón caliente se enroscó en la parte baja de mi vientre, robándome el aliento.

Quería verlo. Las ganas habían llegado a su punto de quiebre esa noche. Quería mandar toda mi desconfianza al diablo y conocer de una vez por todas al tipo que me dominaba a través de un chat.

El teléfono me vibró en la mano. Me respondió al instante.

Morpheus: Todavía estoy terminando el trabajo.

Luego, la burbuja de escritura parpadeó y llegó un segundo mensaje:

Morpheus: ¿Cómo podría dormir sin saber de ti primero?

Esbocé una sonrisa en la oscuridad, lista para teclear una respuesta provocadora que lo volviera loco. Entonces, la pantalla parpadeó y una foto apareció en el chat.

El primer plano de un estudio inmenso. La luz era tenue. Se veía un escritorio de caoba y una copa de cristal llena de un líquido rojo oscuro y espeso.

Pero justo en el centro del encuadre, un libro antiguo de pergamino posaba abierto de par en par.

Mis pulgares se detuvieron sobre el teclado. Mi sonrisa se desvaneció. Palidecí y mis extremidades se sintieron frías.

Estampado en la cubierta de cuero de ese libro, brillaba un escudo de oro oscuro. Aprecié la imagen de una serpiente comiéndose su propia cola, con un rubí incrustado como ojo.

El escudo del Ouroboros. El símbolo inconfundible del clan de vampiros Valerius.

Sentí que me costaba respirar. Me quedé tiesa en mi sitio, con los ojos muy abiertos, mirando la pantalla durante diez minutos sin pestañear.

Valerius. La despiadada familia de vampiros ancestrales que controlaba el bajo mundo de la ciudad con puño de hierro.

Y... mis jefes.

Yo era su restauradora de antigüedades. Una humana muy bien pagada y domesticada, trabajando en el sótano blindado de su museo público.

¿Acaso mi ardiente rollo de internet también estaba metido en el museo Valerius?

¿Quién carajos era? ¿Algún empleado humano de seguridad que tropezó con ese oscuro trabajo igual que yo? O... ¿un vampiro de verdad?

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que casi me saco sangre, perdiendo todas las ganas para responder.

No podía preguntar. Ni siquiera podía insinuarlo. En mi primer día de trabajo, me hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad sellado con un pacto de sangre. Si llegaba a exponer que sabía sobre el mundo sobrenatural, no solo me iban a despedir. Me iban a dejar seca y tirada en un callejón.

Si ese tipo descubría que la mujer salvaje que coqueteaba con él por internet era la frágil humana que trabajaba bajo sus narices...

Bzzzt... Bzzzt... Bzzzt...

Morpheus envió un mensaje tras otro en ráfaga. Su agresiva posesividad traspasaba la pantalla y me daba en la cara.

Morpheus: ¿Por qué tan callada, mi vida?

Morpheus: Envíame una foto. Te echo de menos. Muéstrame tu cuello... lo que sea.

Morpheus: Anoche volví a soñar contigo. Estabas inmovilizada debajo de mí. Devorabas cada parte de mi cuerpo con tus ganas. Temblabas y gritabas mi nombre mientras te hacía mía en todas las posiciones.

Al leer esas palabras tan explícitas y excitantes, otra oleada de calor me atravesó el cuerpo. Pero esa vez, no era lujuria. Era un miedo que me carcomía hasta el alma. De todos modos le envié una foto de mi clavícula para que se calmara.

Un sudor frío me empapó la espalda. Encajé todas las piezas del rompecabezas y sentí que no podía soportar la verdad.

Durante tres meses, creí que él solo sufría de un insomnio severo. Creí que solo era un compañero de chat divertido, oscuro y excitante.

¿Por qué carajos nunca sumé dos más dos? ¿Por qué siempre se iba a dormir a las cuatro o cinco de la madrugada igual que yo?

Yo era noctámbula porque trabajaba para los vampiros.

¿Cuál era su excusa?

Él pertenecía a la noche. Pero ahora lo entendía mejor: llevaba tres meses haciendo sexting con un vampiro.

Mi pantalla empezó a parpadear como loca, iluminando mi rostro pálido.

«Llamada entrante: Morpheus».

Mis ojos se abrieron de par en par por el pánico. Presioné el botón rojo con desespero, cortando la llamada.

No podía contestar. Si llegaba a escuchar el temblor en mi respiración, si adivinaba que lo sabía... estaba más que acabada.

Con el corazón martilleándome las costillas a punto de reventar, escribí una mentira rápida con los dedos temblorosos.

Bella: ¡Lo siento! Mi jefe se volvió loco y me tiró encima un proyecto urgente. Me tengo que ir.

Arrojé el teléfono sobre la mesa de trabajo como si quemara y jadeé en busca de aire, llevándome las manos a la cabeza.

No. No podía quedarme aquí sentada como un patético pato de feria esperando el disparo de gracia. Tenía que descubrir quién era exactamente. ¿Humano o vampiro?

Y si era un vampiro... ¿cómo demonios podría esfumarme de ese chat y de ese trabajo sin hacer ruido y sin que me mataran en el intento?

Agarré mi teléfono de nuevo y abrí la galería de nuestro historial de chat de tres meses. Deslicé la pantalla a toda prisa, buscando cualquier pista entre las conversaciones subidas de tono.

Cero nombres. Cero direcciones. Cero fotos de su cara. Era un fantasma.

Hasta que mi dedo se detuvo de golpe en una foto del mes pasado. Una foto sin camisa, provocativa, que me envió para demostrar su "resistencia".

Hombros anchos. Un pecho poderoso y esculpido. Un corte en uve bien marcado que desaparecía bajo la línea del pantalón.

Mis ojos bajaron un poco más. Justo al lado de sus abdominales perfectos, debajo de la caja torácica izquierda, había una marca negra sobre la piel pálida.

Como una maraña de espinas entrelazadas. Una marca hecha a fuego. Esa era una pista única e irrefutable.

Pero al mirar el lugar exacto en donde tenía esa marca, cerré los ojos por desesperación.

¿Qué clase de pista inútil era esa? No es como que yo pudiera ir por ahí y desnudar a cada vampiro del museo para revisarle los abdominales.

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