La residencia tenía techos oscuros, muros claros y un amplio pórtico. A ambos lados de la entrada se alzaban dos esculturas de piedra, desgastadas por los años y la intemperie.El lugar estaba lejos del ruido de la ciudad. Solo se oía el viento entre los árboles y, de vez en cuando, el canto claro de algún pájaro.Apenas cruzaron la entrada, una mujer de mediana edad se acercó a recibirlos. Llevaba un vestido sencillo, de corte clásico.—Señor —saludó a Adrián con una leve inclinación de cabeza.Luego se volvió hacia Valeria y repitió el gesto con la misma cortesía.—Señora.Valeria se quedó un poco sorprendida y miró a Adrián de reojo. Él, en cambio, lo tomó con total naturalidad y se limitó a asentir hacia la mujer.—Rosa.Rosa se hizo a un lado para guiarlos hacia el interior.—Esta mañana vinieron el señor Duarte y su esposa. Trajeron un poco de té recién llegado, pero no se quedaron mucho tiempo.Adrián respondió apenas con un gesto, sin mostrar demasiado interés.Aunque su padre
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