—No lo hagas, papi. No sigas así, vas a matarme...
En el baño, mi padrastro me rasgó la falda...
***
Desde que entré a la universidad, mi cara hermosa, mi busto generoso y mis piernas largas atrajeron a muchos chicos. Pero no me atrevía a salir con ninguno porque todavía no tenía experiencia con hombres y padecía una enfermedad muy vergonzosa.
Adicción al sexo.
Desde la pubertad, aquella enfermedad no dejaba de atormentarme. Me provocaba una comezón insoportable allá abajo y hacía que me mojara muchísimo.
Aunque siempre llevaba dos calzones de repuesto en el bolso, mi intenso deseo sexual hacía que la ropa interior se me empapara con frecuencia.
Por eso, cuando ya no podía soportarlo, solo me quedaba darme placer para calmar ese impulso. Pero esa noche, mientras me tocaba en el baño... Mi padrastro, que acababa de volver del trabajo, abrió la puerta sin avisar.
—Ángela... estás...
Cuando mi padrastro, corpulento y vestido de traje, me vio por primera vez en una situación tan indecente...
Se quedó paralizado.
Yo me asusté tanto que grité.
—¡Papá! ¿Pero... cómo entraste?
La vergüenza me hizo retirar inmediatamente los dedos mojados de mi intimidad. Él, en cambio, se quedó tragando saliva.
—No... no es lo que parece...
Al notar la intensidad de su mirada, intenté dar explicaciones, muerta de vergüenza. Me retorcía de inquietud. Ni siquiera sabía qué cubrirme con la mano que acababa de retirar.
Por suerte, no preguntó nada. Solo respiró hondo, incómodo, y cerró la puerta.
—Perdóname, Ángela. No sabía que estabas adentro. Yo... ya me voy.
Salió a toda prisa.
Pero mi cara estaba más roja que antes porque hacía unos segundos...
Vi con claridad cómo había reaccionado su cuerpo. Aunque aquello me dio muchísima vergüenza, me excitó más de lo normal... Tanto que, sin que pudiera evitarlo, brotaron de entre mis piernas fluidos mucho más espesos y de olor más fuerte que de costumbre...
No entendía qué me ocurría. La imagen de su mirada ardiente no se me iba de la cabeza; temblaba de emoción.
Junté las piernas, pero no sirvió de nada. Solo pude volver a meterme los dedos y acariciarme lentamente.
Ay...
Qué rico...
Qué emocionante...
Pensaba en el cuerpo robusto de mi padrastro. Me entregué al festín de placer. Era como si ya no fuera yo quien se acariciaba.
Como si el enorme miembro de mi padrastro estuviera dentro de mí... Esa fantasía tabú me estremeció. Sabía que no debía pensar en eso, pero no podía contenerme.
—Oh... papi... papi...
Jadeaba y seguía acariciándome. Hasta sentí contracciones tan fuertes que me provocaron espasmos.
Pero cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, levanté la mirada y descubrí la alta silueta de mi padrastro al otro lado de la puerta de vidrio del baño. No sabía desde cuándo estaba ahí.
¿Se había quedado al otro lado de la puerta todo ese tiempo, escuchando mis gemidos...?
La idea volvió a excitarme. Hasta mis fluidos se volvieron más espesos...
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