Me fascina cómo los mitos griegos siguen colándose en todo lo que leo y veo; son como novelas eternas donde los dioses son protagonistas imperfectos y teatreros.
En el origen está la «Teogonía» de Hesíodo, que arranca con el Caos y va tejiendo a Gea, Urano, los Titanes y luego la rebelión de Zeus contra Crono: la famosa Titanomaquia que establece el nuevo orden. Hay historias que parecen series: Zeus seduce y engaña, Hera trama venganzas, Atenea nace armada de la cabeza de Zeus, y Poseidón castiga con tormentas a quien le desagrada. No son solo hazañas: hay dramas íntimos como el rapto de Perséfone por Hades, que explica las estaciones, o Prometeo robando el fuego para los humanos y sufriendo por su generosidad.
También me encanta cómo esas historias se mezclan con los héroes: Heracles, con sus trabajos marcados por la intervención divina; Aquiles y la cólera de los inmortales en «La Ilíada»; Ulises y sus desencuentros con diosas y monstruos en «La Odisea». Los mitos griegos no buscan moralizar de forma simple: muestran poderes, caprichos y consecuencias, y a mí me dejan pensando en lo humanos que son los dioses.