LOGINLa cena final con Marcus Reed se sintió como el último acto de una obra cuyo final ninguno de ellos había escrito.Sophia se movió a lo largo de la noche en un estado de conciencia elevada, cada terminación nerviosa viva. El vestido negro que Victor había elegido se pegaba a su cuerpo como una segunda piel: elegante a distancia, pero lo bastante corto para que al inclinarse se revelara la curva de su culo y la ausencia de cualquier cosa debajo. Un delgado choker ocultaba su collar. El maquillaje cubría la mayoría de las marcas, pero ella todavía podía sentirlas, un mapa secreto de manos y bocas escrito sobre su piel.Marcus llegó con dos clientes importantes: hombres de traje afilado que hablaban de mercados y adquisiciones como si comentaran el tiempo. Saludaron a Victor como viejos aliados, estrecharon la mano de Damien con respeto y, cuando sus ojos se posaron en Sophia sirviendo bebidas, se demoraron. No con rudeza. Solo… con curiosidad.La mano de Victor rozó la parte baja de su
Los días posteriores a aquella cena con Marcus se sintieron como caminar a través de la niebla. Sophia cumplía con los movimientos: abrillantaba la plata hasta que brillaba, doblaba la ropa de cama que todavía llevaba el leve olor a detergente, respondía a las preguntas de Elena con sonrisas cuidadosas… pero su mente estaba en otra parte. Cada pasillo le recordaba los toques robados. Cada momento de silencio le hacía preguntarse cuánto tiempo más podrían mantener esto oculto antes de que algo se rompiera.Victor se había vuelto más callado, más atento. La atraía a su oficina durante el día con el pretexto del trabajo, solo para sentarla en su regazo y hablar. Hablar de verdad. Sobre su vida antes de Blackthorn, sobre la madre a la que apenas veía, sobre el miedo que todavía vivía en su pecho de que un solo movimiento en falso lo hiciera todo derrumbarse. Su mano descansaba en su muslo todo el tiempo, pesada y cálida, pero no empujaba por más. No entonces.Damien era lo contrario. Busc
Sophia apenas logró atravesar la mañana sin dejar caer algo. Elena le había lanzado una mirada extraña cuando se sobresaltó ante el portazo de una puerta, y los ojos de la mujer mayor se habían demorado un segundo de más en el moretón tenue que asomaba por encima del cuello de Sophia. Ella lo disimuló como torpeza, pero el susto le dejó los nervios en carne viva.Para finales de la tarde, la tensión solo había crecido. Victor había estado en reuniones la mayor parte del día, pero Damien no dejaba de encontrar excusas para rozarla al pasar: una mano en su cintura en el pasillo, un susurro de «ten cuidado esta noche» que sonaba más a advertencia que a consuelo.La nota que apareció en su habitación esta vez era sencilla: *Estudio principal. 9:30. Puerta sin llave.*Llegó temprano, el corazón ya latiéndole con fuerza. El estudio estaba en penumbra, iluminado solo por una sola lámpara sobre el escritorio. Victor ya estaba allí, sirviendo dos vasos de whisky. Damien llegó momentos después,
Sophia se despertó sola a la mañana siguiente, las sábanas enredadas alrededor de sus piernas y el leve aroma de ambos hombres aún aferrado a su piel. Tocó la marca fresca de la mordida en su hombro y sintió una extraña mezcla de calidez e inquietud asentarse en su pecho. La noche anterior no se había sentido como solo otra sesión. Se había sentido como algo que se abría — confesiones susurradas entre embestidas, manos que se demoraban demasiado después, ojos que sostenían los suyos un poco demasiado firmes.Pasó el día nerviosa, esperando que cayera el otro zapato. Cuando por fin llegó la noche y la casa se vació, encontró otra nota debajo de su puerta. Esta vez la letra era de Damien: *Sala de juegos. No traigas nada más que a ti misma.*Las luces del sótano ya estaban atenuadas cuando llegó. Victor y Damien la esperaban, pero la energía en la habitación se sentía diferente esa noche: cargada, casi inquieta.Victor levantó una elegante caja negra. «Nuevas adiciones», dijo simplement
Sophia se quedó bajo el chorro caliente de la ducha la noche siguiente, dejando que el agua golpeara sus hombros. La cena con Marcus la había dejado alterada de formas que no había esperado. No por las bromas ni por las manos errantes debajo de la mesa —se había acostumbrado vergonzosamente a eso—. Era la forma en que Victor la había mirado después. Protectora. Casi… tierna. Como si ella no fuera solo un juguete para pasar de uno a otro por diversión.Se secó despacio, el collar todavía ceñido alrededor de su garganta, y se puso un simple camisón de seda. Su cuerpo aún llevaba las marcas tenues de la sala de juegos, pero su mente era más ruidosa que cualquier dolor entre sus piernas.El golpe en su puerta llegó antes de lo que esperaba.Damien no esperó una invitación. Entró, mandíbula tensa, ojos tormentosos. «Me has estado evitando todo el día».«No estaba—» empezó ella, pero él ya estaba acortando la distancia, empujándola contra el tocador.«No me mientas, criada». Su voz tenía es
Las manos de Sophia no dejaban de temblar mientras ajustaba la cubertería por tercera vez. El comedor principal brillaba bajo la suave luz de la lámpara de araña; la larga mesa de caoba estaba puesta para cuatro. Victor había elegido su ropa él mismo: un vestido de criada negro ajustado que abrazaba sus curvas un poco demasiado bien, el dobladillo más corto de lo reglamentario, y nada debajo. Cada movimiento le recordaba su propia desnudez bajo la tela.Marcus Reed debía llegar en cualquier momento. Un afilado e influyente asociado de negocios de Victor: el tipo de hombre que se movía en los mismos círculos despiadados y esperaba la perfección.Victor apareció detrás de ella, su gran mano posándose en la parte baja de su espalda.—Pareces nerviosa.—Lo estoy —admitió ella, la voz apenas por encima de un susurro—. ¿Y si ve… y si se da cuenta?—Entonces sabrá que perteneces a esta casa. —Los dedos de Victor trazaron ligeramente su columna—. Y estará celoso.Damien entró con una camisa n







