INICIAR SESIÓNLa mañana llegó en silencio. Sin alarmas, sin prisas; solo la luz presionando suavemente a través de las persianas, calentando un lado de su rostro. Amara parpadeó ante ella, medio esperando escuchar el crujido de sus pasos en el pasillo, el tintinear de una taza al posarse junto a ella. Pero el apartamento estaba quieto. Ese tipo de quietud que antes dolía y que ahora solo vibraba suavemente.Se giró, dejando que sus ojos siguieran la tenue grieta del techo que llevaba meses queriendo arreglar. Hubo un tiempo en que había organizado todo en función de las necesidades de otra persona: sus estados de ánimo, sus silencios, su regreso. Ahora organizaba su vida alrededor del silencio. Alrededor de su propio pulso. Alrededor del aroma de café preparándose para una sola persona.Su teléfono vibró una vez y volvió a quedar en silencio. Mensajes que ya no se apresuraba a leer. Había aprendido el lujo de la espera: que no todo exigía una respuesta inmediata, que no todas las puertas debían abr
La lluvia comenzó de nuevo aquella mañana, suave al principio, como si el cielo dudara en llorar demasiado fuerte.Habían pasado semanas desde que se fue, pero de algún modo el mundo no se había puesto al día. La ciudad seguía moviéndose con su ritmo habitual taxis tocando el claxon, vendedores gritando, parejas apuradas bajo un mismo paraguas como si su vida entera no acabara de partirse en dos.Amara observaba desde la ventana de su apartamento, el café enfriándose entre sus manos. El lugar era pequeño, más silencioso de lo que le gustaba, pero era suyo. Cada rincón, cada libro mal colocado, cada taza sin lavar suyos. Sin el eco de sus pasos, sin el aroma de su colonia flotando en el aire, sin rastro de la mujer que había sido cuando lo amaba.La libertad no se sentía como alas.Se sentía como quedarse quieta después de haber corrido demasiado tiempo.Había dejado de revisar el teléfono semanas atrás. Los primeros días lo miraba cada hora, esperando un mensaje que nunca llegaba, bus
No recordaba haber salido del café.Solo el sonido de la lluvia y el leve tintinear de la porcelana mientras el barista retiraba dos tazas intactas.Había algo en esa imagen dos tazas, una al lado de la otra que se le había clavado muy dentro.Lo siguió hasta la puerta, hasta el coche, hasta el silencio que se había vuelto demasiado familiar.Se quedó sentado allí un rato, con el motor apagado, observando cómo las gotas se deslizaban por el parabrisas como si el mundo llorara lágrimas lentas. Quería ir a casa, pero la palabra hogar ya no significaba lo mismo. No sin ella allí.Amara.Incluso pensar en su nombre pesaba ahora. No era un dolor punzante ni ardiente… solo pesado. Como una piedra alojada en algún lugar detrás de sus costillas.Creyó haber hecho las paces con su ausencia. Se había dicho a sí mismo que ella estaría mejor sin él, que firmar aquellos papeles fue un acto de misericordia, no de crueldad. Pero últimamente, la misericordia había empezado a saber a arrepentimiento.
El café estaba casi vacío esa mañana.Solo el murmullo bajo del jazz suave y el silbido de la leche al espumarse detrás del mostrador. Ese tipo de silencio que se siente merecido después de demasiados días ruidosos.Amara estaba sentada junto a la ventana, con los dedos rodeando una taza que aún no había tocado. Su reflejo le devolvía la mirada desde el vidrio: tranquila, quizá incluso serena. Pero ella sabía mejor. Su calma era un disfraz; siempre lo había sido.Habían pasado dos semanas desde que firmó los papeles. Dos semanas de silencio, de comienzos nuevos que aún olían levemente a finales. Se había dicho a sí misma que estaba bien, que marcharse era fortaleza, que la paz no tenía por qué significar felicidad. Pero aún había momentos, como este, en los que se preguntaba si la paz podía ser tan silenciosa que empezara a sonar a soledad.La puerta tintineó.No levantó la vista… no hasta que el suave clic de unos tacones resonó sobre el suelo de baldosas y se detuvo en el mostrador.
El aeropuerto estaba más frío de lo que ella recordaba.O quizá simplemente había olvidado lo que realmente se sentía el frío: ese mordisco limpio y afilado que llega cuando regresas a un lugar que ya no te pertenece.Elena estaba de pie junto a la puerta de llegadas, una maleta de diseñador apoyada contra su pierna, los lentes de sol ocultando el cansancio que no quería que nadie viera. Tres años era mucho tiempo. Suficiente para que la ciudad siguiera adelante sin ella, suficiente para que la gente dejara de susurrar su nombre con la curiosidad de antes.Pero no lo suficiente para que él la olvidara.O al menos, eso se dijo a sí misma mientras detenía un taxi.El trayecto fue silencioso, salvo por el suave murmullo del tráfico y los recuerdos ocasionales que se negaban a quedarse enterrados. La noche antes de irse: su voz, firme pero quebrándose. Las promesas que ella hizo sabiendo que no podría cumplir. Y lo único de lo que nunca pensó arrepentirse: marcharse antes de que él tuvier
Dejó la puerta abierta cuando se fue.No lo suficiente como para seguirla, pero sí lo justo para que el aire cambiara, para que el leve aroma de su perfume quedara suspendido como una frase inconclusa.Durante horas después de que se fue, me quedé sentado en la mesa del comedor, mirando la esquina sin firmar de los papeles del divorcio que había deslizado de vuelta hacia mí. Su letra era pequeña, cuidadosa, igual que la forma en que hablaba cuando no quería que la voz le temblara. Pensé que me sentiría libre cuando llegara este momento. Pensé que sentiría algo más limpio que esto.Pero lo único que sentí fue el peso de mi propio silencio.La verdad es que nunca se suponía que fuera tan complicado. Nuestro matrimonio empezó por conveniencia: algo estructurado, algo simple. Un acuerdo nacido de las circunstancias, no del amor. Ella necesitaba estabilidad; yo necesitaba tiempo para calmar el caos que vino después de ella.Y durante un tiempo, funcionó.Ella llenaba el espacio sin exigir







