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Capítulo 2

Penulis: Lucía Tormentas
Lucero se apresuró a retirar la mano y se tapó la boquita.

—¡Pum, pum!

En ese momento, del cubículo de al lado se escuchó una serie de golpes y, enseguida, la voz de una chica.

—Luce, ¿qué te pasa?

Era Estefanía, otra de las compañeras de cuarto de mi novia.

—Na… nada.

—¿Por qué suenas tan rara? ¿Te sientes mal?

—Mmm… vi… vi una cucaracha…

Del otro lado vino el ruido de la descarga. Estefanía salió del cubículo y se puso a lavarse las manos.

—Pues apúrate, te espero afuera.

En cuanto Estefanía salió del baño de mujeres, Lucero se zafó de mis brazos y, con la voz temblorosa, dijo:

—Yo… yo puedo dejar que tomes mi virginidad… pero no en un lugar así…

Dicho esto, se me escapó con todas sus fuerzas, se subió los pantalones y salió del cubículo volteando a verme a cada paso.

Poco a poco me fui calmando y, cuando afuera ya no se oía nada, también me escabullí.

Al caer la noche, me quedé solo en cuclillas frente a la entrada del dormitorio de chicas, con un único objetivo: meterme con mi novia.

Pero no fue mi novia la que apareció, sino las otras tres compañeras de cuarto.

—¿No te sació lo de ayer? ¿Hoy también quieres dormir en nuestro cuarto?

—Escuché que la tienes de veintidós centímetros, que la tienes más grande que un negro. ¿Es verdad?

La que hablaba era Estefanía. Medía como un metro setenta, le encantaba usar blusitas cortas que le dejaban la cintura de fuera y jeans entallados; los llevaba tan bajos que casi se le veía el vello. Tenía un cuerpazo para darle duro, de esos que te vuelven loco.

Al recordar el ruido que había hecho al mediodía en el baño de mujeres orinando “con fuerza”, se me agitó algo por dentro.

—Claro que es cierto. Cuidado, que esta noche me meto en la cama equivocada y te violo.

Estefanía y la otra chica se morían de la risa. La única que no, fue Lucero: no sé qué se le cruzó por la cabeza, pero se puso roja como tomate.

Levanté la vista hacia ella y pensé que, si no llegaba mi novia, llevármela a un motel y rentar un cuarto no sería mala idea.

Estefanía me pasó la mano por delante de los ojos.

—¿Qué tal que estos dos ya traen algo? Mírenlos, ay, pero ¿qué tanto se están haciendo ojitos?

Con ese comentario, Lucero se puso tan colorada que se le fue la cara al morado: si hacía un momento parecía un tomate maduro, ahora parecía una berenjena.

“¡Esto va bien!”, pensé.

Pero Estefanía dijo otra cosa.

—Te aviso: no vayas a aprovechar que tu novia está enferma para hacerle algo que no debes.

—¿Está enferma? —pregunté, sobresaltado.

—¿No sabías? —Me devolvió Estefanía.

—No. En cuanto apaguen las luces, trepo por la ventana y voy a verla.

Me angustié tanto que me olvidé de Lucero.

A diferencia de la noche anterior, siempre me colaba al dormitorio femenino más temprano, me escondía en la cama de mi novia, y en cuanto terminaba la revisión nocturna echábamos un palo.

Pero como me habían agarrado esa mañana, seguro tendrían el dormitorio femenino bajo mucha más vigilancia y pasar la ronda sería casi imposible.

Así que, para dormir en el cuarto de las chicas, solo me quedaba un camino: treparme por la ventana.

Cuando terminó la ronda de la encargada, subí por la reja antirrobo del edificio.

—¡Ábreme la ventana!

Mi novia me ayudó a abrir mientras me reprochaba:

—¿Estás loco? ¡Es el tercer piso!

—¡Por ti, aunque fuera un piso treinta!

En el cuarto se escucharon silbidos y Estefanía y la otra chica gritaron que qué cursi.

—¿Cómo estás? ¿Sigues enferma? —le pregunté.

Ariana estaba tan conmovida que casi se echaba a llorar.

—Solo es gripa.

En eso, se escucharon pasos afuera. Resultó que una chica del segundo piso seguía despierta y, como creyó que había un ladrón, le avisó a la encargada.

Las chicas se alarmaron. Yo estaba por esconderme en la cama de mi novia cuando ella me jaló con fuerza.

—Yo ya tengo antecedentes, si te escondes en mi cama, seguro te descubren. Métete en la cama de enfrente.

Así que me trepé a la cama de Lucero.

La encargada se detuvo frente a la cama de mi novia y, con la luz de la luna, echó un vistazo adentro.

Yo, acostado en la cama de Lucero, no me atrevía ni a respirar.

Pero qué cosas, junto a mí había una chica que solo traía puesto el sostén, casi se podía decir que dormíamos abrazados. ¿Cómo iba a aguantarme?

Le puse la mano despacio sobre las nalgas y se las apreté con suavidad.

Se le estremeció el cuerpo, pero no hizo ni un ruido.

Eso me dio más confianza. Con la otra mano le hice a un lado la tela de la entrepierna.

—¿Seguro que no vino nadie a su cuarto? —preguntó la encargada del dormitorio.

—¡No!

—¿Y por qué tienen la ventana abierta?

—Es que hacía mucho calor, la abrimos para ventilar.

La situación afuera estaba delicada, pero mi cabeza estaba entera en la chica que tenía al lado. Le levanté despacio la pierna derecha, me ladeé y me pegué a ella.

—Ah…

Lucero no aguantó y se le escapó un gemidito. La encargada del dormitorio miró con suspicacia.

—¿Qué pasa?

—¡Ay, ay!

Por suerte, mi novia fue rápida de reflejos. En cuanto vio que la cosa se complicaba, se agachó en el suelo y se puso a quejarse como si le doliera todo:

—Ay, ay, me duele el estómago… mmmm…

Las dos chicas de las camas de al lado también se bajaron.

—Está enferma, hay que llevarla rápido a la enfermería.

—¿Por qué no lo dijeron antes? ¡Vamos rápido!

Entre los apuros de la encargada, las chicas salieron con paso apresurado del cuarto.

Todo quedó de nuevo en silencio y oscuridad.

Entonces le agarré su cinturita y, de un solo tirón hacia arriba, le alcé bien el traserito y le arranqué los calzones.

—Mmm… yo lo sabía… lo tuyo con Luce no es normal… ah…

La chica entre mis brazos me tanteaba la parte baja del vientre mientras giraba la cabeza y dejaba ver una cara encendida como un atardecer; en la mirada se mezclaban el reclamo y la vergüenza.

Hasta la voz le salía empalagosamente dulce.

—Tú… de verdad… ¡de verdad la tienes de veintidós centímetros…!

Me quedé helado, con la boca abierta.

—¿Estefanía? ¿Cómo es que eres tú?

—¿Qué? ¿Te… te decepcioné… o ya te… te dio miedo…? ¿No me ibas a violar…? Ah…

Esa actitud de zorra caliente no hay quién se la aguante. Me enderecé, le empujé el sostén hasta el cuello, le levanté las dos piernas sobre los hombros y me puse encima.

—Aunque me haya equivocado de mujer, de todos modos te voy a coger. Si esta noche no te doy duro hasta que pidas perdón, doy todo por perdido…
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