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CAPÍTULO 3: EL JUEGO DE LAS APARIENCIAS

ผู้เขียน: EJPB
last update วันที่เผยแพร่: 2026-08-14 22:17:26

El trayecto hacia el exclusivo restaurante del centro financiero se desarrolló en un silencio asfixiante. Manuel permanecía rígido a mi lado en el asiento de cuero. Aunque no me miraba de forma directa, la tensión que desprendía su cuerpo delataba que mi vestido rojo carmesí seguía ejerciendo su sutil efecto desestabilizador. Cada vez que el vehículo tomaba una curva pronunciada y el roce accidental de nuestras prendas amenazaba con romper la regla, Manuel ajustaba su postura con una disciplina de hierro. A mis veinticuatro años, ver que el implacable presidente del Fondo Alvarado se esforzaba tanto por mantener la distancia en la intimidad del auto me daba una deliciosa sensación de poder.

Cuando el chofer abrió la puerta frente a la alfombra roja del establecimiento. Una marea de fotógrafos de la prensa de negocios y sociedad nos rodeó al instante. La noticia del matrimonio exprés entre el lobo de las finanzas y la única heredera de la dinastía de Hoteles Medina seguía siendo el chisme principal de la élite.

Manuel bajó primero. Se acomodó el saco del traje azul y girándose hacia mí, me extendió su mano. Recordé la regla número cuatro de nuestro pacto privado: cero besos, cero intimidad, a menos que un evento público lo exija de manera obligatoria para mantener las apariencias. El contacto con la dureza de sus músculos me provocó una pequeña descarga eléctrica que ignoré de inmediato, esbozando mi sonrisa más radiante ante las cámaras.

—Sonríe, esposa —me susurró Manuel al oído, inclinandose lo suficiente para sentir aliento cálido—. Tu vestido rojo ya ha captado la atención de tres reporteros. Asegúrate de que tu comportamiento esté a la altura del apellido que ahora llevas.

—Cuidado, Alvarado —le respondí en el mismo tono bajo, sin perder la línea de mi sonrisa perfecta frente a los flashes—. Si me aprietas la cintura más de lo necesario, consideraré que estás buscando una excusa para perder todas tu fortuna. Mantén tu papel de socio.

Cruzamos las puertas de cristal del restaurante. El ambiente estaba impregnado del aroma a tabaco caro, licores de alta gama y murmullos corporativos de baja frecuencia. En cuanto entramos, las conversaciones cesaron. Las miradas de los hombres de negocios se clavaron en mí, evaluando el corte atrevido de mi vestido y la profunda abertura lateral que revelaba mi pierna izquierda a cada paso. Manuel lo notó de inmediato; sentí cómo la musculatura de su brazo se tensaba bajo mis dedos en un claro gesto de posesividad territorial.

Antes de que pudiéramos acercarnos a la mesa principal, una mujer de una elegancia fría y felina se interpuso en nuestro camino. Era Carol Sterling. Vestía un sobrio traje blanco que contrastaba de manera violenta con mi encendido carmesí. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de condescendencia y un odio mal disimulado.

—Manuel, querido, por fin llegas —dijo Carol, ignorando por completo mi presencia y depositando un beso casto en la mejilla de mi esposo—. Los miembros del consejo internacional de la aerolínea están impacientes por revisar los términos finales de la fusión. Pensábamos que la puntualidad seguía siendo tu mayor virtud corporativa.

—Hubo contratiempos menores, Carol —respondió Manuel con su habitual voz neutra y profesional, sin apartar su brazo del mío—. Te presento formalmente a mi esposa, Johana Medina de Alvarado. Creo que no habías tenido la oportunidad de conocerla en persona.

Carol se giró hacia mí, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Sostuvo su copa de champán con delicadeza, entornando la mirada.

—Un placer, Johana—. Debo admitir que tu vestido es sumamente... llamativo para una cena de este calibre. Supongo que en la facultad de arte las etiquetas de protocolo corporativo son más flexibles. Es una lástima que los Hoteles Medina necesiten una imagen tan formal en este momento de crisis financiera. Manuel siempre ha preferido la discreción en sus mujeres y en sus negocios.

Di un paso al frente, reduciendo la distancia con Carol hasta que mi seda roja casi rozó su sastre blanco, manteniendo la barbilla en alto.

—El protocolo corporativo es fácil de aprender, Carol, pero el buen gusto y el impacto visual son cosas con las que se nace —le respondí, manteniendo un tono de voz pausado, claro y letal—. Mi padre, Edgar Medina, diseñó cada suite de nuestros hoteles pensando en mujeres que captan la atención de toda una sala con solo entrar, no en adornos aburridos que se confunden con las paredes de mármol. Respecto a los sacrificios... Manuel es un hombre que sabe perfectamente cuándo invertir en un imperio real. Si tienes alguna duda sobre la solidez de nuestra unión, te invito a revisar los registros del juzgado. Ahora, si nos disculpas, mi esposo y yo debemos atender a los verdaderos inversionistas.

Vi cómo la mandíbula de Carol se contraía por la furia contenida al ser rebajada públicamente. Me giré hacia Manuel, apoyando mi mano con delicadeza sobre su pecho, justo encima de su corbata, un gesto sumamente íntimo que descolocó por completo a su ex-novia. Manuel me miró con una chispa de admiración brillando en el fondo de sus ojos. No esperaba que tuvieras garras tan afiladas.

—Johana tiene razón, Carol. Debemos saludar al consejo —añadió Manuel, cerrando la discusión con una frialdad definitiva que terminó de sepultar el orgullo de Sterling.

La cena transcurrió bajo una intensa coreografía de apariencias. Sentada al lado de Manuel en la mesa presidencial, tuve que soportar sus sutiles muestras de atención pública: cómo me servía el vino, cómo apoyaba su mano derecha sobre el respaldo de mi silla rozando los tirantes delgados de mi vestido, y cómo me miraba fijamente cada vez que un director de la junta intentaba entablar una conversación demasiado amigable conmigo. Era una guerra psicológica silenciosa. Cada roce de su mano contra la seda roja de mi espalda expuesta enviaba ondas de calor que me costaba asimilar, pero ambos recordábamos el precio de la debilidad: el dinero o el imperio.

Cerca de la medianoche, cuando los contratos preliminares de la fusión fueron firmados y el éxito del evento estaba asegurado, los flashes de los periodistas acreditados dentro del salón se intensificaron para la foto oficial de la nueva sociedad de mercado. Carol Sterling se colocó estratégicamente al otro lado de Manuel, murmurando algo a un reportero gráfico de la sección de negocios.

—La prensa necesita una confirmación visual de que el Fondo Alvarado no está financiando un matrimonio falso para inflar las acciones, Manuel —dijo Carol en voz alta, captando la atención de los directores cercanos—. Un simple apretón de manos no disipará los rumores que ya corren por la ciudad sobre el fideicomiso de los Medina.

Los fotógrafos, apuntando sus lentes directamente hacia nosotros. El consejo internacional observaba con atención flotante. Sabía perfectamente lo que Carol intentaba hacer: quería ponernos en evidencia, forzar una situación incómoda para ver si flaqueábamos o si demostrábamos la frialdad de dos extraños bajo el lente de la prensa.

Manuel guardó silencio por un segundo, evaluando la situación con la rapidez mental de un tiburón financiero. Se giró hacia mí despacio. Su rostro no mostraba dudas, pero en sus ojos vi el estallido latente de una determinación peligrosa. Rompiendo de golpe la distancia física, me tomó firmemente de la cintura con ambas manos, atrayendo mi cuerpo con brusquedad contra su pecho duro. La abertura de mi vestido rojo se deslizó, dejando mi pierna expuesta contra su pantalón de esmoquin.

—Regla número cuatro, Johana —susurró Manuel contra mis labios, con una voz que arrastraba un deseo contenido—. Solo por el bien de nuestra fachada corporativa.

Antes de que pudiera formular una sola palabra de protesta o recordar el valor de mi fideicomiso, Manuel bajó el rostro y selló sus labios contra los míos. Esperaba un beso casto, fingido y protocolar para salir del paso ante los directores, pero Manuel ignoró por completo la moderación. Su beso fue profundo, caliente, devorador, cargado de una posesividad oscura que me robó el aire en un instante. Sus dedos se clavaron en mis caderas a través de la seda roja, inmovilizándome contra la dureza de su cuerpo mientras los flashes de las cámaras estallaban a nuestro alrededor en una coreografía deslumbrante de luces. Mi mente me ordenaba apartarlo y recordarle la cláusula de la fortuna, pero mi cuerpo traicionó por completo mi razón; mis manos subieron de forma involuntaria por las solapas de su traje azul, enredándose en su cabello oscuro para sostener el ritmo de su boca.

Cuando Manuel finalmente se separó, sus ojos brillaban con una intensidad indomable y su respiración era pesada y errática. Me sostuvo con firmeza para evitar que me tambaleara sobre mis tacones, mientras los aplausos discretos de los miembros de la junta resonaban en el salón privado. Carol Sterling nos miraba con el rostro desencajado por la humillación total.

—Eso... no fue parte del protocolo, Manuel —susurré con la voz temblorosa y los labios encendidos, tratando desesperadamente de recuperar mi máscara de frialdad e independencia.

Manuel sonrió de lado, una sonrisa cínica, peligrosa y canalla que me erizó la piel por completo mientras acomodaba con sus dedos un mechón rebelde de mi cabello detrás de mi oreja.

—Solo estaba cuidando nuestra fachada ante los inversionistas, esposa —respondió con una calma que desafiaba mi cordura—. Asegurándome de que nadie en esta sala dude de que me perteneces por el próximo año. Mantén la cabeza alta. La cena ha terminado, pero nuestra verdadera guerra acaba de empezar.

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