Mi mirada se clavó en el movimiento. Se me hizo agua la boca. Lo quería en la garganta, en el coño, en cualquier lugar donde él quisiera ponerlo. El roce lento y deliberado de su mano subiendo y bajando por su propia polla era lo más cruel que había hecho en toda la noche. Estaba duro por mí. Completamente duro. Grueso, enrojecido y brillante en la punta, y aun así solo miraba, solo se tocaba a sí mismo, mientras yo seguía atada, abierta y dolorida. Otra hora. El tiempo se disolvió. Dejé de intentar contar los minutos. Las luces de la ciudad fuera de las ventanas pasaron del azul profundo al primer borde pálido del amanecer, y él seguía en ese sofá, acariciándose con el mismo ritmo sin prisa. Perdí la cuenta de las veces que se levantó, cruzó los tres pies de mármol frío, me tocó y se retiró. De las veces que rogué. De las veces que respondió con la misma voz plana e inamovible. Todavía no. Las muñecas me dolían de tirar contra la seda. La piel ardía cada vez que probaba los nudos
Última atualização : 2026-10-01 Ler mais