FAZER LOGINLa primera noche bajo el techo de Manuel Alvarado fue un anticipo del infierno de orden y pulcritud que me esperaba en ese penthouse. Pasé horas enteras despierta, mirando el techo alto y escuchando el silencio sepulcral del lugar, rota por la frustración de saber que había entregado mi libertad al hombre más implacable de la ciudad. Sin embargo, al amanecer, el dolor del luto por mi padre y la rabia acumulada de la noche anterior se transformaron en algo mucho más útil: una determinación firme de no dejarme domar por las garras del magnate.
A las ocho en punto de la mañana, la pesada puerta de mi habitación vibró con dos golpes secos, firmes y autoritarios. El intruso no esperó a que le diera el pase legal ni el consentimiento para entrar. Manuel irrumpió en el cuarto vistiendo un impecable traje. Su sola presencia física, con esos hombros anchos y esa mirada afilada de cazador experto, pareció encoger las dimensiones del espacio de inmediato.
—Buenos días, Johana —dijo Manuel—. Veo que sigues en la cama. Tu equipaje ya ha sido completamente desempacado por el personal de servicio y acomodado en el vestidor principal. Es hora de que te levantes. Tenemos una agenda extremadamente estricta que cumplir a partir de hoy.
Me incorporé sobre la cama, cruzando los brazos con lentitud y dedicándole mi peor mirada de desprecio absoluto.
—¿Agenda estricta? Te recuerdo que firmé un contrato de matrimonio de fachada, Manuel, no un ingreso voluntario al servicio militar. No tienes ningún derecho legal a venir a mi habitación privada, sin tocar la puerta y a dictarme órdenes sobre mis horarios —le dije, sosteniéndole la mirada de acero.
Manuel caminó con pasos lentos y pausados hasta detenerse justo al borde de la cama. Sacó una hoja nítida y pulcra de su tableta corporativa y la dejó caer sobre las sábanas blancas con desapego.
—Esas son las normas estrictas de convivencia que regirán este contrato —declaró Manuel—. Regla número uno: las habitaciones se mantienen separadas y cerradas con llave durante la noche; no tolero invasiones a mi privacidad. Regla número dos: tus horarios universitarios y tus amistades de la facultad de arte se mantienen intactos, siempre y cuando no pongan en riesgo bajo ninguna circunstancia nuestra fachada de matrimonio ante el escrutinio público. Regla número tres: la exclusividad ante la prensa y en el ámbito privado es absoluta; ni tú ni yo podemos involucrarnos con terceras personas hasta que este año termine. Y regla número cuatro... la más importante de todas. Contacto cero. No intimidad, no besos a menos que un evento público lo exija de manera obligatoria para las cámaras, no me tocas y yo no te toco.
Escuchar sus reglas me causó una mezcla de indignación pura y una sutil punzada de humillación. El tirano hablaba del contacto físico como si tocarme fuera un castigo corporativo, a pesar de que la noche anterior había visto perfectamente cómo sus ojos oscuros se dilataban de deseo al mirar mi boca. Sonreí con arrogancia, tomando el papel entre mis dedos y mirándolo fijamente a los ojos.
—Me parece perfecto, Manuel. De hecho, vamos a subir la apuesta para que tus abogaditos entiendan que yo también sé hacer negocios —dije, inclinándome hacia adelante sobre las rodillas, obligándolo a respirar mi mismo aire—. Agregaremos una cláusula de destrucción mutua asegurada a este papelito. Si tú rompes el contacto cero en la intimidad, si cedes a lo que sea que estés reprimiendo detrás de esa fachada de hielo, renunciarás automáticamente a tu fortuna multimillonaria en nuestro divorcio. En cambio, si yo soy la que cae... renunciaré por completo a mi fideicomiso y te cederé de por vida el control absoluto de las acciones de los Hoteles Medina. ¿Qué pasa, Alvarado? ¿Tienes miedo de no poder resistirte a mí durante un año entero?
Los ojos de Manuel se contrajeron, volviéndose completamente fríos. Su mandíbula se tensó tanto que la línea de su cuello se marcó con una violencia contenida. Dio un paso más hacia la cama, acortando la distancia hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del mío. Pude oler su aroma a sándalo, madera y masculinidad pura.
—No tengo miedo de las tentaciones baratas, Johana —susurró con una voz tan baja y profunda que me erizó la piel por completo—. Acepto tu cláusula de destrucción mutua. Firma la actualización del documento ahora mismo. Esta noche tenemos nuestra primera cena oficial con la junta directiva internacional del Fondo Alvarado y los inversionistas de la cadena hotelera. Vendrá Carol Sterling, la representante legal de la aerolínea y, como ya deberías saber, mi ex-prometida. Ella estará buscando cualquier grieta en nuestra relación para destruir el valor de nuestras acciones. Quiero que te vistas de manera impecable, formal y discreta. El chofer te recogerá a las siete en punto en el vestíbulo. No toleraré la impuntualidad.
Manuel se dio la vuelta y salió de la habitación con paso firme, dejándome sola con el papel firmado en la mano.
—¿Formal y discreta? —murmuré para mí misma, sintiendo una sonrisa maliciosa extenderse por mis labios—. No tienes idea de con quién te casaste, Manuel Alvarado.
Pasé la tarde en la facultad de arte, ignorando deliberadamente las llamadas de su asistente y planeando mi sutil y audaz contrataque. Si Manuel pensaba que me convertiría en su muñeca obediente y silenciosa para complacer a sus inversores y a su perfecta ex-novia, estaba muy equivocado. El contrato estipulaba que debía asistir al evento, pero no decía cómo debía lucir en la privacidad previa del penthouse.
A las seis y media de la tarde, regresé al penthouse. En lugar de elegir el sobrio y aburrido vestido de sastre negro que el diseñador de Manuel había enviado a mi vestidor, saqué del fondo de mi maleta un vestido de seda líquida en color rojo carmesí. Era una prenda atrevida, de tirantes ultra delgados, con un escote pronunciado en la espalda que terminaba justo por encima de mis caderas y una abertura lateral en la falda que dejaba al descubierto toda mi pierna izquierda a cada paso. Me solté el cabello oscuro en ondas salvajes, pinté mis labios del mismo tono encendido del vestido y me calcé unos tacones negros. Era una declaración de guerra visual. Sabía perfectamente que mi vestimenta destrozaba su concepto de "discreción", pero mi objetivo principal era desestabilizar su preciado control milimétrico.
Salí al pasillo principal a las siete en punto, haciendo que el eco de mis tacones rompiera el silencio del penthouse. Manuel estaba de pie junto al ascensor privado de la sala, revisando unos informes en su teléfono. Al escuchar mis pasos, levantó la vista despacio, con su habitual arrogancia corporativa.
En cuanto sus ojos se posaron en mí, se congeló por completo.
Su mirada barrió mi cuerpo con una lentitud abrasadora, deteniéndose en la línea expuesta de mi espalda, bajando por la seda roja que se ceñía a mis curvas y fijándose en la profunda abertura de mi pierna. Vi cómo sus pupilas se dilataban al instante, llenándose de un fuego oscuro, salvaje y posesivo. Su respiración se volvió pesada y contenida. El aire entre los dos se cargó de una tensión sexual tan densa y asfixiante que me costó respirar.
Manuel guardó el teléfono en su saco y caminó hacia mí con pasos lentos y peligrosos. Se detuvo a un milímetro de mi cuerpo. Su calor corporal me envolvió como una ola de fuego, haciendo que mi propio pulso se disparara por completo.
—Te pedí un atuendo formal y discreto, Johana —dijo Manuel, con su voz temblando levemente por una furia y un deseo reprimidos que apenas lograba encadenar—. Ese vestido es una provocación directa. Parece diseñado para que cada hombre en esa cena te devore con la mirada.
—El contrato privado, no dice absolutamente nada sobre cómo debo vestirme —le recordé en un susurro desafiante, humedeciendo mis labios a propósito—. Además, tú mismo dijste que no tenías miedo de las tentaciones baratas. ¿O es que ya estás pensando en tu fortuna corporativa?
Manuel estiró su mano de manera abrupta. Por un segundo pensé que iba a romper la regla y atraparme por la cintura, pero detuvo sus dedos a un milímetro de mi piel expuesta en la espalda, manteniéndolos flotando en el aire.
—Estás jugando con fuego, Johana —amenazó Manuel, con los ojos de una posesividad oscura que me heló la sangre—. El chofer nos espera abajo. Disfruta de tu pequeño juego de sabotaje en este pasillo, porque en cuanto crucemos esa puerta, frente a Carol y frente a la junta directiva, te encargarás de actuar como la esposa perfecta que obedece mis órdenes. Vámonos.
Se dio la vuelta y entró al ascensor sin tocarme, pero su mirada seguía fija en mí, quemándome a través de la seda roja. El juego del contacto cero acababa de empezar, y ambos sabíamos que la convivencia en ese penthouse iba a convertirse en la tortura más letal de nuestras vidas.
MANUELEl teléfono pesaba en mi mano como si estuviera hecho de plomo. Cerré los ojos un segundo. Tres semanas de insomnio, una carta y una frase de cinco palabras lanzada con la ligereza de quien reparte cartas.Abrí los ojos y respondí con la voz más fría que encontré.—No.—¿No qué, querido?—No lo sabes. Si lo supieras, no me lo dirías por teléfono. Me lo cobrarías a precio de imperio.Hubo un silencio breve. Después, una risa suave, casi admirada.—Qué bien me conoces, Manuel. Lástima que te haya costado tanto tiempo.—Ya sé lo que quieres.—Dudo que lo sepas. —Su voz perdió, por un instante, el barniz de cortesía—. Tienes siete días de gracia. Después no habrá manera de pararme.Colgó. Ferreira detuvo la grabación y bajó el teléfono despacio.—Lo tengo todo —dijo—. Cada palabra.—Era un farol.—¿Cómo lo sabes?—Porque Carol nunca avisa. —Me froté la nuca—. Cuando tiene algo, lo usa sin anunciar.Tres horas después, Benavídez empezó a ejecutar la orden.La primera llamada fue al
MANUELBajé al vestíbulo con el sobre en la mano. Daniela esperaba de pie, junto a la puerta, abrazada a su abrigo, con los ojos muy abiertos y las mejillas pálidas.—Lo encontré bajo mi puerta —dijo sin saludar—. No lo abrí. Pero la letra...—Lo sé.Rasgué el papel con el pulgar. Dentro había una sola hoja de papel grueso, escrita a mano con tinta negra. Leí en voz baja:*Querido Manuel: qué lástima lo de tu esposa. Dicen que las mujeres que huyen siempre tienen una razón. Tu amiga Daniela compra vitaminas prenatales con la discreción de quien oculta algo. Felicidades, papá. Cuídala mucho. Las embarazadas son tan frágiles. —Carol.*El silencio me cayó encima como una losa. Mis dedos apretaron el papel hasta arrugarlo.—¿Qué dice? —preguntó Daniela.—Que Carol sabe lo del bebé.La vi tambalearse. Se llevó la mano a la boca y las lágrimas le brotaron sin ruido.—Yo no le dije nada. Lo juro por mi vida, Manuel. Nunca...—Lo sé.—El recibo de la farmacia. Debió de sacarlo de la basura. —
MANUEL—Entonces lo seguimos —repitió Roca.—Sin que nadie lo note.—Iván se encarga. Es el mejor que tengo.Iván asintió desde el fondo de la nave, con los ojos ya fijos en la pantalla. Esa misma noche, Duarte tenía una sombra. Pasaría semanas sin saberlo.La cacería empezó en serio al día siguiente.Roca la dirigía desde la nave industrial. En una semana, sus hombres revisaron las listas de pasajeros de todos los aeropuertos. En dos, los registros de las fronteras terrestres, los puertos y los consulados. Nadia cruzó cuentas bancarias, tarjetas de crédito, alquileres y suscripciones. Iván recorrió la ciudad con una fotografía de graduación y una mentira de cortesía: “es mi prima, se fue de casa”.Yo leía cada informe. Todos, sin excepción, a las seis de la mañana y a las once de la noche, en el despacho del penthouse, con una taza de café que se enfriaba junto al teclado.—Manuel, tienes cuarenta informes pendientes —decía Ferreira.—Los leeré.—Son de gente que ni sabe cómo se llam
MANUEL—¿Quién? —pregunté.—No lo sé todavía. Mis agentes tomaron fotos, pero los rostros salen a contraluz. —Ibarra hizo una pausa—. Sé que son profesionales, y que llevan semanas en esos mismos puestos.—¿Cuántas?—Tres, quizá cuatro.Ferreira y yo nos miramos. Él abrió la boca y yo levanté una mano.—No lo digas todavía.—Carol —dijo igual.—O Lira. O ambos. —Apreté el borde de la mesa—. Ibarra, quiero esas fotos en una hora.Colgué. Ferreira cruzó los brazos y me señaló la puerta del baño con la barbilla.—Diez minutos. Ya llevas dos.Me miré en el espejo y tardé en reconocerme. Las ojeras me llegaban hasta los pómulos. La barba, de tres semanas, se había vuelto un matorral oscuro. Johana decía que con tres días de barba parecía un pirata y que con tres semanas parecería un náufrago.—Hoy necesito al Magnate—murmuré.Me afeité despacio, con la cuchilla de siempre. Cuando salí, con el traje azul oscuro y la corbata mal anudada, Ferreira me miró de arriba abajo y asintió con una son
FERREIRACon la espalda pegada a la pared y el pulso martilleándole en las sienes, Ferreira sacó el teléfono del bolsillo y pulsó el icono rojo sin hacer ruido.—Dos semanas más, Carol —seguía diciendo Lira detrás de la puerta—. Alvarado se está ahogando solo. Yo solo tengo que esperar a que se hunda.Ferreira contuvo la respiración hasta que la llamada terminó. Después guardó el aparato y se alejó por el pasillo con paso ligero, como quien no ha oído nada.Tenía una grabación de veintitrés segundos. No bastaba para acusar a nadie, pero sí para empezar.MANUELDurante esa semana, cada mañana recibía el mismo correo de Ibarra con un asunto distinto y el mismo contenido: *nada*.Daniela seguía en su piso, sin salir más que a la tienda. Peralta llevaba la rutina de un hombre sin secretos. Las cámaras de las terminales no mostraban a ninguna mujer con la gorra de lana. Los hospitales no tenían registros de ninguna Johana Medina. Era como si la tierra se la hubiera tragado.Recibió una lla
CAROL—Dame diez días —dijo Duarte al otro lado de la línea, con la calma de quien nunca hace preguntas—. Empezaré por la amiga y por el abogado.—Hazlo sin ruido.—Siempre.Carol colgó y se quedó mirando la ciudad. Estaba tranquila, pero era la calma de un depredador que ya ha olido la sangre.MANUELEn el asiento trasero del auto, con el motor en marcha frente a la torre corporativa, reproduje por décima vez la misma nota de voz.*Alvarado, si vuelves tarde, me como tu postre. Y no es una amenaza, es un hecho.*Era del domingo de la chimenea. Johana la había mandado desde la cocina, riéndose entre dientes, y yo la había guardado sin pensar. Ahora era lo único que me quedaba de su voz.—Señor —dijo Marcos, mirándome por el retrovisor—. La junta empezó hace veinte minutos.—Lo sé.—Ferreira insiste.Guardé el teléfono. Antes de bajar del auto, apreté un instante la liga negra de mi muñeca.La sala de juntas del piso cuarenta estaba helada. Quince rostros se giraron hacia mí al entrar.







