Gemela mala, compañero equivocado
Beatriz Aguilar
Cuando las campanas de nuestra ceremonia de unión comenzaron a sonar, mi compañero destinado, el Alfa Killian, no aparecía por ninguna parte. Antes de que pudiera cuestionar su ausencia, un video enviado por mi madre llegó al chat familiar: Killian estaba arrodillado en el salón de eventos de al lado y le ponía el Anillo Celestino, el máximo símbolo del estatus de una Luna, a mi gemela, Daisy.
La manada aplaudía y mi padre estaba parado junto a ellos con una expresión orgullosa. Daisy sollozaba apoyada en el hombro de Killian mientras él le acariciaba la espalda con ternura, como si ella fuera su hembra.
Recogí el ruedo de mi vestido, dispuesta a ir hasta allá para exigir una explicación, pero el enlace mental de mi madre irrumpió con brusquedad en mi mente.
—Freya, Daisy es tu hermana. Siempre ha sido frágil y jamás podría estar a tu nivel. Cédele tu lugar esta vez.
—¿Por qué me ocultaron esto? —pregunté con la voz temblorosa.
—Porque siempre peleas con Daisy —respondió mi madre—. Si te lo hubiéramos dicho, habrías hecho un escándalo. ¿Y si recaía por el envenenamiento con acónito? Tu loba es fuerte; podrás tener otra ceremonia después. Somos familia; no lo arruines por algo tan insignificante.
Me mareé. No pude pronunciar ni una palabra. Resulta que mi compañero destinado y el título de Luna no eran las únicas cosas de las que podían deshacerse sin más; también podían desecharme sin pensarlo.
Si así querían que fueran las cosas, les daría el gusto. A partir de ese momento, mi relación con la manada terminó.