Me enganchó desde la primera página la manera en que el libro obliga a mirar de frente lo que muchos evitan: la rutina de vivir sin realmente elegir. En «Veronika decide morir» se plantea una pregunta que me persigue cuando me despierto cansado de la misma semana: ¿qué nos roba el deseo de vivir? La protagonista atraviesa una experiencia límite que la saca del piloto automático y, aunque la novela no ofrece soluciones mágicas, muestra que el choque con la muerte puede revelar deseos olvidados, pasiones escondidas y una urgencia por ser auténtico.
Lo que más me tocó fue cómo Coelho entrelaza la idea de libertad con la responsabilidad de elegir. No se trata sólo de morir o no morir, sino de reconocer que la mayoría vivimos según expectativas prestadas —trabajos, etiquetas, relaciones— y que esa seguridad a menudo nos emancipa del asombro. La internación funciona como metáfora: un lugar donde las normas se suspenden y emergen emociones que antes estaban enterradas. También hay una crítica sutil a la estigmatización de la enfermedad mental y a la facilidad con la que llamamos "cuerda" a lo que no entendemos.
Al cerrar el libro me quedé con una sensación ambivalente: tristeza por lo que lleva a alguien a renunciar, y esperanza porque aún en esa oscuridad hay posibilidad de reencuentro con uno mismo. Me recordó que la vida puede reinventarse en pequeños actos de valentía, y que a veces lo que necesitamos no es una receta, sino permiso para sentir y actuar según eso.
Me impactó lo sencillo y directo del mensaje de «Veronika decide morir»: la obra habla de autenticidad, de lo peligroso que es una vida que se rige sólo por el deber y el miedo al juicio ajeno. Vi la novela como una apuesta por la dignidad de los deseos humanos; cuando la protagonista se encuentra frente a un límite extremo, lo que brota no es un montaje dramático sino la posibilidad de volver a sentir, de tomar pequeñas decisiones que redescubren el gusto por existir.
También me dejó pensando en cómo tratamos a quienes sufren: la historia pone en evidencia que las etiquetas y los diagnósticos no bastan para comprender a una persona. Hay una ternura en los descubrimientos íntimos que ocurren en el espacio de la internación, y esa ternura es el remedio más humano que propone el texto. Salí de la lectura con la sensación de que la vida puede ser frágil, pero también recuperable, y con la idea clara de que ser valiente no siempre es besar el riesgo grande, sino permitir que los pequeños deseos vuelvan a iluminar el día a día.
Nunca había pensado en la muerte como una especie de espejo hasta que releí ciertos pasajes de «Veronika decide morir»: el espejo que te devuelve no lo que eres según otros, sino lo que realmente deseas ser. En mi caso, llegué al libro después de un periodo de complacencias sociales, y me sorprendió cómo la trama desmonta la idea de "normalidad" como un valor absoluto. La locura, en la novela, se convierte en una etiqueta que oculta la falta de imaginación de una sociedad que prefiere individuos dóciles.
Lo que interpreto como mensaje central es una invitación a recuperar la agencia sobre la propia vida. No es una apología del dramatismo, sino una llamada a cuestionar conformismos: ¿a quién sirve vivir por inercia? Las relaciones que nacen entre los personajes, los gestos cotidianos y la confrontación con la posibilidad de no existir más funcionan como catalizadores para que cada quien redescubra su voluntad. Al cerrar el libro me sentí sacudido y con ganas de revisar mis propias razones para levantarme cada día; es una lectura que empuja a examinar honestamente qué tanto estamos viviendo y qué tanto estamos sobreviviendo.
2026-02-03 22:05:30
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Kaugnay na Mga Aklat
A ella la salvó, a mí me abandonó
Ignacia Fabara
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Si tú y el primer amor de tu esposo sufren un accidente al mismo tiempo, ¿a quién rescataría él?
Alejandro García alzó a su primer amor en brazos y se marchó. La vida se desvaneció: el hijo se había perdido y, con él, murió por dentro Sofía Herrera.
Un acuerdo le había dado a Sofía la oportunidad de casarse con el hombre al que más quería.
Todos sabían que había conseguido ese matrimonio luego de romper la relación entre Alejandro y su primer amor. Todo para quedárselo.
Ella creyó que el tiempo lo haría valorarla, que eventualmente llegaría el momento en que él la mirara de verdad.
Hasta el día en que tuvo que enterrar con sus propias manos los restos del bebé de tres meses que nunca llegó a nacer. Fue entonces cuando finalmente abrió los ojos.
—Divorciémonos.
Un acuerdo sencillo, para quedar a mano.
Tres meses más tarde, bajo las luces brillantes y entre el murmullo de la multitud, ella subió al escenario a recibir un reconocimiento. Él la miró con sorpresa por algunos segundos antes de voltearse hacia los presentes con calma y decir:
—Así es, ella es mi esposa.
—¿Esposa?
Sofía dibujó una sonrisa en sus labios mientras le pasaba el acuerdo de divorcio.
—Disculpe, señor García, ahora soy su exesposa.
Ese hombre siempre tan sereno y frío perdió el control en ese instante. Con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada, gritó:
—¿Exesposa? ¡Yo jamás acepté eso!
En mi cumpleaños, salí a comer con mi familia. Pedí un deseo con la esperanza de que estuviéramos juntos y felices para siempre.
Al abrir los ojos, vi a mi hijo, Luigi Marino, sosteniendo su tableta.
En la pantalla aparecía un mensaje: "Papá, Maria dice que está embarazada de tu bebé. ¿Voy a tener una nueva mamá?"
Giovanni Marino me estaba tomando fotos con una Polaroid. Miró la pantalla de reojo y escribió una respuesta al reverso de la foto.
"No. Le prometí a tu mamá que, si alguno de los dos traicionaba al otro, desaparecería de su vida para siempre. No puedo vivir sin ella. Así que tienes que ayudarme a mantener esto en secreto. Aunque Maria tenga ese bebé, nunca aparecerán ante tu mamá".
Después de escribir eso, me miró y preguntó con ternura:
—¿Qué te pasa, amor? ¿Por qué tienes los ojos rojos? ¿Te los irritó el humo de las velas?
Mis lágrimas estuvieron a punto de caer, pero forcé una sonrisa y respondí:
—Estoy bien. El regalo de cumpleaños que me prepararon es maravilloso. Me conmovió tanto que no pude evitar llorar.
Él no sabía que mi dislexia había desaparecido una semana antes.
Parecía que ya no tenía que seguir pensando en si aceptar la oferta de trabajo de una prestigiosa organización internacional sin fines de lucro dedicada a enseñar a leer a niños con dislexia.
En siete días, todo el papeleo estaría listo. En ese momento, desaparecería para siempre de sus vidas.
Después de declararme ciento una veces a mi amor de la infancia, él terminó casándose con la mujer de sus sueños. Con el corazón hecho pedazos, tomé una decisión impulsiva, casarme con su hermano, quien siempre había estado enamorado de mí.
Luego de casarnos, él me consintió en todo. Su amor era intenso, abierto, casi desbordante. Todos decían que yo era increíblemente afortunada por haberme casado con un hombre que me amaba tanto.
Pero el día en que la mujer de su hermano y yo caímos al agua al mismo tiempo, lo vi con mis propios ojos, él, que ni siquiera sabía nadar, se lanzó sin dudarlo… pero no por mí. Nadó desesperadamente hacia ella, y bajo el agua le dio respiración boca a boca.
Mientras yo luchaba por mantenerme a flote, rogando que me mirara aunque fuera una vez, él solo se preocupó por llevarla a la orilla, dejándome a merced del mar.
Cuando apenas recobraba la conciencia en el hospital, escuché cómo él y su hermano acabaron a los golpes por quién se quedaría a cuidarla… y entre gritos, él le dijo lleno de dolor:
—Me casé con Elena sacrificándome, solo para que no interfiriera en tu felicidad con Victoria. Déjame verla… aunque sea una vez, ¿sí?
Y en ese momento fue entonces cuando lo entendí. Nunca nadie me había amado de verdad.
Así que tomé una decisión. Contraté un servicio para fingir mi muerte y desaparecer para siempre. Pero cuando la noticia de mi “muerte” llegó a sus oídos, aquel hombre siempre frío y sereno apartó a Victoria, se inclinó y escupió sangre. Y en una sola noche, su cabello se volvió completamente blanco.
Renací.
Volví a los 18 años, justo antes del examen de admisión a la universidad. Era el año en el que Diego Alonso más me amaba, y también el último.
Porque ya había conocido a su verdadero amor, Valeria Reyes, la mujer por la que se enamoraría de verdad.
Por ella, fue capaz de todo, al punto de que me pidió ser su novia, solo para distraerme de mis estudios.
Así que en lugar de la universidad de élite en la que hubiera podido entrar, terminé en una simplemente ordinaria.
Hasta fingió un accidente para retenerme y que me perdiera el concurso; todo para que Valeria ganara esa medalla de oro.
En otra ocasión, cuando Valeria perdió mucha sangre, él me manipuló para que donara una cantidad excesiva.
Esto arruinó mi salud para siempre, dejándome con dificultades para quedar embarazada.
Al final, Diego se vio forzado a casarse conmigo, pero pasaba los días sumido en la depresión, obsesionado con las fotos de su amor.
El día que supo que Valeria se casaba, me abandonó sin piedad y se quitó la vida por amor.
En esta vida, por fin estoy despierta. No volveré a amarlo.
Solo quiero ser egoísta, y amar únicamente a mí misma.
Entonces cuando Diego me preguntó con arrogancia:
—Renata, ¿quieres ser mi novia?
Yo, tranquilamente, negué con la cabeza.
—No.
El día que se suponía que iba a ser mi boda, la novia no era yo.
La ceremonia que había esperado durante cinco años se convirtió en una broma cuando Valentina, mi hermana, caminó por el pasillo de mármol con un vestido de novia blanco. Su brazo estaba entrelazado con el de Luca, el hombre que se suponía que me estaría esperando en el altar.
—Lo siento, Bianca —dijo suavemente—. Pero ya no eres la novia hoy.
Luego se tocó el estómago; sus ojos brillaban de triunfo.
—Estoy embarazada del hijo de Don Romano.
Sus palabras detonaron dentro de mi cabeza, y el mundo entero se quedó en silencio.
Como si temiera que no le creyera, levantó algo brillante hacia la luz.
Una imagen de ultrasonido en blanco y negro.
Se leía claramente: [Edad gestacional —12 semanas.]
Mis ojos ardieron, las lágrimas escocieron mientras me giraba hacia Luca, buscando desesperadamente cualquier cosa. Una negación, una explicación, o un arrepentimiento.
En cambio, él solo suspiró, agotado y resignado.
—Bianca, lo siento —dijo con impotencia—. A Valentina no le queda mucho tiempo. Esta boda... era su último deseo. Te lo compensaré —añadió—. Podemos tener otra boda más tarde.
Mi padre, Moretti, se paró detrás de él, con la misma expresión severa que había usado toda mi vida.
Nunca lo he visto sonreírme, ni siquiera una vez.
—Bianca —dijo bruscamente—, tu hermana se está muriendo. Déjala tener esto.
Mi hermano asintió sin decir una sola palabra, como si eso fuera suficiente para ser una respuesta sólida.
Toda mi vida, la habían elegido a ella, sus lágrimas, sus caprichos y sus necesidades, por encima de las mías.
Hoy no era diferente.
Algo dentro de mí se rompió silenciosamente.
Bien.
Si nadie en esta familia se preocupa por mí, me iré.
Sé que no me queda mucho tiempo después de haber sido envenenada con acónito.
No quiero tener remordimientos, así que viajo al lago de Sacred Crystal, un lugar que siempre había querido visitar. No le digo a nadie que planeo terminar mi vida allí.
No esperaba encontrarme con mi ex-compañero en ese lugar. No nos hemos visto en diez años. Él se ha convertido en el Alfa que siempre quiso ser, y lleva un anillo que tiene grabado el nombre de otra loba.
En cuanto a mí, ya he tirado nuestra muestra de amor y lo he borrado de mi corazón.
Estamos intercambiando palabras cuando, de repente me pregunta:
—¿Todavía me odias, Giselle?
Sacudo la cabeza. Mi vida está a punto de terminar, después de todo. Ya no necesito aferrarme a nada. En los últimos momentos de mi vida, solo quiero ver el mar de lirios que la Diosa de la Luna ha bendecido.