Masuk—Te amé con todo lo que tenía… ¿y aun así elegiste a mi propia hermanastra? —la voz de Vionne Wallace temblaba de dolor. La respuesta de su esposo fue una risa fría. —Firma el divorcio. Nora es la mujer que amo. Tú ni siquiera pudiste darme un hijo. En un solo día, Vionne lo pierde todo. Su esposo la abandona por su hermanastra, su padre la deshereda y la familia por la que sacrificó todo la desecha sin piedad. Con el corazón destrozado, Vionne ahoga su dolor en alcohol y despierta en los brazos de un multimillonario peligrosamente atractivo después de una noche impulsiva que apenas recuerda. Nunca espera volver a verlo. Hasta que él aparece en la mansión de su padre. Darien Callahan. Poderoso. Intocable. El mejor amigo de su padre. El hombre que nadie puede controlar. Cuando su exmarido y su hermanastra intentan humillarla otra vez, Darien hace lo impensable: la reclama como suya. Lo que comienza como una alianza de venganza pronto se convierte en una atracción imposible de ignorar. Bajo su fachada fría, Darien esconde a un hombre dispuesto a proteger a Vionne a cualquier precio. Y mientras ella reconstruye su vida, descubre una fuerza que jamás supo que tenía. Y esta vez, Vionne no piensa volver a ser la mujer que todos la pisotearon. Pero la venganza tiene un precio. Secretos enterrados durante años salen a la luz, viejos enemigos regresan y Vionne descubre que Darien también guarda una verdad capaz de destruirlo todo. ¿Podrá su amor sobrevivir a las mentiras que los separan? ¿O su exmarido comprenderá demasiado tarde que la mujer que desechó se ha convertido en la única que jamás podrá recuperar? Porque el karma no siempre llama a la puerta. A veces… se casa con el mejor amigo de tu padre.
Lihat lebih banyakPunto de vista de Vionne
Permanecía de pie al borde de nuestra habitación, con los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho, mientras lo observaba. Mi corazón latía con fuerza, pero ya no como antes cuando lo miraba. Ya no había amor, ni calidez, ni esperanza. Aquellos latidos eran pesados. Fríos. Como si cada uno intentara expulsar el dolor que llevaba dentro. Harrison Worthington. El hombre con el que alguna vez imaginé pasar el resto de mi vida. El mismo hombre que ahora cerraba su maleta como si no pudiera esperar un segundo más para marcharse. Mi esposo. Mi futuro exesposo. Ni siquiera sentía que estuviera dentro de mi propio cuerpo. Era como si contemplara aquella escena desde fuera, como si estuviera viendo una película en la que la vida de otra persona se desmoronaba. Pero el dolor que me oprimía el pecho me recordaba que aquella tragedia era mía. Cada maldito segundo. No dijo una sola palabra mientras doblaba cuidadosamente su ropa y la acomodaba dentro de la maleta. Cada movimiento era tranquilo, preciso y calculado. No había el menor rastro de arrepentimiento ni de vacilación. Solo un silencio frío y cortante. El aire entre nosotros era asfixiante. —Te amé con todo lo que tenía —dije con la voz cargada de amargura. Me temblaba por el enorme esfuerzo que hacía para no derrumbarme. Apenas reconocía mi propia voz. Sonaba quebrada... rota... agotada—. Pero me traicionaste. Me engañaste... ¿con ella? ¿Con Nora? No pretendía pronunciar su nombre con tanto desprecio, pero me resultó imposible evitarlo. Mi hermanastra. La mujer con la que compartí cumpleaños y cenas de Navidad. La misma que estuvo a mi lado el día de mi boda, levantando una copa para brindar por nuestro amor. Y ahora... Era la razón por la que mi matrimonio estaba terminando. Él siguió sin mirarme. Sus manos continuaban moviéndose como si fueran las de una máquina, doblando una camisa tras otra y colocándolas en la maleta con absoluta precisión. Como si mi mundo no se estuviera haciendo pedazos a apenas unos pasos de él. —Deberías firmar los papeles, Lena —dijo por fin. Su voz era fría. Vacía. —Los dejé sobre la cama. Dirigí la mirada hacia el sobre color manila que descansaba sobre la cama perfectamente tendida. Ni siquiera había reparado en él antes. Las palabras ACUERDO DE DIVORCIO destacaban sobre la portada como una sentencia de muerte. —Ya tomé mi decisión —añadió mientras acomodaba el cuello de una camisa antes de guardarla—. La mujer que quiero es Nora. Ella me hace sentir vivo otra vez. Sus palabras me golpearon con mucha más fuerza de la que esperaba. Fue como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Las piernas me flaquearon y tuve que sujetarme al borde de la cómoda para no caer. La había elegido a ella. No a mí. No a la mujer a la que juró amar y proteger. Sentí un nudo en la garganta. La vista comenzó a nublarse, pero me negué a llorar delante de él. No iba a darle esa satisfacción. —¿Estás enamorado de mi hermanastra? —susurré. Las palabras tenían el sabor amargo de las cenizas. Entonces, por fin, levantó la vista. Y lo que vi en sus ojos me heló la sangre. Nada. Ni tristeza. Ni culpa. Ni siquiera rabia. Solo vacío. —Sí —respondió, parpadeando lentamente—. La amo. El aire dejó de entrar en mis pulmones. Sentía el pecho completamente oprimido. Pero no retrocedí. —Me das asco —dije entre dientes—. Te entregué mi corazón. Mi cuerpo. Mi futuro. ¿Y así es como me lo agradeces? Ni siquiera se inmutó. —Hace mucho tiempo que dejaste de ser una esposa, Lena. Ahí fue cuando todo terminó de romperse. —Eres increíble —susurré—. ¿De verdad crees que dejé de ser una esposa porque no pude darte un hijo? Inclinó ligeramente la cabeza, como si mis palabras no significaran absolutamente nada. Como si yo estuviera montando un drama sin motivo. —Eres estéril, Lena —dijo con total frialdad. Su voz ni siquiera sonó agresiva. Solo era una verdad cruel pronunciada sin emoción. —Lo intentamos durante tres años. Y no pasó nada. Nora me da esperanza. Quiere formar una familia. Ella sí puede dármela. Estéril. Aquella palabra resonó en mis oídos como un grito. Quise romper algo. Destrozar cada fotografía. Cada recuerdo que habíamos construido juntos. Pero permanecí inmóvil, sostenida únicamente por el último pedazo de orgullo que aún me quedaba. —¿Crees que yo elegí esto? —pregunté en un susurro—. ¿Crees que quería pasar por interminables pruebas médicas, soportar tratamientos hormonales o sentarme en frías habitaciones de hospital mientras me repetían una y otra vez que el problema era yo? Nada. Ni un atisbo de arrepentimiento. Ni un gesto de compasión. —No necesitas explicarte —dijo con indiferencia—. Esto se acabó. Yo ya seguí adelante. Di un paso atrás, temblando, como si poner distancia entre nosotros pudiera aliviar un poco el dolor. —Ojalá ella te destruya —dije con la voz quebrada, pero sincera—. Ojalá te haga pedazos igual que tú me hiciste a mí. Su mandíbula se tensó apenas un instante. Fue la única emoción que logré arrancarle. —Me engañaste con la única persona que sabías que podía hacerme más daño —continué—. No solo acabaste con nuestro matrimonio... lo destrozaste. Lo pisoteaste. —Tú misma destruiste tu vida cuando dejaste de luchar —replicó con brusquedad—. Yo necesitaba a alguien. Nora estaba allí. Ella me escucha. Se preocupa por mí. No me hace sentir como si me estuviera ahogando todos los días. Fue entonces cuando mi mano se levantó sola. La bofetada resonó con fuerza en el silencio de la habitación. La palma me ardió por el golpe. Pero no me importó. Se lo merecía. Cada segundo de aquel golpe. Él no respondió. Ni siquiera hizo el intento de defenderse. Solo me observó con aquellos ojos vacíos. —Lárgate —dije con la voz ahogada—. Ahora mismo. —Con mucho gusto. Cerró la maleta de un solo movimiento, la levantó de la cama y añadió: —Envía los papeles firmados a mi abogado. Y, así de simple... Se fue. No hubo últimas palabras. Ni una última mirada. La puerta se cerró tras él. Y el silencio que quedó después se sintió como la muerte. Caí de rodillas sobre el suelo, incapaz de soportar el peso de todo lo que acababa de ocurrir. Me abracé con fuerza, intentando mantener unidos los pedazos de mí que aún quedaban. Pero era inútil. Estaba completamente destrozada. La habitación todavía olía a él. A su colonia. A su loción para después del afeitado. Al olor de la traición. Permanecí allí durante horas, sin poder moverme. Mis ojos estaban secos, pero mi corazón lloraba mucho más fuerte que cualquier lágrima. Miraba al vacío mientras mi mente revivía una y otra vez todos los momentos felices que habíamos compartido. Ahora todos estaban manchados. Finalmente, mi mirada se posó sobre la fotografía de nuestra boda que descansaba en la mesita de noche. La tomé con manos temblorosas. Nos veíamos tan felices. Tan enamorados. Su sonrisa era amplia. Sus ojos rebosaban calidez. Recuerdo haber pensado que me miraba como si yo fuera todo su mundo. Ahora sabía que todo había sido una mentira. Permanecí contemplando aquella fotografía hasta que las lágrimas la volvieron borrosa. Entonces, sin pensarlo... La lancé con todas mis fuerzas al otro lado de la habitación.VIONNE’S POV…SEMANAS DESPUÉS…Me senté en mi pequeña cama, en mi pequeño espacio. Un sueño sobre él había hecho que me despertara con una sonrisa enorme.Digo “pequeño espacio” porque me había conseguido este diminuto apartamento después de que mi padre se quedara con la casa en la que vivía.No podía quedarme con Maddie. Ella me recibió, sí, pero su novio también vivía allí. Y yo no estaba de acuerdo con eso.Durante estas últimas semanas, lloraba hasta quedarme dormida todos los días, sabiendo que lo había perdido todo.Familia.Casas.Ropa bonita.Joyas.Mi trabajo.Dinero para Nora.Cualquier cosa buena que puedas imaginar.Todo.Se había ido.El pijama de PJ Mask que llevaba puesto ahora y las pocas prendas que me quedaban las había comprado durante mi última salida de compras.Intenté encontrar trabajo, pero ninguna empresa quería contratarme.Sé que mi familia tuvo algo que ver con eso.Era obvio que mi padre había olvidado que yo solía ser la columna vertebral de todas sus em
Punto de vista de VionneUn mes.Eso era lo que había pasado desde que Harrison se marchó y yo firmé los papeles del divorcio. Un mes entero intentando volver a respirar con normalidad.Cada mañana hacía un esfuerzo por levantarme y fingir que estaba bien. Me repetía que no lo necesitaba. Que no merecía ni una sola de mis lágrimas.Incluso pasé una noche de locura con un desconocido. Ya ni siquiera recordaba su nombre, y tampoco me importaba. Solo quería olvidar. Quería sentir otras manos sobre mi cuerpo, otros labios sobre mi piel. Pensé que, quizá, solo quizá, eso borraría el recuerdo del tacto de Harrison. Funcionó... por un momento.Y jamás imaginé que las cosas pudieran empeorar.Era un lluvioso martes. Uno de esos días en los que hasta los huesos parecen pesar más de lo normal. Estaba acurrucada en el sofá, con las rodillas pegadas al pecho, sosteniendo una taza de té que ya se había quedado tibio. Había perdido todo su calor, igual que todo lo demás en mi vida. Intentaba concen
Punto de vista de VionneEl trayecto en el ascensor hasta la habitación de su hotel transcurrió en silencio, envuelto en una tensión que me oprimía el pecho y aceleraba los latidos de mi corazón. Podía sentir su mirada sobre mí mientras ascendíamos piso tras piso. No me tocó en ningún momento, pero su sola presencia llenaba el reducido espacio como el humo: intensa, cálida y peligrosa.Su habitación estaba en el duodécimo piso. Era impecable, con una iluminación tenue y una gran cama ocupando el centro de la estancia como una promesa silenciosa. Cerró la puerta tras nosotros, y el sonido de la cerradura al encajar hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.Me giré.Él ya estaba frente a mí.Y volví a besarlo.Fue un beso desesperado, ardiente. Nuestras bocas se encontraron con la urgencia de quienes habían esperado demasiado tiempo. Sus manos se deslizaron hasta mi cintura para atraerme hacia él, sujetándome con firmeza, como si no quisiera soltarme. Mis dedos buscaron la nuca de
Punto de vista de VionneDespués de firmar aquellos papeles...Pensé que sentiría algún tipo de alivio, alguna sensación de libertad por haber dejado ir finalmente a Harrison. Pero no sentí nada. Solo ese peso insoportable sobre el pecho, oprimiéndome los pulmones y dificultándome cada respiración.Ya habían pasado las ocho de la noche cuando por fin tomé el teléfono. El nombre de Maddie aparecía al principio de mi lista de llamadas recientes.Pulsé el botón para llamarla.Respondió de inmediato.—¿Vionne?En cuanto escuché su voz, el muro que había levantado dentro de mí volvió a derrumbarse.—Se fue —susurré mientras me sentaba al borde de la cama—. De verdad se fue.—Ay, cariño...La oí moverse al otro lado de la línea, como si se hubiera incorporado de golpe o estuviera buscando las llaves del coche.—Cuéntamelo todo.Y eso hice.Le conté todo. Desde el momento en que Harrison dejó el sobre sobre la cama, la fotografía, el parque... hasta la firma de los papeles del divorcio. Inte


















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