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Si pienso en la historia en breves hitos, la trayectoria del anglicanismo en España se puede ordenar así en mi cabeza: presencia británica y capillas consulares, surgimiento de un movimiento protestante español con afinidades anglicanas, institucionalización con la «Iglesia Española Reformada Episcopal», represión durante la dictadura y expansión legal y social después de 1978.
Esa síntesis, a mi modo de ver, no explica las miles de pequeñas historias personales: matrimonios mixtos celebrados en capillas anglicanas, traductores que llevaron himnos al español, o voluntarios que sostuvieron comunidades durante tiempos difíciles. Hoy conviven distintos rostros: la red internacional de la Iglesia de Inglaterra y la vida propia de una iglesia española con sabor anglicano. Al final, lo que más me impresiona es la capacidad de adaptación y la función de puente cultural que ha tenido el anglicanismo en un país con una tradición católica tan dominante.
Me entusiasma contar cómo el anglicanismo fue dejando huella en España, porque no es una historia de grandes masas sino de encuentros discretos entre culturas y confesiones.
A partir del siglo XVIII y sobre todo en el XIX la presencia anglicana estuvo muy ligada a comunidades británicas y diplomáticas: comerciantes, marinos y residentes crearon capillas en puertos y ciudades donde podían celebrar en inglés. Paralelamente hubo movimientos protestantes españoles que, tras los sacudones políticos del siglo XIX, buscaron formular una alternativa a la unidad católica tradicional. De ese cruce nace lo que conocemos hoy como la «Iglesia Española Reformada Episcopal», fundada por un grupo de cristianos españoles que se acercaron a la liturgia y orden episcopal anglicanos y organizaron una estructura propia con obispos y parroquias adaptadas al contexto español.
Durante el régimen de Franco la libertad religiosa quedó muy constreñida y las iglesias protestantes, incluida la anglicana española, vivieron momentos difíciles; muchas comunidades sobrevivieron discretamente o recurrieron al apoyo de capellanías extranjeras. A partir de la Constitución de 1978 y el reconocimiento legal de la pluralidad religiosa, la situación cambió: se consolidaron las relaciones con la Comunión Anglicana a nivel internacional, volvieron a abrirse chaplaincies de la Iglesia de Inglaterra y de la Iglesia Episcopal (EE. UU.) para expatriados, y la «Iglesia Española Reformada Episcopal» ganó visibilidad pública. Hoy el anglicanismo en España es pequeño en número pero diverso en expresiones: capillas en inglés para la diáspora, comunidades en español con raíces históricas y una presencia ecuménica moderada que contribuye al mosaico religioso contemporáneo. Me resulta fascinante cómo, aun siendo minoría, el anglicanismo ha sabido adaptarse y mantener puentes culturales y teológicos aquí.
Recuerdo la sorpresa de caminar por un barrio y encontrar una iglesia con misas en inglés: esa vivencia resume la cara más cotidiana del anglicanismo en España.
Desde mi experiencia como alguien que vivió años entre expatriados, la cara más visible del anglicanismo son las capillas de la Iglesia de Inglaterra y las parroquias episcopales que sirven a migrantes y turistas: Madrid, Barcelona, Palma y algunas ciudades costeras tienen comunidades dinámicas en inglés. Es un anglicanismo internacional, muy influido por la liturgia anglosajona y por las redes pastorales del exterior, pero también ha ido incorporando servicios en español, jóvenes locales y celebraciones mixtas.
He visto cómo los lazos con la «Iglesia Española Reformada Episcopal» facilitan encuentros con españoles que buscan una liturgia distinto a la católica y cómo las capellanías ayudan en temas prácticos: asesoría legal, apoyo social y actividades culturales. Esa mezcla de servicio pastoral y comunidad expatriada hace que el anglicanismo en España sea pragmático y hospitalario; me gustó comprobar que donde hay necesidad de idioma y ritual familiar, aparecen estas pequeñas comunidades que funcionan como hogar lejos de casa.