Mi novia insistió en que su mejor amiga nos acompañara de vacaciones, pero lo que no sabe es que Ivanna es una mujer bien descarada que se puso una tanga solo para estarme provocando...
—¡Ay... más suave, mi esposo me está llamando! —exclamé con las mejillas enrojecidas mientras tomaba el teléfono y contestaba la videollamada.
Al otro lado de la línea, mi esposo, con la mirada perdida, me daba una orden tras otra, sin percatarse de que, fuera de cámara, un joven movía la cabeza entre mis piernas.
—¡No, ahí ya no cabe más!
Tirado en la cama de hospital, con las nalgas pálidas al aire, el doctor me examinaba por mi problema de adicción sexual.
Pero parecía más bien estar jugando conmigo. Sus manos no paraban de acariciar mis glúteos, hasta que introdujo un dedo en mi interior.
Cuanto más le suplicaba, más excitado parecía ponerse.
No pudiendo soportarlo, volví la cabeza para mirar.
¡Ese no era el doctor, era mi profesor de la universidad!
Al siguiente instante, sus movimientos se volvieron aún más violentos.
—Entrenador, por favor ya no te presiones más contra mí. Tengo los leggings empapados.
En el gimnasio, la alumna tenía un cuerpo espectacular y un trasero redondo, firme y voluptuoso.
Me presioné a propósito contra su profunda hendidura.
Ella percibió lo extraño y apretó las nalgas con fuerza. Esa sensación me encendió la sangre al instante.
Lo que más me excitaba era que ella había reaccionado a mi roce y se bajó los leggings voluntariamente.
Con la epidemia se vio afectado mi sueldo, y para ganar más dinero con el que mantener a mi familia, volví a mi profesión anterior de masajista ciego a tiempo parcial. Sin embargo, lo que no me esperaba fue que había un servicio especial oculto en la última planta de ese salón de masajes.
La primera clienta que atendí allí fue Cecilia Lagos, la bella presidenta de mi empresa, y quería que le diera un masaje especial...
—Pao, ayúdame aquí abajo, chupa con un poco más de fuerza...
Con tal de ayudarme a que todo volviera a funcionar, la guapa chica que tenía enfrente se puso de rodillas y empezó a succionarme con muchísimas ganas.
Ella es mi entrenadora de ciclismo. Por un descuido, terminó dándome un golpe accidental en la entrepierna.
En ese momento, estaba toda angustiada intentando que mi hombría despertara de nuevo.
Pero en realidad yo ya había recuperado la sensibilidad desde hace rato; solo me estaba dejando llevar por el placer de su boquita.
Y lo que menos me imaginé fue que, por lo visto, ella también se estaba empezando a calentar.
No me sorprende que la pregunta surja tan a menudo: «Harry Potter» marcó a toda una generación y la idea de ver a Harry James Potter de nuevo en la pantalla despierta curiosidad y nostalgia.
Yo miro esto con cariño pero también con cierta cautela. Hasta donde se, no hay un anuncio oficial que confirme que Daniel Radcliffe vaya a retomar el papel en nuevas películas del universo. Warner Bros. maneja los derechos del mundo mágico y ha explorado varias vías —desde «Fantastic Beasts» hasta la adaptación teatral «Harry Potter and the Cursed Child»—, pero eso no garantiza que quieran (o puedan) traer al Harry original en otra cinta. La posibilidad existe en varias formas: un cameo, una aparición en una película centrada en la siguiente generación, o incluso una adaptación diferente donde Harry sea un personaje secundario.
Yo personalmente prefiero que cualquier regreso tenga sentido narrativo y no solo sea una jugada comercial. Si decidieran volver a mostrar a Harry en nuevas películas, espero que lo hagan con respeto a la historia y a quien lo interpretó, porque lo que funcionó fue la magia emocional tanto como la trama. Por ahora me quedo atento a noticias oficiales y disfruto de los spin-offs y juegos que expanden el universo sin pisar aquello que ya amo.
No puedo dejar de sonreír cuando pienso en lo que se juega en «La tropa estelares»: la misión principal es una mezcla de sabotaje desesperado y rescate cargado de emoción. En el núcleo, el equipo debe infiltrarse en la flota enemiga para desactivar una superarma capaz de borrar sistemas planetarios enteros. Esa amenaza no es solo una frase dramática: en la película la superarma —apodada la «Eclipse» por su capacidad de anular la luz y las comunicaciones— representa una decisión política extrema que podría terminar con millones de vidas si cae en manos equivocadas.
Pero la misión tiene varias capas. Además del objetivo técnico de destruir o neutralizar la «Eclipse», la tropa tiene que recuperar a una científica clave que conoce la fórmula para desactivar el núcleo del arma y también negociar una alianza incómoda con una facción rebelde local. Esas complicaciones generan tensiones internas: hay peleas morales sobre sacrificar recursos o personas, y momentos donde la camaradería y la traición van de la mano.
Me encanta cómo la película convierte una premisa clásica en algo íntimo: la misión es grande y épica, sí, pero la cámara se queda en las decisiones pequeñas, en los rostros que dudan antes de apretar el gatillo. Al final, la victoria no es solo técnica, sino humana: la tropa gana por confiar entre ellos y aceptar pérdidas dolorosas, y esa mezcla de riesgo y lealtad es lo que me quedó pegado al corazón.
Me encanta cómo ciertas series se quedan pegadas a la memoria, y con Lauren Graham eso pasa mucho; por eso me gusta fijarme en quiénes estaban detrás de cámara. En el caso de «Gilmore Girls», los nombres más visibles como creadores y productores ejecutivos son Amy Sherman-Palladino y Daniel Palladino, quienes marcaron el tono y la dirección creativa de la serie. A nivel de estudio y emisión, la serie estuvo vinculada a cadenas y grandes productoras televisivas que apoyaron su producción y distribución, lo que explica su alcance y duración.
Si miro su otra etapa televisiva, «Parenthood» fue una apuesta diferente: la serie fue desarrollada por Jason Katims y contó con el respaldo de productoras de estudio que se encargaron tanto de la producción como de llevarla a la cadena correspondiente. Más tarde, el regreso a la pantalla con «Gilmore Girls: A Year in the Life» tuvo detrás a Netflix como plataforma productora/distribuidora y, de nuevo, a los Palladino como fuerza creativa principal.
En cine las cosas cambian porque las películas suelen depender de estudios y productores distintos para cada proyecto; Lauren ha trabajado con estudios como 20th Century Fox y con productoras independientes según la película. En resumen, no hay un único productor para todos sus trabajos: cada proyecto suele tener su propio equipo de productores ejecutivos y compañías (showrunners, estudios y plataformas) que hacen posible la obra, y eso es parte de la riqueza de su trayectoria: variedad de colaboradores que influyen en el tono final de cada proyecto.
Me picó la curiosidad y me puse a rastrear lo que hay en España sobre John Wayne Gacy; no es una filmografía enorme, pero sí hay títulos importantes que he visto y que suelen aparecer en catálogos y tiendas digitales.
El largometraje de ficción «Gacy» (2003) es uno de los más citados: cuenta con una interpretación bastante directa del caso y suele estar disponible en edición DVD o en plataformas de alquiler digital. Otro título que aparece con frecuencia es «To Catch a Killer» (1992), la película para televisión donde el retrato del asesino es más dramático y centrado en la investigación. En el terreno más reciente y documental, destaca «Conversations with a Killer: The John Wayne Gacy Tapes» (2022), que la plataforma internacional Netflix lanzó con gran repercusión y que en España se pudo ver en su catálogo.
Además de esos, he encontrado «Dear Mr. Gacy» (2010), una aproximación dramatizada basada en cartas y encuentros con un joven; suele estar en servicios de alquiler o en packs de true crime. Ten en cuenta que la disponibilidad varía: a veces estos títulos rotan entre Netflix, Prime Video, Filmin o se quedan en compra/alquiler en Apple TV/Google Play. En mi experiencia, lo más fiable es revisar esas plataformas y las tiendas digitales, porque hay documentales cortos y programas televisivos que también aparecen y no siempre están centralizados. Personalmente, me pareció más útil ver primero el documental de Netflix para después completar con las películas dramatizadas y así comparar enfoques.
Me llama la atención la cantidad de gente que confunde el formato de «El Conde», así que voy directo: en España se considera una película, no una serie.
La vi en una proyección y luego la encontré en plataformas, y tiene la estructura propia del cine: narrativa cerrada, duración compacta y un arco que se resuelve en una sola pieza. No está dividida en episodios ni diseñada para temporadas, sino como un espectáculo autónomo que cuenta su historia de principio a fin. Además, su promoción en carteleras y festivales la presentó claramente como largometraje.
Más allá de la etiqueta, me gustó cómo juega con la fábula política y el tono satírico; es uno de esos proyectos que funciona mejor si lo abordas como una película pensada para ver de una sentada. En España se habla de ella en reseñas y críticas como un film y así aparece en catálogos de cine y plataformas de streaming. Personalmente, prefiero estas piezas cuando son películas: te dejan una sensación compacta y un debate para la sobremesa, y «El Conde» me dejó exactamente eso.
Me encanta usar películas como gimnasio para el oído, y te cuento cómo lo hago paso a paso.
Primero elijo títulos españoles con diálogos naturales: suelo alternar entre comedias como «Ocho apellidos vascos» para expresiones coloquiales y thrillers como «La isla mínima» para ritmos más rápidos y vocabulario local. Veo la película una vez con subtítulos en español para familiarizarme con las voces y las pausas, y anoto frases útiles y conectores (por ejemplo, «aunque», «sin embargo», «al fin y al cabo»).
La segunda vuelta la hago sin subtítulos, solo con pauses: repito frases cortas, las escribo tal como las oigo y luego las comparo con subtítulos o transcripción. Practico shadowing (repitiendo justo detrás del actor) para mejorar entonación y ritmo, y hago miniclausuras de dictado con escenas de 30–60 segundos. Para entrenar la parte del examen que pregunta por ideas generales, me obligo a resumir en voz alta lo que pasó en cada escena en 30 segundos.
Si te sirve, mi consejo final es mantener la rutina: 30–45 minutos casi todos los días, alternando película completa y clips cortos. Al cabo de unas semanas notas que distingues enlaces, muletillas y cambios de registro con mucha más facilidad, y eso al final se traduce en confianza en el examen.
Hay adaptaciones de ciencia ficción que en España se han vuelto casi rituales de culto, y me encanta revisarlas porque siempre descubro matices distintos entre libro y película.
Yo suelo empezar por los clásicos que cualquiera puede encontrar en librerías y videoclubs: la novela de Philip K. Dick «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» y la película «Blade Runner» (aunque el film tomó caminos propios, la atmósfera y las preguntas éticas siguen ahí); «La naranja mecánica» de Anthony Burgess y su versión en cine por Kubrick, que es violentamente distinta en tono pero indispensable; y «2001: Una odisea del espacio» de Arthur C. Clarke, donde libro y película se complementan más que competir. Además, no puedo dejar fuera a «Solaris» de Stanisław Lem, que viene en dos adaptaciones muy diferentes y muestra cómo la misma novela puede inspirar propuestas cinematográficas casi opuestas.
En el plano hispanohablante hay ejemplos que me emocionan: «La piel fría» de Albert Sánchez Piñol fue llevada al cine con aire europeo y deja ver cómo se traduce el terror psicológico de la página a la pantalla. También recuerdo que «La guerra de los mundos» de H. G. Wells tiene varias versiones exhibidas en salas españolas, y siempre es interesante comparar la idea original con el espectáculo visual moderno. Para quien vive en España recomiendo buscar ediciones de editoriales como Minotauro o Alianza para leer el texto en buena traducción y ver las películas en versión original subtitulada cuando sea posible; muchas veces el doblaje pierde matices técnicos o de diálogo que el libro conserva. En definitiva, ver la película después de leer el libro (o al revés) me da siempre una nueva forma de entender la obra y, aunque a veces me decepcione, casi siempre salgo con ideas nuevas sobre el tema.
Me fascina cómo el cine español no tiene miedo de meterse en territorios morales embarrados y dejarte incómodo mucho después de que acaben los créditos.
He vuelto a ver «Tesis» con cierto respeto por cómo Alejandro Amenábar planteó, en clave de thriller universitario, preguntas sobre la curiosidad morbosa y la responsabilidad ética del espectador y del creador. La película te hace sentir culpable por mirar, y esa culpabilidad no se resuelve con explicaciones sencillas; por el contrario, te obliga a pensar en el límite entre investigación y explotación. También recomiendo «Mar adentro», que convierte el debate sobre la eutanasia en una conversación íntima y dolorosa entre dignidad, derecho y amor, y que nunca presenta la respuesta como obvia.
Además, «La isla mínima» funciona como fábula oscura sobre una sociedad que ha normalizado demasiadas cosas; sus personajes van tomando decisiones que revelan capas de moralidad en conflicto: la ley, la lealtad y la supervivencia. Y «El Reino» me pone siempre de los nervios por cómo muestra la corrupción política como un problema ético colectivo: no es solo un villano, es una telaraña de pequeñas renuncias morales. Si buscas películas que te obliguen a mirarte al espejo y preguntarte qué habrías hecho, esas son algunas que yo revisito cuando quiero retos morales en pantalla.
Me fascina cómo un mismo título puede provocar un millón de confusiones entre libros y películas, así que voy al grano: no existe una película que sea una adaptación directa y reconocida de «El Leviatán» en el sentido clásico de llevar palabra por palabra una obra literaria como la de Thomas Hobbes o novelas modernas con ese nombre.
He revisitado varias fuentes y lo que ocurre es que hay muchas obras distintas llamadas «Leviatán» y varias películas con ese título, pero casi ninguna procede de una adaptación literal de un libro con ese nombre. Por ejemplo, la famosilla película de ciencia ficción y horror estadounidense de 1989 titulada «Leviathan» no adapta un tratado filosófico ni una novela famosa; es una historia original para cine. Por otro lado, la aplaudida película rusa de 2014 también llamada «Leviathan», dirigida por Andrey Zvyagintsev, es un drama social y no una adaptación de Hobbes ni de Paul Auster.
Si lo que te interesa es la obra de Hobbes, «Leviatán» (1651) es un tratado político y no suele convertirse en películas narrativas directas: sus ideas han inspirado muchísimos filmes y series sobre poder, estado y conflicto, pero no hay una adaptación cinematográfica literal del libro. En mi experiencia, la mejor forma de explorar esa influencia es ver películas que traten el poder y el contrato social y luego releer pasajes del texto; así las conexiones se vuelven mucho más jugosas.
Tengo el vicio de rastrear clásicos y Charles Laughton siempre aparece en mis búsquedas cuando me apetece una noche de cine intenso. Para empezar, en España la plataforma que más me saca de apuros con este tipo de cine es Filmin: suelen tener ciclos de autor, restauraciones y a veces títulos como «La vida privada de Enrique VIII» o «La isla de las almas perdidas». MUBI también es una buena opción porque rotan clásicos curados y muchas veces incluyen largometrajes difíciles de ver en otros sitios.
Si no aparecen en esas dos, miro en Prime Video o en Rakuten TV por si están de alquiler o compra digital; también consulto Google Play/YouTube Movies y Apple TV, que a veces tienen ediciones puntuales. Y no descarto la Filmoteca o la Cineteca local: a menudo programan retrospectivas o proyecciones en copia restaurada que no están online. En mi experiencia, llevar un poco de paciencia y comprobar en agregadores como JustWatch me ahorra tiempo, y ver una copia buena de «La noche del cazador» en sala es otra experiencia totalmente distinta.