Esa era la parte que no podía reconciliar. Había decidido que su esposa no era nada, y algún hombre con dinero de verdad había visto a la misma mujer y concluido que valía diamantes. Debora, al menos, todavía lo miraba como si fuera el premio en la sala.—Pobrecito. —La boca de Debora se curvó—. ¿Vas a jugar amable y arreglárselo?—Tengo que hacerlo. Apariencias. —Le atrapó la muñeca, no para detenerla, solo para sostenerla—. Todo es teatro, Debora. Seis meses más de teatro y la sociedad es mía, y entonces...—Y entonces. —Lo dijo como una promesa que hubieran ensayado, inclinándose, su perfume de vainilla llenando la pequeña oficina—. Dejas de fingir. Somos tú y yo, una oficina de esquina, ese apartamento con vista que miramos. —Sus labios rozaron su mandíbula—. Sigues diciendo &
Dernière mise à jour : 2026-09-22 Read More