Desaparecida en el fuego
Golpeó con rabia el volante, los ojos rojos, respirando entrecortado.
Cuando volvió a intentarlo, la línea ya marcaba número inexistente.
La última esperanza se desmoronó. Arrojó con fuerza el celular al asiento del copiloto. Y justo entonces, sonó.
Sin pensar, contestó. Al otro lado, reconoció la voz de Doña Marta, quebrada en llanto:
—Bruno, perdóname… Si ese día del incendio hubiera esperado a que volvieras, Julieta no habría muerto…