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Como Patas Para Chocolate

Como Patas Para Chocolate

By:  MangonelCompleted
Language: Spanish
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—Señor, ¿todavía tiene pepinos en su casa? Présteme uno... Un huracán se acercaba y la mejor amiga de mi hija se quedó atrapada en mi casa. Por la noche, vino a buscarme con las mejillas encendidas para pedirme un pepino, y me dijo: —Es que tengo un poco de hambre. Quiero comer un pepino para entretenerme. Al ver las dos puntitas que se le marcaban bajo el camisón, se me encendió la sangre y le dije: —Este señor tiene algo más sabroso que un pepino.

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Chapter 1

Capítulo 1

Me llamo Ernesto Lara, soy padre soltero.

Sin una mujer a mi lado, la frustración era insoportable; mi cuerpo me pedía a gritos estar con alguien.

Un fin de semana, mi hija, que estaba en la universidad, trajo a su mejor amiga, Jimena Robles, a la casa para pasar el rato.

Pensaban quedarse hasta la noche y luego regresar a la escuela.

Pero de pronto se les vino encima el huracán Nora, y todo Veracruz quedó bajo el agua.

El huracán destruyó sin piedad miles de edificios, el transporte colapsó y hasta los postes de luz fueron arrancados de raíz.

En las noticias también dijeron que durante los próximos días se prohibía a los ciudadanos salir; afuera era demasiado peligroso.

Jimena no tuvo más remedio que quedarse a dormir en nuestra casa esos días.

Yo pensaba que era una chica inocente, pero resultó que la calentura que tenía era peor que la mía.

Había llegado de prisa, sin traer ropa para cambiarse, así que después de bañarse por la noche no tenía qué ponerse.

Solo le quedó usar un camisón que mi hija había dejado.

El camisón le quedaba chico y le delineaba su cuerpecito de reloj de arena.

Cuando salió del baño, traía el cabello todo mojado, el agua le había empapado el camisón delgadito y se le transparentaba toda la piel de abajo.

Se notaba que no traía ropa interior; hasta se le alcanzaban a distinguir dos cerecitas.

No pude evitar tragar saliva. La muchachita tenía un cuerpazo tremendo; a ojo, copa D.

La piel blanquísima y tersa, el camisón le llegaba apenas a la cadera y le marcaba unas nalgotas como durazno, firmes y levantaditas.

Traía unas sandalias, y sus diez deditos parecían uvitas.

No podía quitarle los ojos de encima.

Ya de por sí estaba sexualmente reprimido, y en ese momento, al ver a esa jovencita que parecía una Venus saliendo del mar, se me paró y se me hizo un bulto.

Pero mi hija estaba ahí al lado, así que no me quedó de otra que soportar las ganas y voltear la cara hacia otro lado.

Me quedé viendo las noticias en la tele.

En eso, Jimena se sentó junto a mí a ver la televisión.

—Señor Ernesto, disculpe la molestia, es que el huracán llegó en el peor momento y no me queda más que quedarme aquí en su casa.

Sus piernonas estaban ahí, debajo de mis ojos, y el huequito entre sus muslos era pura tentación; daban ganas de abrirlos de par en par.

Además, despedía ese perfume natural que solo tienen las chicas jóvenes; el aroma me golpeaba en la nariz.

Tragué saliva con fuerza y le contesté con toda la calma que pude:

—No te preocupes, eres bienvenida cuando quieras.

Mi hija, sentada a un lado, se acercó con una sonrisota:

—Estos dos días que Jimena se quede en la casa me va a hacer compañía para pasarla bien.

Me levanté, tomé ropa limpia para cambiarme y me fui al baño.

—Yo también me voy a bañar.

En cuanto entré al baño, vi un montón de ropa amontonada en la tina.

Era la ropa que Jimena había traído puesta durante el día. No pude resistir la curiosidad; tomé una prenda y me la acerqué a la nariz para olerla.

Todavía conservaba su aroma.

Pero lo que me puso a mil fue que abajo había unos calzones con todo y brasier.

Ella había llegado sin traer ropa, o sea que debajo del camisón no traía nada.

Nada más de pensar que hace un momento estaba sentada junto a mí con ese camisoncito tan corto, sentí que un fuego me subía desde la entrepierna.

Jimena era demasiado atrevida; ni siquiera le importaba que se le fuera a ver algo.

Tomé los calzones sucios; tenían una mancha amarillenta: sin duda era el flujo de Jimena.

Ya no pude más. Aprovechando que ellas no se daban cuenta, me envolví los calzones ahí y empecé a acariciármelo.

***

Llevaba demasiado tiempo sin tocar a una mujer; estaba muerto de sed.

Sumado a que la textura de esos calzones era sedosa y resbalosa, en poco tiempo llegué al límite.

Con un espasmo que me recorrió entero, sin querer manché los calzones.

Cuando vi aquella mancha en la tela, pensé que si Jimena se daba cuenta, estaba perdido.

A toda prisa metí los calzones entre la demás ropa; mañana los echaría a la lavadora.

Me di una ducha con agua caliente y salí envuelto en la toalla.

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