Me encanta cuando hablo de Valle-Inclán porque su mundo teatral sigue muy vivo: hoy, sin duda, el personaje más representado es Max Estrella, protagonista de «
luces de bohemia». Yo siempre lo veo como el espejo roto de una España que sigue interesando a directores y compañías; su ceguera física y moral funciona como metáfora potente en montajes contemporáneos. Max se adapta bien a puestas en escena urbanas, a montajes de calle y a lecturas políticas: es un personaje que permite jugar con la estética del esperpento y con el compromiso social del autor.
Además, el Marqués de Bradomín, salido de las «Sonatas», aparece mucho en lecturas poéticas, ciclos de música y piezas teatrales que buscan ese aire dandi y decadente. Yo creo que su figura de seductor cínico encaja con montajes más íntimos y con reinterpretaciones modernas. Por último, los
personajes grotescos y populares de «Divinas
palabras» (como Mari-
gaila y el grupo de villanos que la rodean) también se representan con frecuencia: hablan de cuerpo, fe y supervivencia, y a las compañías les encanta explorar su brutalidad y su ternura a la vez. En resumen, Max, Bradomín y los personajes rurales grotescos siguen marcando la cartelera y los talleres, porque permiten experimentar y volver relevante
la palabra de Valle-Inclán.