4 Answers
Me fascina cómo el futurismo se filtra en el cine español, no solo como un conjunto de efectos o neones, sino como una forma de comentar el presente. Yo veo películas como «Abre los ojos» o «Los últimos días» y pienso en cómo usan escenarios próximos a la audiencia para hablar de memoria, catástrofe y ansiedad tecnológica. En esos filmes, la ciencia ficción no es un adorno: sirve para extrapolar miedos sociales —paro, pérdida de rumbo, control— y así crear metáforas potentes que resuenan con la historia reciente de España.
También me llama la atención la economía creativa detrás de todo esto. Con presupuestos ajustados, muchos cineastas españoles concentran el poder del estilo en la atmósfera, la iluminación y los diálogos. Películas como «Los cronocrímenes» muestran que una idea fuerte y un montaje inteligente pueden sustituir toneladas de CGI. Al final, el futurismo actúa como caja de resonancia cultural: permite mirar hacia delante mientras disecciona lo que ya tenemos, y a mí eso me sigue pareciendo emocionante y necesario.
Voy por la vía más práctica: me fijo en cómo se construye la apariencia del futuro en pantalla. Yo consumo cómics, videojuegos y cine, así que me fijo en el diseño de producción, la música y el montaje. En festivales como Sitges se nota que los creadores españoles aprenden a sacar partido al underbudget con soluciones estilísticas: un plano secuencia bien colocado, un sonido industrial o un color que transforma una ciudad común en distopía. Películas como «Automata» o las de Nacho Vigalondo demuestran que se puede lograr una estética creíble sin copiar las superproducciones anglosajonas.
Además me encanta cómo los directores españoles reutilizan paisajes conocidos —barrios, polígonos, estaciones— y los transforman en futuros verosímiles. Ese realismo cercano facilita la reflexión: no es ciencia ficción despegada, es futuro que podría tocarte la puerta. Como fan de juegos y cómics, disfruto cuando lo visual sirve a la historia y no al revés; y la escena española lo consigue bastante bien.
He crecido leyendo novelas que imaginan futuros posibles, y esa sensibilidad se nota en el cine español contemporáneo. Yo percibo dos líneas claras: una más literaria y contenida, donde el futuro sirve para explorar identidades y miedos íntimos; otra más visual y urbana, obsesionada con la tecnología y la ciudad como paisaje emocional. Películas como «Eva» mezclan afectos y robótica para plantear dilemas éticos, mientras que «El hoyo» usa una estructura casi alegórica para criticar sistemas sociales.
En mi lectura, el futurismo en España es menos delirio tecnológico puro y más herramienta crítica. Prefieren preguntarse para quién es el progreso y qué deja atrás. Me interesa esa mezcla de melancolía y urgencia: el futuro no es promesa, es espejo deformado, y eso hace que muchas películas españolas de ciencia ficción me parezcan inteligentes y punzantes.
Con más años en la butaca que en las redes, yo veo el futurismo en el cine español como una respuesta práctica a limitaciones y a inquietudes sociales. En lo industrial, las co-producciones y plataformas han abierto puertas para proyectos arriesgados: se pueden financiar historias distópicas que antes no eran viables. Pero también hay una tradición de contar historias con pocos recursos, lo que ha forjado una escritura de ciencia ficción centrada en la idea y los personajes más que en el espectáculo.
Personalmente valoro ese enfoque porque permite películas más humanas, con preguntas morales y sociales claras. El futurismo aquí funciona como lupa: amplifica contradicciones del presente sin esconderse tras grandes efectos. Me quedo con la sensación de que, en España, el futuro en cine es sobre todo una excusa para interrogar lo que somos hoy.