El tic-tac del reloj de péndulo en el despacho principal de la mansión de los acantilados ya no sonaba como la cuenta atrás de una condena, sino como el compás constante de un reino conquistado. Sobre la superficie pulida del escritorio de caoba, los gráficos financieros mostraban la caída en picada de los hermanos Roldán: una línea roja que se desvanecía en la nada, devorada por el engranaje silencioso y perfecto de nuestras corporaciones aliadas. Me encontraba de pie frente al ventanal, observando cómo la neblina matutina comenzaba a disiparse sobre el mar bravío de Cartaluz. Vestía una sencilla camisa de seda blanca y pantalones de talle alto, un recordatorio de que ya no necesitaba armaduras complejas para defenderme del mundo. La verdadera armadura la llevaba por dentro, fundida en cada fibra de mi identidad. Sentí el roce familiar de sus pasos en la tarima de madera, y un instante después, el calor imponente de su cuerpo me rodeó por la espalda. Las manos grandes, ásperas y s
Última actualización : 2026-08-26 Leer más