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22cm de Clases
22cm de Clases
Penulis: Lucía Tormentas

Capítulo 1

Penulis: Lucía Tormentas
Me llamo Esteban Ochoa, estoy en primer año de universidad.

Ayer terminó el curso de inducción, y mi novia, que llevaba más de medio mes aguantándose, me metió a jalones al dormitorio de chicas.

Con la ayuda de ella y sus compañeras de cuarto, logré esquivar la revisión de la encargada del dormitorio y me quedé a dormir.

—Mi semental, ya te necesito…

Apenas apagaron la luz, Ariana me tomó la mano, la metió bajo su camisón y me besó.

Le apreté el traserito.

—Todavía no se duermen las demás —dije.

—No creas que no me doy cuenta…

Ariana movió su cintura bien moldeada entre mis brazos, y me enlazó una pierna torneada a la cadera.

—Siempre me haces rogarte… a propósito, para que te oigan… cogerme…

Las últimas palabras me las dijo mordiéndome la oreja.

—¡Eres una zorra! ¿Tantas ganas tienes de que te cojan?

Al sentir su lengua mojada y resbalosa, me fui excitando yo también; le quité el camisón, le sujeté las manos por encima de la cabeza con un brazo y la aplasté contra la cama.

—Sí… soy una zorra… ¿no es así como te gusto, bien zorra? —Ariana movía la cadera provocándome—. ¿Soy lo suficientemente zorra esta noche? ¿Eh?

—Zorra, una zorra.

Al final ya no aguanté. La puse en cuatro, le agarré la cinturita de avispa con las dos manos y me monté encima.

En eso, de pronto vi que Lucero, la que dormía enfrente, se movió.

¿Me estaba espiando?

Miré de reojo sin moverme y vi clarito: el pecho de Lucero subía y bajaba con la respiración agitada, tenía la boca entreabierta, las mejillas encendidas y la mirada nublada clavada en lo que yo hacía; tenía la manita metida en los pantalón de dormir, moviéndose despacito.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, primero me sobresalté, y luego me prendí al doble.

Esta Lucero se veía tan ingenua; quién iba a pensar que era una santa por fuera, diabla por dentro.

Espiaba la función que teníamos en la cama mientras se tocaba.

Sin importarme si Ariana se había dado cuenta de que Lucero nos espiaba, le abrí las piernas y, como un caballo descontrolado, me eché encima y le di duro.

—Ay… ya no puedo… ten piedad…

Hasta que sus gritos se quebraron medio llorando y ella quedó desparramada sobre la cama, completamente rendida.

Al día siguiente, apenas amaneció, la encargada del dormitorio me sacó a rastras de la cama.

Cuando terminé de aguantarme el regaño y salí de la oficina del subdirector, ya había pasado la hora del almuerzo.

Para colmo, no había hecho pipí en casi todo el día y tenía la vejiga a punto de estallar.

Corrí al baño del edificio administrativo.

Pero al llegar a la puerta del baño de hombres, vi un letrero en el piso con un letrero grande que decía:

“En reparación. Disculpen las molestias”.

Volteé a ver el pasillo vacío. No me quedaba de otra: tenía que meterme al baño de mujeres.

Lo que nunca me imaginé fue que, al abrir el cubículo del fondo, me encontré con una chica flaquita que acababa de hacer pipí, con el pantalón a la altura de las rodillas y la cabeza agachada, lista para subirse los calzones.

Era Lucero.

Al parecer se quedó pasmada igual que yo, tanto que se le olvidó subirse los calzones y se congeló por lo menos diez segundos.

—Tac, tac, tac.

Justo entonces, desde afuera, se escucharon pasos apresurados.

No lo pensé ni un segundo: di dos pasos y me apreté en el cubículo estrecho junto a Lucero, pegados piel con piel.

Enseguida se abrió la puerta del cubículo de al lado; después de un roce de ropa al bajarse el pantalón, se escuchó el ruido del chorro golpeando la taza.

El ruido no era fuerte, pero en ese baño tan vacío se escuchaba clarísimo.

Lucero, roja de la cara, se retorcía inquieta entre mis brazos.

Bajé la mirada hacia la chiquitita que tenía pegada al cuerpo, respiré el aroma de su cabello y me acordé de las locuras de la noche anterior en el dormitorio. Dejé que una mano se deslizara por su espalda baja y le cubrí de lleno unas nalguitas firmes que rebotaban.

—Mmmm…

A Lucero se le escapó un gemidito sin querer, la respiración se le volvió entrecortada, el cuerpo le tembló apenitas y se le aflojó por completo.

Si no la hubiera tenido entre mis brazos, ya habría caído al piso.

¿En serio hay chicas tan sensibles?

Aprovechando que no tenía fuerzas para resistirse, jalé con fuerza y le bajé el pantalón junto con los calzones hasta los tobillos; le levanté la cola y la apoyé contra la pared del cubículo.

—No… no…

Lucero forcejeaba y con sus manitas delicadas se tapaba las nalgas para que no me saliera con la mía, mientras jadeaba bajito:

—Yo… soy virgen, no me pueden hacer esto en un baño…

—Entonces con la boca.
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