Eternity
Al elegir las joyas para nuestra boda, Luca Moretti compró dos piezas y dejó que mi hermana gemela Bianca eligiera primero.
Una era un brazalete de rubí adquirido en una subasta siciliana. La otra era una pulsera de ónix negro producida en serie, de esas que se venden en cualquier joyería de un centro comercial.
Por primera vez, me adelanté a Bianca y señalé el brazalete de rubí.
—¿Puedo elegir primero esta vez?
Luca apoyó una mano sobre mi cabeza con ese gesto cariñoso del que se valía para hacerme obedecer.
—Bianca siempre ha sido muy exigente con la calidad. Si una pieza no es de lo mejor, no se la queda. A ti no te importan estas cosas, Elena. La otra pieza no está mal.
No respondí enseguida. Algo dentro de mí se apagó.
En mi propia familia, Bianca siempre recibía la primera porción, el mejor asiento y la habitación con vista. Mi madre decía que Bianca necesitaba lo mejor porque era quien mejor representaba el apellido Bellini. A mi padre le parecía una decisión práctica.
Con el matrimonio pasaba lo mismo. Las familias Bellini y Moretti habían acordado casar a una de las hijas Bellini con el heredero Moretti mucho antes de que alguna de las dos supiera qué era el amor.
Todos daban por hecho que esa hija sería Bianca. En cambio, dejó clarísima su postura. Prefería conservar su libertad y su imagen pública intachable a convertirse en la señora Moretti.
Así que Luca eligió a la otra hija de los Bellini. Conocía a Luca desde hacía veinte años, pero para él siempre quedaba detrás de Bianca.
Miré la pulsera de ónix negro que estaba sobre la mesa y la aparté.
—Bianca puede quedarse con las dos. No voy a elegir.
No quería volver a conformarme con las sobras. Nunca más.