Me encanta cuando la fantasía recupera mitos que parecen de otra galaxia; la
sumeria es uno de esos pozos de inspiración que todavía va salpicando la literatura moderna. Si buscas novelas que adapten directamente textos sumerios, lo más habitual son las reescrituras del «Epic of Gilgamesh»: por ejemplo, «Gilgamesh the King» de Robert Silverberg es una novela larga que toma la figura del rey y la convierte en un relato de corte épico y humano, condensando y dramatizando episodios del poema. También hay reescrituras más recientes y accesibles, como la versión de Geraldine McCaughrean titulada «Gilgamesh», pensada para lectores jóvenes pero con mucha fuerza narrativa. Además, hay varias traducciones y adaptaciones en prosa que, aunque no sean novelas originales, funcionan como lectura novelada del mito: pienso en las ediciones de Andrew George o en la versión de Stephen Mitchell, que han popularizado el texto para el público contemporáneo.
Fuera de las reescrituras directas, la Sumeria aparece como materia prima: mitos del diluvio, dioses como Inanna/Ishtar o Enki, y figuras caóticas tipo Tiamat se filtran en fantasías que no son “sumerias” per se, pero sí beben de ese imaginario. En mi experiencia, hay menos novelas mainstream que tomen todo el panteón sumerio y lo conviertan en un universo propio; la tendencia es transformar episodios concretos o usar motivos (tablas cuneiformes, ciudades-muros, reyes semidivinos) como semilla para mundos nuevos. Personalmente me fascina ese cruce: leer una novela que te devuelve la sensación de las tablillas antiguas, reinterpretadas para un público actual, siempre deja una mezcla de melancolía y asombro.