Siento una mezcla de curiosidad y vértigo cuando pienso en cómo las películas españolas utilizan la gula para trastocar lo íntimo: no es solo comer, es devorar secretos, cuerpos y jerarquías. En varios títulos recientes la ingestión es literal —cannibalismo, epidemias— y simbólica —clases devorándose entre sí—; ambos caminos producen un horror muy físico que me despierta el estómago.
Desde el uso expresionista de la iluminación hasta efectos prácticos que hacen que la carne y la saliva luzcan repulsivas, el cine español no se guarda nada. También me llama la atención que a menudo la violencia gastronómica aparece en contextos familiares o comunitarios, lo que convierte a la mesa en un campo de batalla moral: la gula expone egoísmos y miedos con un lenguaje directo, sin piedad ni limpieza. Me sorprende y me atrae esa mezcla de repulsión estética y aguda ironía social.
No puedo dejar de pensar en cómo el cine español convierte la gula en crítica social y en terror corporal, casi siempre mezclando humor negro con algo profundamente incómodo.
En películas como «El ángel exterminador» de Buñuel se ve la gula transformada en absurdo: gente de clase alta incapaz de salir de una sala y que poco a poco pierde las formas, el orden y la compostura mientras el hambre y la necesidad revelan instintos animales. Esa escena colectiva funciona como fábula sobre la decadencia y la vulnerabilidad de las normas sociales.
Hoy, con títulos como «La plataforma», la gula se vuelve alegoría política: el banquete que baja por niveles es una metáfora brutal de la redistribución de recursos y de la voracidad humana. Me impresiona cómo esos filmes usan la comida y el acto de comer para exponer poder, culpa y humillación; al final la sensación queda pegada en la piel, como si todavía oliera a cena olvidada.
Hay algo casi ritual en muchas escenas donde España mira la gula: la comida deja de ser sustento y pasa a ser símbolo de culpa y desigualdad. En mi experiencia, esas películas prefieren subrayar el contraste entre la opulencia y la escasez, haciendo que el espectador se sienta cómplice y avergonzado al mismo tiempo.
Pienso en mesas suntuosas que terminan en desastre, en personajes que no controlan sus impulsos y en el uso del exceso para criticar el sistema. Ese tono, a la vez mordaz y trágico, es lo que me queda: la gula como espejo, como acusación y como detonante de la violencia humana.
Recuerdo ver un montaje donde la cámara no dejaba de enfocarse en manos que agarran comida, en labios manchados, y sentí cómo la gula se instrumentaliza para contar historias de deseo y violencia. En el cine español hay una tradición de convertir el exceso en espejo: «Caníbal» aborda el canibalismo como síntoma de una sociedad que consume cuerpos y apariencias, mientras que obras de álex de la iglesia como «La comunidad» mezclan avaricia y apetito con comedia negra hasta que la risa se vuelve grotesca.
A nivel formal, la gula se muestra con primeros planos, sonidos de masticación amplificados y una puesta en escena que vuelve lo cotidiano amenazante. Es fascinante ver cómo lo culinario deja de ser placer para convertirse en herramienta dramática; me quedo con la sensación de que en esos filmes la comida es personaje y juicio a la vez.
2026-04-06 19:23:53
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Estrenando Cuñadita
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