El sonido de la lluvia golpeando con fuerza contra los ventanales blindados de la mansión en los acantilados de Cartaluz tenía esta vez una cadencia distinta; ya no sonaba como la advertencia de una tormenta lejana, sino como el arrullo protector de un refugio impenetrable. El mundo exterior, con sus mercados financieros volátiles, sus editoriales globales y los ecos lejanos de la alta sociedad que una vez nos juzgó, quedaba relegado al otro lado del cristal. Dentro, en la absoluta intimidad de nuestra suite principal, el aire olía a cedro, a sábanas de lino oscuro y al calor inconfundible de la piel de Rafael. Me encontraba de pie frente al tocador de mármol y oro, sosteniendo entre los dedos un pequeño objeto de plástico blanco que acababa de cambiar la órbita de nuestro universo. Las líneas rosadas, nítidas y precisas, brillaban bajo la luz suave de las lámparas como un decreto inapelable del destino. Unos pasos pesados, firmes y conocidos resonaron sobre la tarima de madera. Un
Última actualización : 2026-08-26 Leer más