La noche cayó sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro. El silencio se había instalado en cada rincón, roto solo por el susurro del viento afuera y el ocasional crujido de la madera. Natasha estaba en su habitación, con el bebé en brazos, tratando de calmarlo. Pero el pequeño Mateo no dejaba de llorar.—Vamos, pequeñito —susurraba Natasha, meciéndolo con suavidad—. ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?El bebé lloraba y lloraba, sus manitas apretadas en pequeños puños, su rostro enrojecido por el esfuerzo. Natasha había probado todo: darle el pecho, cambiarle el pañal, cantarle, mecerlo. Nada funcionaba. El llanto era inconsolable, y Natasha sentía que el agotamiento la vencía. Llevaba horas así, y ya no sabía qué más hacer. Sus brazos temblaban por el cansancio, y una lágrima de frustración rodó por su mejilla.—Por favor, pequeño —susurró, con voz quebrada—. Por favor, cálmate. Mami está aquí. Mami no te va a dejar.Pero el bebé seguía llorando. Su llanto era desgarrador, como si al
Última actualización : 2026-08-26 Leer más