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Capítulo 4: El eco de la Giglio

Author: dannim99
last update publish date: 2026-09-22 07:00:18

📍 Florencia, Italia.

El lunes amaneció con un sol radiante que se abría paso entre la brisa fresca del río Arno. En las pantallas a la vista de los transeúntes y en el murmullo de la gente, el tema de conversación era uno solo: la gran victoria del partido de anoche. Las imágenes mostraban la foto icónica de Nikolái gritando el gol, bajo titulares desbordantes:

"El zarpazo de Kíber", "A tres puntos del liderato", "Florencia no se rinde".

En la oficina, el ambiente era una fiesta contenida entre tazas de café espresso y archivos de proyectos. Mi jefe, Stefano Di Gregorio, pasó por mi cubículo a primera hora de la mañana con una sonrisa de oreja a oreja que apenas le cabía en el rostro.

—¡Qué partido, Daria! —exclamó, apoyándose en el separador de madera de mi escritorio—. Ese gol nos devolvió la vida a todos los hinchas de este bendito club. Si jugamos con ese nivel y esa garra lo que queda de mes, el Scudetto se queda aquí, te lo firmo ahora mismo.

—Estuvo brutal, señor —admití, sonriendo para mis adentros mientras ordenaba unos papeles en mi monitor para disimular la emoción.

—Aquel muchacho ruso es una fuerza de la naturaleza. Le rompieron la camiseta y ni así lo pudieron parar —añadió el hombre antes de alejarse tarareando un cántico del club por el pasillo.

Me llevé una mano a la taza de café, sintiendo una mezcla de orgullo y un cosquilleo inevitable en el estómago. Pensar que ese delantero imponente que acaparaba las portadas de la prensa deportiva italiana había estado unas horas antes en la cocina de mi departamento comiendo gelato de pistacho y pelmeni, y dejándome un beso cerca de los labios, me parecía casi irreal. Era como vivir en dos dimensiones paralelas.

A mitad de la tarde, mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Kolya: Lucciano, nos dio la mañana libre para recuperar piernas, pero a las tres empieza la reunión de análisis táctico 🫠. El ambiente está increíble en el club. Alessio no paró de hablar de la jugada del gol en todo el desayuno.

Dasha: Me alegra mucho que estén con la energía arriba. Ahora no se confíen, que la liga se define partido a partido y el Lombardia no regala nada.

Kolya: Gracias por el consejo, entrenadora Volkova. ¿Te veo el viernes? Matteo organizó una cena en su casa antes del próximo partido. Quiere que vayas.

Me quedé mirando el mensaje durante unos segundos, con los dedos congelados sobre el teclado. La invitación me tomaba por sorpresa. Si bien ya conocía la cercanía de Kolya con sus compañeros, la idea de ingresar de forma más abierta a su círculo íntimo fuera de las cuatro paredes de mi departamento me generaba tanta curiosidad como nerviosismo.

Dasha: ¿En casa de Matteo? 😳 ¿Estás seguro?

Kolya: Él te adora y yo quiero que estés ahí. No acepto un no por respuesta, Volkova 🙂. Te paso a buscar a las siete en punto.

Más tarde me di un baño rápido y me vestí pensando en el clima cambiante de Florencia. Opté por un body blanco impecable y unos jeans holgados, junto a mis zapatillas blancas. Como sabía que la noche toscana no perdonaba con su brisa fría, sumé una chaqueta marrón como tercera prenda para abrigarme bien. Me tomé unos minutos frente al espejo para moldear mi cabello con crema de peinar, dejando que mis rizos cayeran definidos y con volumen sobre los hombros.

Me maquillé de manera natural y sencilla; no me gusta usar tanto producto en la piel, prefiero dejar que respire. Solo me apliqué lo esencial: un poco de rubor, polvo compacto, rímel y labial.

Puntual como un reloj suizo, un vehículo negro de cristales tintados se detuvo discretamente en la esquina de mi edificio. Me subí rápidamente para evitar miradas curiosas de los vecinos. Nikolái conducía con una mano en el volante, vistiendo una gorra oscura y ropa deportiva negra, típico de él. Al verme entrar, su rostro se iluminó con esa sonrisa relajada y genuina que reservaba solo para mí.

—Te ves preciosa, Dasha —dijo, recorriéndome con la mirada antes de poner el coche en marcha.

—Gracias. Tú te ves sospechosamente tranquilo —bromeé, acomodándome la chaqueta sobre las piernas.

—Cuando se gana, la semana es mucho más ligera. Además, esta noche es para disfrutar: solo buena comida y amigos.

La casa de Matteo Rossi estaba situada en una zona exclusiva en las afueras de la ciudad, protegida por altos muros y vegetación densa que garantizaba privacidad absoluta. Al cruzar el portón automático de entrada, la sensación de estar aislados del mundo exterior era reconfortante. Matteo y su esposa Anna Santoro nos recibieron con un caluroso abrazo en el vestíbulo, y en la amplia sala ya estaban conversando Alessio Carboni y Caio Silveira junto a sus parejas.

—¡Dasha! —exclamó Matteo con su energía contagiosa de siempre—. Qué alegría que vinieras. Kolya estuvo preguntando tres veces si ya estabas lista antes de salir a buscarte.

Nikolái se rascó la nuca con un leve rubor cruzándole los pómulos, mientras Alessio soltaba una risa burlona desde el sofá de cuero.

—No le hagas caso, Dasha —dijo Alessio, acercándose a saludar con un apretón de manos afectuoso—. Este tipo solo habla de esquemas tácticos en los entrenamientos... excepto cuando se trata de ir a buscarte a ti. Ahí sí se le olvida el fútbol por un rato.

Caio Silveira se acercó con esa presencia tranquila y elegante que lo caracterizaba dentro y fuera del campo.

—Bem-vinda, Dasha. Kolya nos ha contado mucho sobre ti y de cómo le salvas la vida con comida casera después de los partidos agitados.

—Es un placer conocerlos a todos —respondí, sintiendo cómo los nervios iniciales se disipaban ante la calidez con la que me recibían.

La velada fluyó con una naturalidad hermosa. Cenamos en un comedor amplio e iluminado por luces cálidas que creaban una atmósfera íntima. Entre plato y plato, las conversaciones bordearon anécdotas del vestuario, la intensidad casi maniática con la que el entrenador Angellisi analizaba las jugadas a balón parado y los viajes largos con sus respectivas selecciones. Caio aportaba una serenidad analítica al grupo, mientras que Matteo y Alessio mantenían las risas activas con bromas pesadas sobre los fallos del entrenamiento de la semana.

Me sentí integrada desde el primer minuto; nadie me trataba como a una extraña ni con la condescendencia que a veces rodeaba el entorno del fútbol. Para ellos, yo era la persona que conocía al delantero ruso antes de que se convirtiera en una figura pública.

A mitad de la noche, mientras los demás terminaban de tomar café y discutir sobre los mejores destinos para las vacaciones de verano, salí un momento al porche del jardín trasero para tomar aire fresco. La noche florentina era serena y limpia, despejada tras la breve llovizna de la tarde, dejando el olor a vegetación húmeda flotando en el ambiente.

Sentí unos pasos pesados a mis espaldas. La presencia imponente de Nikolái se acomodó a mi lado, apoyando los antebrazos sobre la barandilla de madera del porche y contemplando el jardín iluminado por faroles bajos.

—Te dije que te la ibas a pasar bien —murmuró, mirándome de reojo con una chispa de satisfacción.

—Son increíbles todos —reconocí, mirando el reflejo de las luces en la hierba—. Se nota la unión que tienen en el vestuario. No es fácil mantener esa química con tanta presión encima.

—Lo estamos. Pero tenerte a ti aquí... lo hace completamente diferente —su voz bajó de tono, volviéndose pausada, casi confidencial—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan cómodo en una reunión del equipo.

Me giré levemente hacia él, apoyando la espalda contra la madera fría de la barandilla. La luz tenue del porche enmarcaba sus facciones fuertes, suavizando la rigidez habitual de sus pómulos.

—Te ves feliz, Kíber. La victoria te quitó un peso enorme de encima.

—Esa victoria nos devolvió la vida en la cancha —asintió, dando un pequeño paso hacia mí para acortar la distancia física entre los dos—. Pero lo que pasó después de ese partido... cuando fui a tu departamento. Eso fue lo que de verdad me devolvió la calma. No he dejado de pensar en eso en toda la semana.

El aire entre nosotros dos se volvió denso al instante. El murmullo de las risas en el interior de la casa parecía desvanecerse en un segundo plano.

—Kolya... —empecé a decir, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco en el pecho.

—Te lo dije el domingo en tu cocina, Dasha —me interrumpió en un susurro grave, estirando la mano para tocar con la yema de sus dedos un mechón de cabello que el viento me había cruzado en la cara—. No quiero seguir pretendiendo que esto es solo la continuación de cuando éramos niños en Kírovsk. Te miro y ya no veo a la chica con la que caminaba por la nieve o con la que compartía las tardes. Veo a la mujer que me mantiene centrado cuando todo a mi alrededor se vuelve una locura.

Sus dedos rozaron con una delicadeza infinita mi mejilla, bajando lentamente por la línea de mi cuello. El calor que emanaba de su mano era abrumador en contraste con la brisa fresca de la noche.

—Tengo miedo, Kolya —confesé con total sinceridad, buscando la mirada intensa de sus ojos azules—. Tu vida está rodeada de cámaras, de prensa, de gente que juzga cada paso que das. La mía es tranquila. Tengo miedo de que todo ese caos termine arruinando lo que construimos durante años.

—No voy a dejar que nada ni nadie arruine esto —respondió con una convicción tan firme que no dejó espacio para la duda—. Mi trabajo es jugar al fútbol y lidiar con los medios, pero mi vida privada es otra cosa. Tú eres mi vida real, Dasha. El resto es solo ruido exterior.

Nikolái se inclinó despacio hacia mí, tomándose el tiempo para darme la oportunidad de dar un paso atrás si así lo deseaba. Pero no lo hice. Esta vez no hubo interrupciones ni distracciones. La distancia entre nuestros rostros se redujo hasta que sentí el roce tibio y pausado de sus labios contra los míos.

Fue un beso inicial lento y tímido, de dos personas que han acumulado años de complicidad sin atreverse a cruzar esa frontera. Pero rápidamente, la firmeza de sus manos rodeando mi cintura y la presión constante de su cuerpo contra el mío transformaron el momento en un beso profundo, lleno de una necesidad contenida durante demasiado tiempo. Mis manos buscaron por instinto la solapa de su chaqueta, aferrándome a él mientras el pulso me latía con fuerza en los oídos.

Cuando finalmente nos separamos apenas unos centímetros, él mantuvo su frente apoyada contra la mía. Respiraba con la misma agitación de quien acaba de completar una serie de piques en el entrenamiento, y una sonrisa ligera y transparente iluminó sus facciones.

—Te tardaste diez años en darme ese beso, Morozov —murmuré contra sus labios, soltando una risa corta para aflojar la tensión emocional.

—Valió cada maldito año, Volkova —respondió, dándome un pequeño pico adicional antes de erguirse del todo.

En el interior de la casa, la puerta de cristal del porche se deslizó suavemente. Matteo asomó la cabeza con una bandeja en las manos.

—Oigan, ustedes dos... el tiramisú se va a enfriar o Héctor se lo va a terminar comiendo todo —dijo Matteo. Pero al ver la cercanía con la que estábamos parados y la forma en que las manos de Nikolái aún descansaban sobre mi cintura, Matteo sonrió de par en par—. Ah... bueno. Veo que estaban ocupados. No dije nada. El tiramisú es mío.

—Ya vamos, Rossi —respondió Nikolái, soltando una carcajada mientras se pasaba una mano por la nuca.

Cuando tomé su mano para caminar de regreso al interior de la casa, Kolya no me soltó. Entrelazó sus dedos con los míos con total naturalidad, caminando a mi lado frente a los ojos de sus compañeros. Alessio soltó un silbido juguetón al vernos entrar agarrados de la mano, mientras Caio simplemente levantó su copa de vino en un gesto de felicitación silencioso y respetuoso. La cena continuó entre risas y una complicidad renovada que me hizo sentir que, independientemente de lo que sucediera afuera, dentro de ese círculo ya no había nada que ocultar.

Alrededor de la una de la mañana, Nikolái me llevó de regreso a mi departamento. El trayecto en el auto fue extrañamente tranquilo, marcado por el sonido suave de la radio y la mano de Kolya descansando sobre la mía en el apoyabrazos central.

Cuando detuvo el vehículo frente a mi edificio, apagó el motor y me miró en la penumbra del interior del vehículo.

—¿Quieres que suba contigo? —preguntó en voz baja, con un matiz de expectación en la mirada.

—Mañana tienes entrenamiento temprano —le recordé con una sonrisa suave, acariciando el dorso de su mano—. Necesitas dormir bien, Kíber.

Nikolái suspiró, pero asintió con una sonrisa resignada. Se inclinó sobre el asiento y me tomó de la nuca con suavidad, dándome un beso largo y cálido en los labios que hizo que las piernas me temblaran un poco antes de bajarme.

—Te llamo mañana después del entrenamiento, Dasha.

—Descansa, Kolya.

Subí las escaleras de mi edificio con el corazón latiendo a un ritmo acelerado y una sensación de ligereza en el cuerpo que no había experimentado en años. La liga seguía su curso y la presión sobre el equipo no iba a disminuir en las semanas restantes, pero al cerrar la puerta de mi hogar esa noche, supe que nuestra historia había cambiado para siempre.

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