Tengo recuerdos claros de debatir esto en un café con una amiga: Freud y Klein apuntan al mismo mapa, pero trazan rutas diferentes.
Yo veo a Freud como el cartógrafo de las pulsiones: insistía en que el motor último del psiquismo son las energías libidinales (y más tarde la pulsión de muerte), estructuradas en instancias como el ello, yo y superyó, y articuladas por etapas psicosexuales (oral, anal, fálica...). Para Freud, conflictos reprimidos y el complejo de Edipo son claves para entender neurosis y la formación del yo; la interpretación de sueños, los lapsus y la asociación libre son sus herramientas para desenterrar lo reprimido.
Klein, en cambio, me parece alguien que pone el foco dentro del mundo interior desde los primeros meses. Ella desarrolla la teoría de las relaciones objetales: los objetos internos (imágenes y experiencias de la madre, la leche, el pecho) configuran la vida
psíquica mucho antes de que el niño pase por la clásica fase edípica. Klein habla de posiciones —paranoide-esquizoide y depresiva—, de mecanismos como la escisión, la introyección, la proyección y la identificación proyectiva, y considera que la agresión temprana y la fantasía inconsciente moldean el superyó desde muy pronto.
En terapia esto se nota: Freud edificó la técnica alrededor de la palabra, la asociación libre y la interpretación del pasado; Klein introdujo la técnica de juego con niños y una lectura casi inmediata de las fantasías inconscientes en la conducta y en el juego. Para mí, ambos son complementarios: Freud me dio la gran narrativa de las pulsiones y la historia del desarrollo, y Klein me enseñó a mirar el paisaje interno y las relaciones con objetos internos en la más tierna infancia.