Compartir

Capítulo 6

Autor: Mendoza Z.
La cena fue una batalla silenciosa.

Celina sostuvo toda la noche una sonrisa impecable, elegante, perfecta. Aguantó, sin que se le notara, el exceso de entusiasmo de María al llenarle el plato, y respondió con precisión a las preguntas casuales de Juan sobre el mercado.

Era la nuera ideal: correcta, generosa con el prestigio de la familia Girón, sin dejarles el menor resquicio para atacarla.

En la segunda mitad de la comida, el celular de Héctor vibró. Él bajó la mirada un segundo. En la comisura de los labios se le dibujó una sonrisa mínima, casi invisible y enseguida volvió a su expresión habitual.

Se puso de pie y se disculpó con los demás en la mesa.

—Tengo algo urgente en la empresa. Tengo que subir al estudio para una videollamada.

Celina alzó la vista; apenas lo rozó con la mirada, con una preocupación perfectamente medida.

—Ve. El trabajo es lo primero.

Héctor le devolvió una mirada tierna y se fue rápido.

María sonrió de inmediato, llenando el silencio.

—Él es un adicto al trabajo. En plena cena familiar y aun así con asuntos. Celina, vas a tener que aguantarlo bastante de aquí en adelante.

—Claro. La ambición en un hombre es algo bueno.

Celina bajó la cabeza y probó un poco de sopa, dócil. En sus ojos brilló un destello helado.

En el instante en que se encendió la pantalla del celular, su visión periférica alcanzó a distinguir esa foto de perfil familiar de WhatsApp: era Violeta.

La cena por fin terminó, con sonrisas y cortesías.

Las empleadas trajeron fruta. En la sala, todos conversaban como si la armonía fuera real.

Celina dejó el plato de fruta y miró alrededor como quien no quiere la cosa.

—María, ¿todavía no termina la reunión de Héctor? Ya había pasado casi media hora.

La sonrisa de María se tensó, y desvió la mirada, incómoda.

—Ah… él. Seguro se le complicó algo. No le des importancia.

—¿Ah, sí?

Celina se puso de pie con calma y se estiró. Bajo la luz, su silueta se recortó atractiva.

Se frotó el vientre plano con una expresión entre tierna y preocupada.

—La comida estuvo tan buena que creo que comí de más.

Luego sonrió, suave, como si fuera una idea espontánea.

—María, Juan, ya que estamos aquí sin hacer nada, ¿por qué no salimos a caminar un rato para bajar la cena? Siempre he oído que el jardín de los Girón lo diseñó un paisajista. Nunca he podido verlo bien.

La propuesta era razonable, imposible de rechazar.

Juan asintió de inmediato.

—Claro. Hay que caminar. Es tu primera vez aquí; te lo mostramos.

Pero en el rostro de María pasó un pánico tenue, casi imperceptible. Forzó una sonrisa.

—¿Qué tiene de interesante? Mejor nos sentamos a conversar.

Celina ya le había tomado el brazo, cariñosa, con un tono de capricho que no admitía un "no".

—Vamos, acompáñenme, ¿sí? Para ir familiarizándome con el lugar.

Con eso, María se quedó sin salida. Solo pudo levantarse, con el corazón dando brincos, como un conejo enjaulado.

Salieron de la casa, el viento nocturno traía el aroma de las plantas del jardín, fresco, agradable.

El jardín era enorme. Senderos curvos, rincones que cambiaban a cada paso: un paisaje distinto en cada giro.

Celina se comportaba como una niña curiosa en visita importante: admiraba un rosal florecido, luego se asomaba al estanque como si los peces koi fueran lo más fascinante del mundo.

—Juan, ¿y ese caminito a dónde lleva?

Señaló un sendero de piedras que se internaba más en la oscuridad. Sus ojos brillaban de curiosidad.

—¿Por allá? No hay nada. Solo un quiosco viejo; casi nadie va.

Juan respondió sin pensar.

El corazón de María dio un salto, y de inmediato quiso desviarla.

—Celina, ese quiosco está viejo, feo… mejor vamos a ver el muro de rosas, eso sí es bonito.

—Los lugares viejos son los que tienen su encanto.

Celina no cedió, al contrario: jaló a María hacia el sendero, ligera, decidida.

—Me gustan los sitios tranquilos.

María fue medio arrastrada, medio obligada. Ya tenía las palmas sudadas.

Mientras avanzaban, el camino se volvió más apartado. La luz se iba apagando. Los árboles altos tapaban la luna y apenas quedaban algunas lámparas bajas, de luz amarillenta y pálida.

En el aire apareció un olor sutil, casi inexistente: perfume de mujer.

El favorito de Violeta: Amor Blanco Puro.

En la sombra, donde nadie podía verla, la boca de Celina se curvó en una sonrisa de burla.

Redujo el paso a propósito. Hablaba con Juan de noticias financieras sin importancia, mientras observaba con el rabillo del ojo cómo el rostro de María se ponía cada vez peor.

Detrás de unos sauces llorones estaba el quiosco viejo.

—Celina, hoy el día está más templado, pero no sudes; luego te da el viento frío y te resfrías. Mejor regresemos.

María, al fin, se detuvo.

—Entonces mejor nos sentamos un ratito en el quiosco, a la sombra.

Celina avanzó y rodeó primero el sauce.

Al instante siguiente se detuvo y dejó escapar una exclamación breve.

—Ah…

Juan y María siguieron su mirada y se quedaron petrificados, como si les hubiera caído un rayo.

En el quiosco, con la luz tenue, había dos sombras pegadas una a la otra.

El hombre, alto, les daba la espalda. Un brazo apretaba la cintura delgada de la mujer; con la otra mano le acariciaba el cabello con una ternura insoportable.

La mujer menuda se acurrucaba en él, la cabeza sobre su hombro. Su perfil, bajo la luna borrosa, se veía frágil, desamparado. Era Violeta.

Y ese hombre, aunque fuera solo por la espalda, lo reconocieron de inmediato. Era Héctor, el que supuestamente estaba en videollamada.

El aire se congeló en ese instante.

María sintió que la sangre le subía de golpe a la cabeza. La vista se le nubló y estuvo a punto de perder el equilibrio.

Los del quiosco también escucharon el movimiento. Se separaron de golpe.

Héctor se giró, alarmado. Cuando vio quiénes eran y sobre todo cuando vio a Celina al frente, la sangre se le fue del rostro.

—P-papá, mamá, Celina, ¿qué hacen aquí?

La voz le salió seca, cargada de un pánico imposible de esconder.

Detrás de él, Violeta estaba descompuesta. Se escondió aún más tras su espalda, con los ojos llenos de lágrimas, como una cierva asustada.

Qué escena. Atrapar a los amantes en pleno quiosco.

Celina por dentro se burló con frialdad, pero por fuera se puso exactamente como debía: confundida, atónita, perdida.

Miró a los dos, luego giró hacia Juan, con la cara endurecida, y hacia María, a punto de desmoronarse, como si de verdad no entendiera nada.

El silencio fue absoluto.

Cuando los labios de Héctor empezaron a temblar, listo para inventar una excusa ridícula, Celina de pronto sonrió.

—¿Héctor? Así que aquí estabas.
Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Acta Falsa: Me Casé con Su Tío   Capítulo 30

    En la sala del concurso, el aire estaba tenso, como una cuerda a punto de reventar.El proyecto había atraído a todas las firmas más importantes de la ciudad. Ahí no había nadie cualquiera: puros pesos pesados del gremio.Celina estaba sentada en la segunda fila, impecable, serena. Con la punta de los dedos, sin darse cuenta, acariciaba el borde de una carpeta sobre el regazo, mientras su mirada recorría el estrado y a los jueces, todos de renombre.A su lado, Héctor no lograba quedarse quieto. La pantalla del celular se le encendía a cada rato y él la apagaba de inmediato. Varias veces quiso hablar, pero tragaba las palabras. Al final soltó en seco, casi en un susurro:—Celina, ¿estás nerviosa?Ella ni siquiera lo miró. Siguió viendo al representante que estaba exponiendo en el escenario y dejó escapar una sonrisa apenas dibujada.—No. La que debería estar nerviosa no soy yo.A Héctor se le hundió el corazón. Quiso preguntar más, pero justo el representante de la empresa anterior term

  • Acta Falsa: Me Casé con Su Tío   Capítulo 29

    —Antes, ustedes eran amigos, casi hermanos.La mirada de Celina rozó a Héctor apenas un segundo y luego volvió a clavarse en Violeta. Su tono se volvió suave, correcto, con esa seguridad de pareja que no admite discusión.—Pero Héctor y yo ya estamos casados. Así que, en cierto modo, tú también eres mi amiga.Celina sonrió, dulce, impecable. Cada palabra sonaba medida y, al mismo tiempo, asfixiante.—Si una amiga rompe sin querer algo, ¿cómo crees que te voy a culpar?Le acomodó el pañuelo con calma, como si estuviera cuidando a una niña.—Así que no te lo tomes a mal. Yo también creo que no lo hiciste a propósito, ¿verdad?Ese "¿verdad?" salió bajito, casi cariñoso. Y, por eso mismo, más afilado.Violeta se quedó sin escapatoria.¿Admitir? Sería aceptar que fue intencional. ¿Negar? Entonces, ¿para qué lloró como si le hubieran matado a alguien querido?Solo pudo asentir rígida, con lágrimas colgándole de las pestañas, hecha la imagen perfecta de una víctima.Héctor, al lado, lo miró t

  • Acta Falsa: Me Casé con Su Tío   Capítulo 28

    El reclamo resonó por toda la oficina.Y justo cuando cualquiera habría explotado, Celina sonrió. La sonrisa seguía siendo hermosa, pero Héctor alcanzó a ver sus puños apretados. Ese detalle —mínimo— le clavó una puntada en el pecho, como si la culpa lo pinchara.Héctor reaccionó por instinto: alzó la mano y quiso rozarle la mejilla. Pero Violeta seguía aferrada a su brazo, y su mano quedó suspendida en el aire, ridícula, sin destino.—Celina…La oficina se quedó en un silencio pesado.Las miradas de todos se clavaron en ellos como imanes, y el chisme iba y venía sin necesidad de palabras. Faltaba poco para que alguien inventara telepatía con tal de comentarlo en vivo.Al final fue Lilia quien se llevó a los demás a la fuerza.Cuando las pisadas se perdieron por el pasillo, la tensión por fin aflojó, como si alguien hubiera hecho un agujerito en un globo inflado.—¡Aaah…!Violeta se tapó la cara de golpe.Las lágrimas, grandes y rápidas, se le escaparon entre los dedos. El llanto era a

  • Acta Falsa: Me Casé con Su Tío   Capítulo 27

    Celina se rió por dentro. Ni siquiera se dignó a mirar a esos dos melodramáticos. Fue directa a la mesa de dibujo.Cuando vio el plano arruinado, sintió como si una mano le estrujara el corazón. Le dolió. Ahí había líneas, números, cálculos… todo hecho por ella, revisado una y otra vez hasta el cansancio.Pero en su cara no apareció ni rabia, ni llanto, ni el menor quiebre. Solo una calma que daba miedo. Y mientras más tranquila se veía, más pesado se volvía el aire.Toda la oficina contuvo la respiración. Todos conocían esa verdad: lo más aterrador no es el grito, es el silencio antes del golpe.Celina se agachó y, con la yema de un dedo, tocó la zona empapada del plano.¿No fue a propósito? ¡Qué accidente tan preciso!El café había caído justo donde tenía que caer, tapando casi todo el corazón del plano. Ni un saboteador profesional lo haría con tanta puntería.Celina alzó la vista. Los ojos, fríos como cuchillas, se le clavaron en Violeta.Violeta tembló y se encogió instintivamente

  • Acta Falsa: Me Casé con Su Tío   Capítulo 26

    Desde aquella noche en el bar, después de ese roce ambiguo en la comisura de sus labios, Celina evitó a Carlos durante varios días.No era rechazo, era… un desorden.Ese contacto, el pulgar rozándole la boca como si nada, se le quedó pegado a la piel como una pluma. Y cada vez que lo recordaba, algo en ella, que llevaba semanas congelado por la traición, se resquebrajaba apenas.Por suerte, el trabajo era el mejor refugio.En ese tiempo, Héctor seguía como una mosca zumbando. Si llamaba, ella colgaba. Si mandaba mensajes, ella los borraba sin abrir.Luego intentó lo de siempre: mandar recados por terceros, invitarla a cenar, decir que tenía algo importante que explicar.Celina solo le pidió a su asistente que respondiera dos palabras: "Estoy ocupada".Y no mentía.La licitación del proyecto se venía encima. Celina llevaba casi dos semanas a mil, durmiendo menos de cuatro horas al día. Adelgazó, sí, pero la mirada se le volvió más afilada, como una estrella al rojo vivo: firme, brillant

  • Acta Falsa: Me Casé con Su Tío   Capítulo 25

    Celina se quedó rígida, levantó la cabeza de golpe y se topó con unos ojos oscuros, con una sonrisa apenas insinuada.—Tú…—No te muevas.A Carlos se le escapó un murmullo, con un toque ronco que no debía estar ahí.Al instante, él se inclinó hacia ella. La distancia entre los dos se deshizo.El olor fresco de madera, mezclado con un rastro leve de tabaco, le llenó los pulmones sin pedir permiso. Celina alcanzó a ver las pestañas largas, el puente perfecto de la nariz, y esos ojos profundos que parecían tragarse todo.Demasiado cerca.Tan cerca que podía sentir su aliento tibio rozándole la mejilla. El corazón de Celina se le saltó un latido. Y enseguida empezó a golpearle el pecho como loco, como si quisiera salírsele por la garganta."¿Qué estaba haciendo? ¿No se suponía que solo iban a actuar como pareja, sin contacto extra? ¿Iba a romper el trato?" Celina tenía la cabeza hecha un desastre cuando el pulgar de Carlos rozó la comisura de sus labios, con suavidad.Pero con esa mínima a

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status