Home / Romance / A puerta cerrada / Capítulo 21. Lo que no estoy dispuesta a perder

Share

Capítulo 21. Lo que no estoy dispuesta a perder

Author: angelis
last update publish date: 2026-11-03 23:32:25

La noticia de que Augusto Montenegro había solicitado una reunión me acompañó durante todo el viaje de regreso a la ciudad.

Adrián conducía con una mano sobre el volante y la otra entrelazada con la mía. La carretera se extendía frente a nosotros, bordeada por árboles que dejaban pasar destellos de sol.

—Estás demasiado callada —comentó.

—Estoy pensando.

—Eso suele ser peligroso.

Sonreí apenas.

—Tu padre quiere hablar sobre mi contrato.

Adrián me miró brevemente.

—Gabriel me lo comentó esta mañ
Continue to read this book for free
Scan code to download App
Locked Chapter

Latest chapter

  • A puerta cerrada   Capítulo 40. El testigo de Elena

    La primera noche en nuestra nueva casa no dormimos allí.No teníamos cama, ni cortinas, ni siquiera una mesa donde apoyar las tazas de café. Sin embargo, Adrián insistió en que debíamos quedarnos un rato más.—Podemos pedir comida —propuso, sentado en el suelo de la sala.Lo miré desde la ventana.—¿Y dónde vamos a comer?Señaló el espacio junto a él.—Tenemos un suelo perfectamente funcional.Solté una carcajada.—Eres un hombre acostumbrado a los lujos.—Estoy descubriendo placeres sencillos.Me senté a su lado y apoyé la cabeza sobre su hombro.Durante unos minutos contemplamos la habitación vacía. La luz del atardecer entraba por los ventanales y dibujaba sombras sobre las paredes.Quise disfrutar de aquel momento sin pensar en nada más.Pero Adrián tenía el teléfono entre las manos.—Estás esperando noticias de Laura —comenté.Asintió.—No dejo de pensar en lo que dijo Esteban.—Todavía no sabemos qué ocurrió.—Precisamente por eso quiero escucharlo.Me incorporé para mirarlo.—P

  • A puerta cerrada   Capítulo 39. El precio del silencio

    Adrián llamó a Gabriel tres veces antes de que su hermano respondiera.Yo permanecía junto a la ventana, observando las cajas que habíamos dejado a medio llenar. Hacía apenas unos minutos estábamos discutiendo sobre qué muebles llevaríamos a nuestra nueva casa. Ahora, una anotación escrita hacía más de diez años había cambiado por completo el ambiente.—Gabriel, necesito que vengas —dijo Adrián—. Clara encontró información sobre Esteban Vargas.3€3€3eeee€Escuchó la respuesta de su hermano y frunció el ceño.—No, no sabemos dónde está. Pero parece que intentó contactar con mamá después de abandonar la obra.Hubo una pausa.—De acuerdo. Te esperamos.Cuando colgó, me miró.—Viene para acá.Asentí, aunque una parte de mí deseaba que aquella conversación pudiera esperar hasta el día siguiente.Adrián se acercó y me acarició la mejilla.—Estás cansada.—Un poco.—Podemos hablar de esto mañana.Negué.—No quiero que sigamos aplazando las cosas importantes.Me observó durante unos segundos.

  • A puerta cerrada   Capítulo 38. El hombre que desapareció

    La primera caja que compramos terminó llena de cosas que Adrián insistía en que debíamos conservar y yo estaba convencida de que podíamos tirar.—¿De verdad necesitas esto? —pregunté, levantando una taza con el asa rota.Adrián la examinó con absoluta seriedad.—Tiene valor sentimental.—¿Qué recuerdo representa?—La primera vez que preparaste café para mí.Lo miré, sorprendida.—¿Guardaste una taza rota durante meses?—La rompí intentando lavarla aquella mañana.Solté una carcajada.—¿Y por qué nunca me lo dijiste?—Porque estabas enfadada conmigo por llegar tarde.Recordé aquella mañana y terminé riéndome todavía más.—Eres imposible.Adrián me quitó suavemente la taza de las manos.—La guardaremos.—Una sola caja para tus recuerdos absurdos.—Necesitaré tres.Le lancé un cojín.Lo atrapó antes de acercarse y besarme.Durante unos segundos olvidé las cajas, los contratos y las preocupaciones. Me gustaba aquella versión de nosotros: dos personas discutiendo por objetos sin importanci

  • A puerta cerrada   Capítulo 37. La firma que faltaba

    El día que Ricardo Salvatierra retiró oficialmente su acusación contra mí, no sentí la felicidad que había imaginado.Sentí rabia.Estaba sentada frente a Laura cuando me entregó el documento firmado. Lo leí dos veces, deteniéndome en las palabras que durante meses había esperado encontrar.La parte representada deja sin efecto las imputaciones formuladas contra la arquitecta Valentina Ríos, al no contar con elementos suficientes para sostenerlas.—¿Eso es todo? —pregunté.Laura me observó por encima de sus gafas.—Es la retractación que negociamos. También incluye el compromiso de comunicarla a los destinatarios de la acusación original.—No dice que se equivocó.—No. Y tampoco reconoce quién utilizó tu firma. Eso sigue siendo un asunto distinto.Dejé el papel sobre el escritorio.—Me acusó de falsificar documentos. Hizo que algunos clientes dejaran de responder mis llamadas. Me obligó a contratar una abogada para defender algo que nunca hice. Y ahora simplemente dice que no tiene pr

  • A puerta cerrada   Capítulo 36. Antes de dar el siguiente paso

    El lunes descubrí que enamorarse de un hombre millonario podía complicar algo tan sencillo como alquilar una casa.—Adrián, no podemos ofrecer seis meses de alquiler por adelantado —dije, mirando la propuesta que acababa de enviarme.Su respuesta llegó inmediatamente.¿Por qué no?Cerré los ojos.Porque estamos negociando un alquiler, no comprando una empresa.El teléfono comenzó a sonar.—Buenos días, amor —saludó con una voz demasiado inocente.—No intentes distraerme.Lo escuché reír.—Solo quería facilitar el proceso.—La agente todavía no nos ha dicho si aceptan nuestra solicitud.—Precisamente. Podemos mejorar la oferta.Me apoyé contra el escritorio.—Adrián, quiero que hagamos esto como una pareja normal.Hubo un silencio.—Valentina, somos una pareja normal.—Tienes un automóvil que cuesta más que mi apartamento.—Eso no afecta mis sentimientos.No pude evitar reírme.—Eres desesperante.—Y tú quieres vivir conmigo.Aquella frase me hizo sonreír.—Todavía puedo arrepentirme.

  • A puerta cerrada   Capítulo 35. Una casa para dos

    La primera discusión sobre nuestra futura convivencia ocurrió un domingo, frente a una fotografía de una cocina.—No —dije.Adrián levantó la mirada de su computadora.—¿Ni siquiera vas a considerarla?—Tiene tres hornos.—Dos hornos y uno de vapor.Lo observé.—Adrián, apenas sabemos preparar pasta sin quemarla. ¿Para qué necesitamos tres hornos?Él examinó nuevamente la fotografía.—Admito que tienes un argumento.Solté una carcajada y me acomodé a su lado en el sofá.Llevábamos casi una hora viendo apartamentos y casas. Habíamos comenzado por curiosidad, sin intención de tomar una decisión inmediata, pero Adrián ya había abierto una carpeta con propiedades que parecían diseñadas para familias de ocho personas.—Creo que estamos buscando cosas diferentes —comenté.Cerró la computadora.—Entonces dime qué imaginas.Me quedé pensando.—Un lugar con mucha luz natural, una cocina donde podamos desayunar juntos y una habitación que pueda utilizar como estudio cuando trabaje desde casa.—

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status