Hay trucos concretos que me salvaron cuando empecé a hacer paisajes urbanos en acuarela: primero, bloquear las formas grandes antes que los detalles; segundo, decidir la fuente de luz; tercero, mantener el papel lo más limpio posible en las zonas de luz.
Mi orden suele ser: boceto ligero, lavado general del cielo y manchas de color en el primer plano, luego trabajo las capas medias para edificios y árboles urbanos, y por último vuelvo con pincel fino para ventanas, postes y
peatones. Alterno entre pinceles grandes para atmósfera y pequeños para lo narrativo. Uso además contraste de bordes —suaves para la distancia, nítidos en el primer plano— y aplico sal fina o gotitas de agua cuando quiero textura en el asfalto o en fachadas envejecidas.
No me preocupo demasiado por la perfección: muchas calles se construyen con manchas y gestos rápidos, y respetar eso le da vida al cuadro. Con cada nueva acuarela me permito experimentar un poco más y aprender de los errores; al final, la ciudad se vuelve mía en papel.