LOGINUVPO. CAPÍTULO 27. Un apodo peligrosoSloan levantó inmediatamente la cabeza, como si de repente le hubiera picado un escorpión en las pelotas.¿Qué acababa de decir Alejandra? ¿Ironman? ¿En serio?Pero antes de que pudiera poner el grito en el cielo sin saber por qué lo hacía, Samuel soltó una carcajada.—¿Ahora soy Ironman?—Por supuesto. Eres egocéntrico, crees que puedes hacer cualquier cosa y tienes una preocupante tendencia a meterte donde vuelan las balas —replicó Alejandra con esa sonrisa genuina que parecía iluminar cualquier habitación y Samuel el revolvió el cabello después de abrazarla.—Pensé que eso último también lo hacías tú.—Yo lo hago con elegancia.—Y con elegancia te llevas balas de rebote —advirtió Samuel.—Porque las directas saben que no pueden conmigo —replicó Alejandra y ambos rieron.Sloan apretó tanto el bolígrafo que tenía en la mano, que estuvo a punto de romperlo.Llevaba semanas intentando recuperar los sobrenombres de Alejandra y aquel desconocido acab
UVPO. CAPÍTULO 26. Un momento inesperadoSloan consiguió llegar a su apartamento sin cometer ninguna infracción de tránsito, lo cual consideró un milagro dadas las circunstancias.Había dejado a Alejandra frente a su puerta, comprobado tres veces que tenía los medicamentos y exigido que lo llamara si sentía el menor dolor. Ella había terminado cerrándole la puerta en la cara, asegurándole que necesitaba dormir y que no pensaba morirse durante la noche.Ahora, mientras dejaba las llaves sobre la mesa, Sloan descubrió que le temblaban las manos. Se quedó mirándolas. No había temblado durante el tiroteo. Ni cuando discutió con los policías, ni cuando exigió explicaciones a los médicos.Pero ahora sí.Porque Alejandra había recibido un disparo. Un maldito disparo. Y la imagen de aquella mancha roja extendiéndose por su espalda volvió a atravesarle la cabeza.Sloan se sentó lentamente.Hasta entonces había considerado las amenazas contra su vida como un riesgo profesional. Sabía que sus ca
UVPO. CAPÍTULO 25. Revelacioens peligrosasEn el hospital, Sloan consiguió hacer en veinte minutos lo que normalmente le habría llevado una semana de discusiones: Se peleó con el personal de admisión porque consideró que tardaban demasiado. Exigió hablar con el médico responsable. Pidió una segunda evaluación cuando le explicaron que Alejandra probablemente solo necesitaría unos puntos. Y cuando una enfermera le indicó que debía esperar fuera mientras limpiaban la herida, respondió con una indignación absolutamente desproporcionada:—¡Soy su abogado!—Señor, eso no lo convierte en médico.—¡Soy también su responsable legal durante el período de supervisión! —discutió.—¿Es su esposo? ¿Su novio? ¿Su cariñito? ¿Su “peor es nada”? —lo desafió la enfermera y Sloan se puso más lívido que una rana albina—. ¿No? ¡Pues se queda afuera!Alejandra, acostada boca abajo en la camilla, soltó una carcajada que inmediatamente se convirtió en una mueca de dolor.—¡Ay! ¡No me hagan reír!La enfermera
UVPO. CAPÍTULO 24. Un grito diferente.Las puertas se cerraron y Sloan sintió que el corazón se le detenía.—¡ALEJANDRA!Golpeó el botón de apertura, pero ella había bloqueado el ascensor, que ya había comenzado a descender. A su lado, dos empleados del juzgado temblaban, abrazados contra una esquina.Sloan apretó los puños con una impotencia que no podía ni medir. Había dejado a Alejandra arriba. Había permitido que lo empujara dentro de aquel maldito ascensor mientras ella se quedaba en un pasillo donde estaban disparando.Cuando las puertas se abrieron en el nivel inferior, Sloan salió precipitadamente y se encontró con su cliente, a quien Samuel había conseguido evacuar por otra ruta.—¡Señor Sloan! —exclamó el empresario—. ¡Tenemos que salir de aquí!Sloan lo sujetó por el brazo y lo condujo hacia la salida de emergencia, donde varios agentes de seguridad estaban reuniendo a los evacuados.—¡Ocúpense de él! ¡No permitan que salga de la zona protegida hasta que llegue la policía!
UVPO. CAPÍTULO 23. Celos, balas y otras desgraciasSloan miró largo rato el pequeño dispositivo que solo parecía un botón, pero terminó alargando la mano, tomándolo y colgándoselo en el cuello, por debajo de la camisa de diseñador.—Y yo que había pensado que estaba demasiado grandecito para un botón de pánico —murmuró.—Pero solo para que lo sepas, no aplica para cuando tengas hambre. ¡Si tus dedos pueden moverse para pedir comida a domicilio, no me llames! —le advirtió ella con una sonrisa, pero para ese momento ya Sloan había descubierto que existía algo mucho peor que convivir con Alejandra Rivera: que Alejandra Rivera dejara de prestarle atención real.Había cuidado, pero ni una insinuación sobre su vida sentimental. Ni un comentario acerca de sus trajes. Ni siquiera un miserable «Superboy».Y ese fue el momento exacto en que comenzó a buscar excusas para molestarla.—Tu nuevo departamento es demasiado grande para una persona que apenas llega a dormir —carraspeó un día mirando de
UVPO. CAPÍTULO 22. AmenazasAlejandra permaneció inmóvil. Había recibido amenazas antes. Muchas. Algunas incluso bastante creativas. Pero aquella era diferente. No estaban amenazándola por algo que hubiera hecho; la estaban utilizando para intimidar a Sloan.Quizás porque la veían constantemente a su lado. Quizás porque suponían que una mujer joven era su punto débil. O porque habían interpretado mal la relación entre ambos.Fuera cual fuera el motivo, alguien la estaba siguiendo.—¿En serio? ¿Le mete la lengua hasta el esófago a la Tiffany en su despacho, y a la que amenazan es a mí? —rezongó—. ¡Definitivamente estoy en un mal cálculo de riesgo – beneficio!Amplió una de las fotografías y examinó el ángulo desde el que había sido tomada. Después revisó las fechas y comparó los lugares. No parecía obra de un aficionado. Guardó copias de los mensajes en un archivo protegido y comenzó a elaborar una relación de los incidentes por si tenía que entregarlos a la policía.Su primera reacció







