LOGINValentina no cree en el amor verdadero. Cree en el sarcasmo, en sobrevivir a la oficina con café triple expreso y en evitar cualquier cosa que implique “abrirse emocionalmente”. Por eso, cuando su mejor amiga la obliga a descargar una app de citas, lo toma como un juego. Uno muy desastroso. Entre matches incóodos, conversaciones absurdas y citas que parecen sacadas de una pesadilla romántica, su perfil termina haciéndose viral por accidente. Pero la fama en internet no es el verdadero problema. El verdadero problema es Mateo Kang. Su irritantemente atractivo compañero de oficina. El hombre con quien mantiene una guerra fría desde que le robó el estacionamiento… y que acaba de hacer match con ella sin saberlo. Ahora Valentina está atrapada entre memes, malentendidos, tensión insoportable y una química que arruina cada intento de seguir odiándolo. Porque cuanto más conoce a Mateo fuera de la oficina, más difícil se vuelve ignorar que quizá el amor aparece de la forma más absurda posible. Aunque haya comenzado con un error tecnológico. Y quizá ese sea el verdadero desastre. O el inicio de algo mucho peor… enamorarse. “El problema no fue que Mateo descubriera que uso una app de citas en horario laboral. El problema fue que hizo match conmigo… y todavía no lo sabe.”
View MoreLa mañana se filtraba con una luz dorada que apenas lograba colarse entre las cortinas. El silencio del apartamento era tan profundo que podía escucharse el tic-tac del reloj mezclado con el leve zumbido del viento que rozaba los ventanales. Valentina despertó con la sensación de haber vivido un sueño demasiado vívido para ser real.Por un momento permaneció inmóvil, observando el techo, intentando separar los recuerdos de la noche anterior de lo que su corazón seguía sintiendo. La cena, las miradas cruzadas, el vestido color vino, el vino derramado, el gesto protector de Mateo… Todo seguía allí, flotando en su mente como fragmentos de una película que no podía detener.Sus dedos rozaron la sábana, buscando consuelo en el tacto.—¿Qué fue todo eso? —susurró, apenas audible, como si temiera que las paredes pudieran responderle.Recordó cómo los ojos de Mateo habían cambiado de tono cuando la miró: primero fríos, disciplinados, llenos de control… luego cálidos, desarmados, casi vulnerabl
Alma de guerraLas uñas de Valentina se habían vuelto insistentes; las mordía sin descanso, víctima de los nervios. Aunque era una mujer preparada, aquella cena la intimidaba más de lo que quería admitir. Laura, como siempre, estaba a su lado —su mejor amiga, su confidente, y ahora también su coach improvisada—, junto a su inseparable bola de pelos, Chewbacrazy, que correteaba por el sofá con la energía de quien presiente que algo importante está por suceder.—¡Deja la cobardía, Valentina! —exclamó Laura, cruzándose de brazos—. Hazle honor a tu nombre, mujer.Valentina puso los ojos en blanco.—Por Dios, Laura, si a duras penas sé de mi propia cultura… ¿qué demonios voy a saber yo de la cultura coreana? Ni siquiera sé comer con palillos.—Eso tiene solución, mi amor. Ahorita mismo pedimos comida coreana… y para todo lo demás existe ChatGPT —sentenció con dramatismo, como si hubiese descubierto la cura del pánico social.Laura abrió su laptop y empezó a leer en voz alta con un tono sol
Los ojos inflamados de Claudia frente al espejo del tocador no engañaban: había pasado la noche llorando por la indiferencia de Mateo. Pero no era solo dolor lo que la desbordaba; lo que más la consumía era la humillación. Abrió la gaveta, sacó su crema correctora y, con movimientos precisos, la aplicó bajo los ojos. Luego extendió la base cubreojeras, borrando cualquier rastro de debilidad.Mientras maquillaba su rostro, su mente volvió al principio de todo: al instante en que lo conoció.Había sido en una gala benéfica en Madrid. Entre risas, música y copas de vino, un pequeño accidente la hizo tropezar frente a un desconocido que, sin pensarlo, se inclinó para ayudarla. Era Mateo Han, hijo de empresarios coreanos, con un porte elegante y una educación tan refinada que contrastaba con la espontaneidad de ella. Le ofreció su pañuelo, y aunque apenas sonrió, su voz grave y su gesto cortés le bastaron para dejarla intrigada. Desde aquel día, Claudia supo que quería tenerlo a su lado, y
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las persianas cuando Valentina, todavía con el corazón inquieto por el día anterior, se atrevió a abrir la aplicación de mensajes.Ahí estaba su dibujo: el retrato de Mateo, delineado con la precisión de quien siente lo que pinta, no de quien solo observa.Cada trazo revelaba el talento que ella ocultaba del mundo —un secreto que nadie conocía, porque temía que mostrarlo fuera también revelar su alma.No esperaba respuesta, pero entonces, el teléfono vibró. Era él, su mensaje con un archivo adjunto. Una foto.El corazón le dio un vuelco cuando descargo la imagen. Era un retrato hecho por Mateo, y no de sí mismo… sino de ella.Valentina dormida sobre el escritorio, con un mechón rebelde cayéndole sobre la mejilla, los labios entreabiertos, respirando con una paz que ni ella recordaba tener. El dibujo tenía algo imposible de fingir: ternura.“Te debía mi versión.PD: si te vuelves a dormir así, prometo no reírme del ronquido. (Mentira, sí lo har












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