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Capítulo 5

Penulis: Mendoza Z.
El sonido del agua se cortó en seco. Un silencio de muerte se apoderó de todo, como si hasta el aire se hubiera congelado.

Pasaron unos segundos antes de que la voz de Héctor se colara desde dentro. Estaba claramente más aguda de lo normal, tensa, forzando la calma.

—¿Celina? ¿Por qué subiste? Estoy arreglándome. Ve bajando, desayuna allá. Ya salgo.

Su voz, amortiguada por la puerta gruesa, sonaba opaca. Pero esa tranquilidad fingida, Celina la escuchó clarita.

Como una gata perezosa, se apoyó con calma en el marco. Con la punta de los dedos, empezó a golpear el picaporte frío.

Tac, tac.

Cada golpecito era un martillo directo al corazón de los dos que estaban adentro.

—¿Abajo?

Celina alzó el tono, con ese capricho de niña consentida y una naturalidad descarada.

—No. Qué pereza estar subiendo y bajando. Mejor nos bañamos juntos; así terminamos más rápido. Yo te enjabono la espalda.

Arrastró la última sílaba, dulce hasta empalagar.

La frase cayó como una piedra en agua quieta: el caos estalló detrás de la puerta.

¡Clang!

Un golpe fuerte y nítido, como si algo hubiera caído sobre los azulejos. Luego, un gritito femenino, cortísimo, ahogado al instante como si alguien lo hubiera tapado con la mano.

Después vinieron los sonidos de urgencia: ropa restregándose, manos torpes, un golpe sordo de algo pateado a un lado.

¡Qué espectáculo!

En la comisura de los labios de Celina se dibujó una curva satisfecha.

Incluso podía ver la escena en su cabeza: Violeta tapándose la boca, los ojos enormes, mirando a Héctor; y Héctor, con la cara deslavada, vistiéndose a manotazos mientras le hacía señas para que guardara silencio.

Pero Celina no quería que el juego terminara tan pronto. El castigo apenas empezaba.

Ya había logrado lo que quería.

Se enderezó. Y su voz volvió a ser la de siempre: suave, considerada, como si la mujer que acababa de proponer bañarse juntos nunca hubiera existido.

—Ya, ya, era broma. Date prisa, ¿sí? Te espero abajo. Y cuando bajes, avísale a Violeta. Toqué la puerta de su habitación y no contestó, seguro sigue dormida. Apúrense, no hagamos esperar a tus papás.

Dicho eso, bajó con paso ligero. Los tacones sonaron sobre la escalera de madera, claros y firmes, como el himno de una ganadora.

***

Quince minutos después, Héctor por fin bajó.

Se había puesto un saco informal nuevo. El cabello todavía estaba un poco húmedo y le brillaba, pero el rostro seguía pálido.

Al ver a Celina en el sofá, bebiendo café a pequeños sorbos, forzó una sonrisa.

—Perdón por hacerte esperar.

—No pasa nada.

Celina dejó el vaso y se levantó. Con naturalidad le acomodó el cuello de la camisa, apenas desordenado.

Sus dedos rozaron sin querer su nuca, y el frío de ese contacto hizo que Héctor se tensara entero.

Abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero al encontrarse con los ojos de Celina —limpios, tranquilos, sin una sola ola—, se le atascó todo en la garganta.

"Ella no sabía nada. No podía saberlo. Me lo estoy imaginando." Se lo repitió una y otra vez, como si con eso pudiera calmarse.

***

En el camino, el ambiente dentro del auto se puso extraño.

Héctor intentó varias veces animar la conversación con chismes del mundillo, historias ligeras, pero Celina solo respondía con un ajá, un sí, la vista siempre fija en el paisaje que iba quedando atrás por la ventana, sin interés.

Su perfil, reflejado en la ventanilla del coche, era de una belleza impactante y, al mismo tiempo, de una frialdad que rechazaba a cualquiera.

A Héctor se le fue hundiendo el corazón, centímetro a centímetro.

De pronto sintió que tal vez nunca había entendido de verdad a Celina.

***

La casa de la rama secundaria de los Girón no era tan imponente como la principal, pero respiraba dinero por todos lados.

Apenas se estacionaron, una mujer de mediana edad, elegante y ostentosa, salió con una sonrisa enorme. Era la madre de Héctor, María Terrazas.

—¡Ay, Celina, por fin llegaste! Pasa, pasa, afuera hace frío.

La tomó de la mano con una fuerza exagerada, como si temiera que se le escapara.

Celina se dejó guiar con una sonrisa impecable.

—Buenos días, María.

María le palmeó el dorso de la mano con familiaridad. La miraba de arriba abajo, evaluándola, como si fuera una pieza carísima.

En la sala ya estaban el padre de Héctor, Juan Girón, y varios familiares de los Girón.

En cuanto Celina entró, todos se pusieron de pie. La emoción en sus caras parecía a punto de derramarse.

—¡Llegó Celina!

—¡Qué bonita es esta chica!

—¡Qué suerte la de Héctor!

Los halagos llegaron como oleaje. Celina sonrió, saludó uno por uno, sin un solo gesto fuera de lugar.

Por dentro lo tenía claro: no la estaban recibiendo a ella. Estaban recibiendo el estatus de única heredera de los Blasi, y lo que eso podía traerles.

Qué asco.

***

Ya era hora de cenar.

Todo había preparado: la mesa larga cubierta de platos.

María le sirvió personalmente un plato de sopa.

—Celina, prueba esto. Ustedes los jóvenes, con la boda encima, van a estar con mil cosas. No te vayas a cansar.

—Gracias.

Celina la tomó y revolvió con gracia la sopa con la cuchara.

Juan habló entonces, mirando a su hijo con expectativa.

—Héctor, tú también: cuida bien a Celina. El proyecto con los Blasi está por arrancar. Compórtate, no hagas quedar mal al padre de Celina y no dejes que la casa principal nos mire por encima del hombro.

—Sí, papá.

Héctor respondió de inmediato.

La mesa estaba armada para verse feliz, para imaginar un futuro brillante gracias a esa alianza.

En ese momento, una prima joven, Leticia Girón, sentada en una esquina, tomó un sorbo de jugo y soltó de repente, con voz clara:

—Héctor, ¡el otro día me encontré con Violeta! ¿No vino también? ¿Por qué no la he visto?

La palabra Violeta cayó y el aire de la mesa se congeló.

La mano de Héctor, con los cubiertos, tembló de golpe.

La sonrisa de María se le quedó pegada en la cara.

Los ojos de los mayores se ensombrecieron.

Leticia no se dio cuenta y siguió, inocente:

—Dijo que se ha sentido mucho mejor últimamente, y dijo que…

—¡Leticia!

María la cortó con un grito seco, su sonrisa ya había desaparecido, dejando solo vergüenza y enojo.

—Los adultos están hablando. ¿Qué haces metiéndote? ¡Come!

Leticia se quedó en blanco, con los labios apretados, rabiosa, no se atrevió a decir una palabra más.

La mesa se puso insoportable.

Celina, en cambio, actuó como si nada: como si no hubiera entendido el peso de ese nombre.

Alzó la vista y le sonrió a la prima, suave, inofensiva.

—Ahora que lo mencionas, yo también quería preguntar. Violeta venía con nosotros, ¿por qué no la he visto?

En realidad, Celina ya lo había visto: apenas Violeta entró, se la llevaron con cualquier excusa y no había vuelto.

María sonrió, incómoda.

—Parece que se sintió mal y se regresó.

—Ah, ya.

Celina hizo una pausa, con una calma demasiado cargada. Luego alzó el plato de sopa hacia María y sonrió brillante.

—Está deliciosa. Qué buena mano tiene. De verdad.

No hubo reclamo, ni sospecha, ni una pizca de desagrado.

Con una frase ligera, lo dejó pasar.

Héctor y María se miraron y, en los ojos del otro, vieron alivio.

—Qué bueno que te gustó. Come más.
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